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Los baños públicos de Pompeya fueron un símbolo del avance técnico romano y que, en sus comienzos, partió de una supuesta preocupación generalizada por la higiene. Sin embargo, nuevas investigaciones están aportando ahora una visión más compleja sobre el funcionamiento real de estas instalaciones en sus primeras fases.
El análisis de restos minerales acumulados en tuberías y piscinas permitió reconstruir prácticas invisibles para la arqueología. Gracias a técnicas geoquímicas avanzadas, se pudo conocer mejor cuál era la calidad del agua y su origen. Los resultados dejaron claro que las condiciones sanitarias estaban muy alejadas de la imagen idealizada que suele asociarse al mundo romano.
¿Qué revelan los análisis sobre los baños públicos de Pompeya?
La investigación, publicada en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, se apoya en el estudio de depósitos de carbonato cálcico acumulados durante décadas en infraestructuras hidráulicas de la ciudad.
Estos sedimentos actúan como un registro químico del agua que circuló por pozos, acueductos y piscinas antes de la erupción del Vesubio en el año 79 d.C. A partir de allí, el equipo del Instituto de Geociencias de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz analizó muestras procedentes de distintos puntos del sistema hídrico.
A través de isótopos estables y oligoelementos, fue posible identificar diferencias claras entre el agua subterránea de los pozos y la que llegaba posteriormente mediante acueductos. Cada capa mineral conservaba una firma química precisa, vinculada a su origen y a su uso.
Estos resultados permitieron reconstruir la evolución del abastecimiento urbano y situar en el tiempo cambios técnicos relevantes. También abrieron la puerta a evaluar la calidad del agua utilizada en los espacios colectivos más frecuentados de la ciudad, entre ellos los baños.
El origen del agua y sus consecuencias higiénicas
Los datos muestran que los pozos más antiguos de Pompeya extraían agua altamente mineralizada de acuíferos volcánicos. Su composición química indica que no era especialmente adecuada para el consumo directo ni para un uso prolongado sin renovación. Esta situación explica la posterior decisión política y técnica de construir un acueducto durante la época de Augusto.
Antes de esa mejora, los baños públicos de Pompeya más antiguos, conocidos como Termas Republicanas y construidos hacia el 130 a.C., se abastecían exclusivamente de estos pozos. El análisis isotópico de las piletas confirma que no recibían agua del acueducto, ya que este aún no existía en ese periodo.
Además del origen del agua, el estudio detectó un problema añadido: la escasa frecuencia de renovación. Las proporciones de isótopos de carbono revelan contaminación orgánica acumulada, lo que indica que el agua permanecía estancada durante horas o incluso más tiempo. Este dato cuestiona de forma directa la idea de una higiene constante en estos espacios públicos.
No sólo orgánico: otros materiales que también se estancaban en los baños públicos de Pompeya
La contaminación detectada en los baños públicos de Pompeya no era solo orgánica. En las capas de carbonato asociadas al uso humano se encontraron concentraciones elevadas de plomo, zinc y cobre. Estos metales pesados probablemente procedían del desgaste de tuberías, calderas y otros elementos metálicos del sistema de conducción y calentamiento del agua.
El funcionamiento técnico de las termas republicanas ayuda a entender esta situación. El agua se elevaba mediante norias o sistemas accionados por fuerza humana, lo que hacía costoso y lento el llenado de las piscinas.
Todo apunta a que el agua se renovaba, como máximo, una vez al día, acumulando residuos y contaminantes a medida que avanzaba la jornada.
Paradójicamente, los análisis también detectaron mejoras puntuales tras reparaciones en la infraestructura. En algunos momentos, el agua alcanzó temperaturas más altas, señal de avances en los sistemas de calefacción, aunque sin resolver el problema de la renovación del líquido.
La evolución de los baños romanos: del sistema de pozos al acueducto augusteo
El cambio decisivo llegó con la construcción de un acueducto en el siglo I d.C., durante el reinado de Augusto. Esta obra permitió pasar de un sistema basado en bombeo a otro por gravedad, alimentado por manantiales kársticos más limpios y estables. El volumen de agua disponible aumentó de forma notable y facilitó la expansión de nuevas instalaciones termales.
Los análisis geoquímicos confirman que el agua del acueducto tenía una composición distinta y más adecuada para un uso continuado.
A partir de este momento, la higiene en los baños públicos de Pompeya mejoró de forma progresiva, aunque el estudio deja claro que esta evolución fue gradual y no uniforme en toda la ciudad.
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