Gastronomía

Grupo Gourments: 50 años clave en la gastronomía española

En España tenemos una curiosa relación con el tiempo. Nos entusiasma lo efímero. Celebramos con fervor casi adolescente la apertura ruidosa, la moda pasajera, el chef que aparece como una estrella fugaz en Instagram y el plato que dura exactamente lo que tarda en ponerse de moda y desaparecer antes de que uno tenga ocasión de repetirlo. Nos fascina lo nuevo con una devoción casi religiosa, como si la gastronomía fuese un festival permanente de fuegos artificiales.

Por eso, cuando una casa cumple cincuenta años en este negocio, conviene parar un momento la maquinaria del entusiasmo y mirar con cierta calma. Medio siglo en gastronomía no es una cifra. Es una hazaña. Una especie de maratón culinaria en un sector donde muchos proyectos nacen con más marketing que fundamento y mueren con más silencio que gloria.

Eso es exactamente lo que celebró Grupo Gourmets el pasado martes en el Mandarin Oriental Ritz de Madrid. Una fiesta elegante, sí, con chaquetillas blancas, sumilleres de mirada analítica y copas que se rellenaban con la naturalidad de quien entiende que el vino también forma parte del discurso. Pero, más allá del brillo social —que siempre lo hay en estos saraos—, lo importante era otra cosa: reconocer que antes de que la gastronomía española fuera un fenómeno internacional, antes de que los cocineros ocuparan portadas y los congresos gastronómicos se multiplicaran como setas en otoño, ya había gente tomándose este asunto muy en serio.

Entre ellos, Grupo Gourmets.

Conviene recordar el contexto para entender el mérito. España en 1976 no era este país donde los chefs parecen estrellas del rock y donde el comensal medio distingue entre fermentaciones, territorios, añadas y variedades de uva con la soltura de un sumiller veterano. Entonces la cocina era otra cosa. Más doméstica, menos teorizada, menos mediática. El vino seguía encerrado en su pequeño círculo de iniciados, el producto apenas se explicaba y la gastronomía no ocupaba ni remotamente el espacio cultural que hoy tiene.

Y en ese panorama aparece Francisco López Canis, que decide poner en marcha Club de Gourmets, la primera revista gastronómica de España. Una publicación que hoy puede parecer algo natural —casi inevitable— pero que en su momento fue poco menos que una osadía editorial. Hablar seriamente de comida, de vino y de producto en un país que aún no había descubierto que su despensa era un patrimonio cultural.

A partir de ahí el proyecto fue creciendo con una lógica casi artesanal, pero con una visión bastante clara. Llegaron la Guía Vinos Gourmets, el Club Vinos Gourmets, la guía Gourmetour y, por supuesto, el Salón Gourmets, que hoy es una de las grandes ferias internacionales de alimentación y bebidas de calidad. Algo que ahora parece formar parte del paisaje gastronómico español como si hubiera existido desde siempre. Pero no. Alguien tuvo que imaginarlo, organizarlo, defenderlo y sostenerlo durante décadas.

Y eso, créanme, tiene bastante mérito en un país donde muchas veces confundimos la novedad con la calidad y el ruido con la relevancia.

La celebración del aniversario tenía además un cierto aire de continuidad familiar que siempre resulta reconfortante en tiempos de proyectos fugaces. Allí estaba Francisco López Canis, fundador y presidente de honor, y también su hijo, Francisco López López-Bago, actual presidente del grupo, recordando la historia de la casa con la tranquilidad de quien sabe que su legado forma parte de la evolución de la gastronomía española.

Porque, nos guste o no, la cocina no se construye solo con genios del fogón y restaurantes de culto. También necesita publicaciones, prescriptores, ferias, distribuidores, bodegueros y memoria escrita. Esa red invisible que sostiene todo lo demás.

Sin ella, la gastronomía sería solo un espectáculo pasajero.

Con ella, se convierte en cultura.

Y si algo ha demostrado Grupo Gourmets en estos cincuenta años es que la cultura gastronómica, cuando se hace con criterio y paciencia, puede durar bastante más que una moda culinaria. Algo que, en estos tiempos de espuma mediática y platos de temporada breve, casi parece un milagro.