Sánchez se fía ciegamente de Zapatero y siguen hablando con frecuencia: no le ha apartado como a Ábalos o Cerdán.
Sánchez y Ferraz no lo compara con Ábalos, Koldo ni Cerdán pese al caso judicial
Pedro Sánchez se fía ciegamente de José Luis Rodríguez Zapatero y ambos siguen hablando frecuentemente en privado. Aunque tuvieron tiranteces hace tiempo, Sánchez ahora le tiene en estima, sobre todo, por su ayuda con los pactos con los de Carles Puigdemont (Junts).
Las fuentes pulsadas por OKDIARIO subrayan que para Sánchez y para Ferraz en general, Zapatero no es ni mucho menos José Luis Ábalos ni Koldo García –a los que califican internamente como «completos corruptos»– ni Santos Cerdán –al que han dejado caer sin saber bien si es corrupto o no pero para el que ha jugado en contra su forma personal de ser–. «Zapatero es todo en el PSOE, es como Dios, no se puede reconocer ni la más mínima irregularidad, otro sí, él no», exponen.
Sánchez y Zapatero vivieron uno de los episodios de mayor distancia política durante las primarias del PSOE de 2017, cuando el ex presidente respaldó la candidatura de Susana Díaz frente a la de Sánchez. Aquel desencuentro se prolongó después en la vida pública del partido.
Finalmente ambos dirigentes coincidieron por primera vez en año y medio en un acto público el 17 de diciembre de 2017, en el mitin central de campaña de Miquel Iceta en Barcelona, lo que evidenciaba el distanciamiento que habían mantenido hasta entonces.
En ese acto, celebrado en el Centro de Convenciones Internacional de la capital catalana, Sánchez optó por tender la mano al ex presidente ante las cerca de 4.000 personas congregadas. «Presidente, hemos tenido diferencias tú y yo. ¿Qué socialista no ha tenido diferencias con un compañero?», le dijo desde el atril, para después reivindicar su legado: «Quiero que me veas siempre como un socialista orgulloso de las conquistas que lograste para los hombres y las mujeres de este país».
La respuesta de Zapatero fue más comedida. El expresidente hizo, según las crónicas, «un guiño —más frío— al secretario general» y, lejos de un acercamiento efusivo, se limitó a proyectar la reconciliación hacia el futuro: «Pedro, cuando haya Gobierno socialista en España y en Cataluña reconstruiremos esto». Incluso bromeó sobre sus aspiraciones respectivas de liderazgo, en una escena que reflejaba una distensión todavía incipiente entre ambos dirigentes tras el pulso de las primarias.
Ahora Zapatero atraviesa uno de los momentos más delicados de su trayectoria pública. Imputado en la Audiencia Nacional por presuntos delitos de blanqueo de capitales, tráfico de influencias y contrabando, el ex presidente ha optado por refugiarse en la natación para sobrellevar el desgaste anímico.
Mientras, su defensa ultima una doble estrategia procesal: certificados diplomáticos que avalen el origen de las joyas halladas en una pequeña caja fuerte y, como plan B, una contrapericial independiente para rebajar su tasación.
El ex jefe del Ejecutivo socialista no está pasando su mejor época. Todo comenzó cuando el juez José Luis Calama abrió un sumario que le situaba en el centro de la instrucción sobre el rescate de la aerolínea Plus Ultra, algo que había negado por activa y por pasiva a todo su entorno. Sus colaboradores siguen creyendo que Zapatero no hizo ninguna gestión en esa línea y menos a cambio de dinero. Fijan su mirada en Julito Martínez Martínez y a ver qué dice ante Calama el próximo 21 de julio.
Bajón por sus hijas
El golpe más duro, según fuentes consultadas, no llegó con su propia imputación, sino con la de sus hijas, Alba y Laura. El presidente del Gobierno estaba en conversaciones con varios medios de comunicación para hacer entrevistas, pero cuando conoció que la investigación judicial salpicaba a sus hijas se echó atrás. Ya sufrió mucho cuando siendo ellas menores saltó a la fama una foto privada con Barack Obama en las que vestían como integrantes de la subcultura gótica.
Fuentes de su entorno insisten en que Zapatero no está diagnosticado por depresión, sino que tiene algunos momentos de bajón, aunque procura que ese desánimo no se filtre a quienes le rodean.
De ahí su empeño en mantener la rutina deportiva, aunque adaptada a las circunstancias: ha sustituido sus habituales carreras —llegó a organizar un club de runners con empresarios, políticos y jueces, con una zona reservada por Patrimonio Nacional en el Monte del Pardo— por la piscina de la vivienda de alquiler que ocupa junto a su mujer, Sonsoles Espinosa, en Las Rozas (Madrid).