«Vendimos nuestra casa, dejamos nuestros trabajos y nos mudamos a Albania: no queríamos esperar hasta la jubilación para empezar a vivir»
Dos nómadas digitales que decidieron iniciar una nueva vida en Albania
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Sam Correll y Spencer Claiborne son dos estadounidenses que vivían en casa histórica en Kansas City, Misuri, tenían buenos empleos y unos ingresos que les permitían vivir con tranquilidad. Durante la pandemia incluso reformaron por completo su vivienda y la llenaron de muebles, arte y objetos familiares. Era, en buena medida, la imagen del llamado sueño americano. Lo habían conseguido antes de cumplir los 40, pero entonces descubrieron que no era la vida que querían.
La rutina les pesaba con fines de semana en tiendas de decoración y reformas, mientras de lunes a viernes tocaba volver al trabajo. Los dos tenían puestos corporativos que podían desempeñar a distancia y salarios de seis cifras, pero el problema no estaba en el sueldo. «Sentíamos que estábamos haciendo las cosas por inercia y no había mucha ilusión por delante», contó Claiborne en una entrevista publicada por Business Insider en la que ha además cuenta que la alternativa acabó siendo bastante más radical de lo que inicialmente habían imaginado. Vendieron la casa, dejaron atrás sus trabajos y buena parte de sus pertenencias y en agosto de 2024 se instalaron en Saranda, Albania, una ciudad costera situada a unos 30 minutos de Corfú. Claiborne resume el motivo con una frase: «No queríamos esperar a jubilarnos, ser ancianos o que alguno de nosotros tuviera algún problema de salud antes de decidir que queríamos viajar por el mundo».
«Vendimos nuestra casa, dejamos nuestros trabajos y nos mudamos a Albania»
La decisión no nació de un desastre económico ni de la imposibilidad de comprar una vivienda. Fue prácticamente al revés. «Como mucha gente, Sam y yo trabajamos para alcanzar ese concepto del sueño americano», explica Claiborne. Para ellos significaba tener una buena casa, estabilidad y un empleo profesional. Y llegaron a ese punto. Durante la pandemia reformaron completamente su vivienda. Claiborne recuerda entonces una rutina que empezó a resultarle demasiado familiar: «Sentía que pasaba todos los fines de semana en Home Depot y luego toda la semana laboral en un cubículo».
Correll tenía una sensación parecida. No habla de odiar su trabajo, sino de haber llegado a un punto en el que todo parecía ya escrito. «Habíamos hecho las cosas y habíamos construido nuestra vida, pero en ese momento no estábamos haciendo nada nuevo».
Mudarse a Albania como alternativa
Antes de vender nada hicieron un viaje de tres meses por Italia, Malta, Portugal, España y Reino Unido. Era una exploración, no una mudanza. Regresaron a Kansas City y pasaron todavía varios meses allí hasta tomar la decisión definitiva. Entonces pusieron la casa a la venta y se mudaron a Albania sin tener un plan cerrado o que este país fuera a convertirse en su hogar, sino que necesitaban estar en un lugar donde pudieran permanecer durante un tiempo mientras decidían cómo construir su nueva vida.
Saranda terminó ofreciendo algo especialmente útil para ellos. Los estadounidenses, explica Claiborne, pueden permanecer 12 meses en Albania sin necesidad de visado. La diferencia era importante ya que para trasladarse a otros países que habían considerado necesitaban resolver previamente parte de la burocracia desde Estados Unidos. Ellos querían vender la casa durante el mercado de verano y marcharse.
El riesgo profesional tampoco era pequeño. Claiborne dejó su empleo, mientras que Correll pensaba conservar el suyo durante un tiempo. Sabían, sin embargo, que trabajar de aquella manera no era una solución permanente. «No nos embarcamos en esto con un plan sólido», reconoce Correll.
Tenían experiencia corporativa y conocimientos que podían utilizar en consultoría, pero todavía debían averiguar cómo convertirlos en una fuente de ingresos. Fue una vez en Albania cuando comenzaron a detectar oportunidades. Para quedarse a largo plazo crearon una empresa y utilizaron esa vía para solicitar la residencia. Según su relato, consiguieron un permiso por cinco años en aproximadamente seis meses. Todo el proceso les costó menos de 2.000 dólares entre los dos. Ahora utilizan parte de lo aprendido para ayudar a otros extranjeros a instalarse en Albania y organizan también encuentros para expatriados.
«Eran nuestras pertenencias las que nos frenaban»
Marcharse implicaba resolver un problema mucho más personal que los permisos de residencia. Correll había crecido en una granja familiar y conservaba objetos que habían pertenecido a sus bisabuelos cien años atrás. A eso se sumaban las pertenencias de sus padres y todo lo que ambos habían comprado para su casa de Kansas City y no podían llevárselo todo. «Dejamos atrás nuestras cosas y dejamos atrás nuestra antigua vida», cuenta Correll.
Claiborne reconoce que desprenderse de los objetos fue liberador y, al mismo tiempo, muy difícil. Durante el proceso llegó a una conclusión: «Eran nuestras pertenencias las que nos frenaban». Ahora, después de trabajar con otras personas que también quieren mudarse al extranjero, asegura que vuelve a encontrarse con el mismo obstáculo. Las posesiones que se acumulan durante años pueden convertirse en uno de los motivos por los que resulta tan complicado empezar de nuevo.
Por qué no quisieron esperar a la jubilación
En Albania también han descubierto que su caso no es el más habitual. Según Claiborne, buena parte de quienes se trasladan allí desde otros países son personas mayores que ya han llegado a la jubilación.Ellos tenían 36 y 28 años cuando se mudaron y precisamente la edad fue uno de sus argumentos para hacerlo. A pesar de ello, Claiborne no plantea una mudanza internacional como una decisión que deba mantenerse para siempre sino que su razonamiento es mucho más práctico: si sale mal cuando todavía eres joven, queda tiempo para hacer otra cosa. «Vale, lo intentaré. Y si no funciona, todavía tengo tiempo para hacer otra cosa», explica sobre la mentalidad con la que afrontó el cambio.
Dos años después, siguen viviendo en Saranda. Han pasado de los empleos corporativos estadounidenses al emprendimiento y de reformar su propia casa a orientar a personas que están planteándose una mudanza parecida. aunque Claiborne tampoco asegura que todo el mundo deba vender su vivienda y marcharse al extranjero. Su decisión partió de una pregunta mucho más personal. Podían continuar con aquella vida estable durante décadas y viajar cuando se jubilaran o averiguar qué ocurriría si cambiaban de rumbo entonces.
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