Pedro Sánchez cree que también puede engañar a la economía
Si uno mira de manera aislada los datos de afiliación y paro registrado, puede quedar relativamente satisfecho. La afiliación creció en septiembre por sexto mes consecutivo a un ritmo de más del 3%. El paro registrado acelera su velocidad de reducción: en septiembre bajó 13,7% interanual, que es el mayor recorte, al menos, desde 1996.
Esta evolución de la afiliación y el paro registrado son mejores de las previstas. Los actuales 3,26 millones de parados son el número más bajo desde febrero de 2020 y 518.700 menos que un año antes. La firma de contratos indefinidos subió en septiembre más deprisa que la de temporales (32,8% y 16,2% interanual, respectivamente).
Por supuesto que no todo es color de rosa. Sólo digo que las cifras globales son razonablemente buenas y mejores de las esperadas. Por ejemplo, todavía quedan 239.200 personas en ERTE (si los contáramos como parados, el paro total sería de 3,5 millones de personas), el empleo en la agricultura y ganadería volvió a descender (cayó en cuatro de los últimos ocho meses), el empleo industrial aún está por debajo que hace dos años y las cifras globales de empleo lucen mejor de lo que son por los 179.000 empleados que contrató el sector público en los últimos doce meses (+6,8%; unos 715 empleados públicos más por cada día laborable).
El verdadero problema aparece cuando ampliamos el foco para poner el mercado de trabajo en el contexto económico general. La productividad laboral (producción por persona ocupada) empezó a caer al mismo tiempo que Pedro Sánchez entraba a La Moncloa por la ventana. Con la pandemia, la productividad agudizó su retroceso. Pero lejos de mejorar, el aumento del empleo actual se produce cuando se revisan a la baja las previsiones de crecimiento del PIB, lo que implica un nuevo golpe a la productividad.
Para que se entienda la gravedad del asunto: una productividad más baja (ahora es 3,6% menor que hace tres años) significa que hacen falta más personas para producir una misma cantidad de bienes. Eso implica un mayor coste laboral por cada unidad producida.
Como es evidente, la menor productividad no es algo que preocupe al Gobierno. De hecho, pese al incremento de costes que supone la caída de la productividad, que se ve agravado por el aumento del precio de los combustibles y la electricidad, Pedro Sánchez ha provocado una subida de costes adicional, totalmente evitable: el incremento del salario mínimo. Hoy, entre la menor productividad y los mayores costes, producir en España es, de media, 6,4% más caro que hace tres años (en términos reales, es decir, ajustado por inflación).
La historia y la teoría nos anticipan que los empleos que se crean mientras cae la productividad no son sostenibles. Mucho menos cuando suben los salarios. Las alternativas que se abren no son muchas: o bien se ralentiza el aumento del empleo o aumenta el crecimiento del PIB, o en algún momento de producirá un ajuste brusco del número de ocupados. Todos deberíamos recordarlo: esto último es exactamente lo que ocurrió en 2009, poco después de que ZP prometiera que «en tres o cuatro años alcanzaremos a Alemania» (sic).
Los engaños de Pedro Sánchez (no pactar con Podemos, no pactar con Bildu, reintroducir el delito de convocatoria ilegal de referéndum, y un larguísimo etcétera) ya tienen su contrapartida en el ámbito laboral: hace creer a la gente que tiene un empleo con un salario más alto, pero en verdad tiene una paga temporal financiada, directa o indirectamente, con el aumento de la deuda pública.
Aunque estudió Ciencias Económicas, el mentiroso de La Moncloa parece haber olvidado algo: no hay forma de engañar a la economía. Sus leyes, inmutables como la ley de gravedad, siguen su curso. Y lo que no se puede sostener, tarde o temprano cae. @diebarcelo
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