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Aviso de la UE a España: las desalinizadoras son costosas y no cumplen los requisitos de Bruselas

La falta de agua lleva tiempo empujando a muchas comunidades a tener que buscar soluciones rápidas. En España, una de las más visibles en los últimos años ha sido apostar por las desalinizadoras. En zonas como Cataluña, donde la sequía ha apretado de verdad, estas plantas han pasado de ser un apoyo puntual a ocupar un papel cada vez más relevante del que sin embargo, advierte ahora la UE

Desde la Unión Europea el enfoque que se tiene sobre las desalinizadoras es bastante distinto, ya que aunque no cuestionan directamente su utilidad, sí que advierten de la idea de convertirlas en la respuesta principal, dado que no basta con producir más agua si no se cambia también la forma en la que se usa. En el caso concreto de Cataluña, ya hay dos plantas en funcionamiento, en El Prat de Llobregat y en la zona de la Tordera, y el plan del Govern va más allá ya que sobre la mesa hay nuevas instalaciones en Blanes, Cubelles y el norte de la Costa Brava. Todo con la idea de reforzar el suministro en los próximos años. Pero Bruselas insiste en que ese camino, por sí solo, no encaja con lo que se busca a nivel europeo.

Aviso de la UE a España: las desalinizadoras son costosas y no cumplen los requisitos

Uno de los puntos que más preocupa en la Comisión Europea es el coste que tienen estas infraestructuras. No sólo por lo que supone construirlas, sino por lo que implica mantenerlas en funcionamiento, teniendo en cuenta que las plantas desalinizadoras necesitan mucha energía para operar. Y aunque se están introduciendo soluciones como el uso de placas solares, no siempre es suficiente. Cubrir toda la demanda energética de estas plantas con renovables requiere mucho espacio y no es fácil de resolver en todos los casos.

A esto se suma otro problema menos visible, pero igual de importante: la salmuera que se genera durante el proceso. Gestionarla correctamente es clave para evitar impactos en el entorno, y no siempre es sencillo. Por eso, desde Bruselas se insiste en que estas instalaciones deben verse como un recurso puntual, es decir, algo que se pone en marcha cuando la situación es crítica, pero no como una base permanente del sistema. Ese matiz es importante, porque en algunos territorios ya se están utilizando de forma más continuada. Y ahí es donde Europa empieza a poner límites.

Una estrategia de menos consumo y más control

El enfoque europeo va por otro lado. Antes de pensar en producir más agua, la prioridad es reducir el consumo y aprovechar mejor la que ya existe. La idea se resume en una especie de orden lógico en el que lo primero es gastar menos, luego usar mejor el agua disponible y, en tercer lugar, reutilizarla. Sólo cuando todo eso no es suficiente se plantea aumentar el suministro. En ese punto es donde entrarían las desalinizadoras, pero siempre como último recurso.

Esto implica cambiar bastante la forma en la que se está abordando el problema en algunos lugares. No se trata sólo de construir nuevas infraestructuras, sino de revisar cómo se gestiona el agua en el día a día. Aquí entra en juego la tecnología, a través de sistemas más avanzados que permiten detectar fugas, controlar consumos o ajustar el uso en tiempo real. Son medidas menos visibles que una planta nueva, pero que pueden tener un impacto importante.

El coste del agua

También se habla del precio del agua. Desde la Comisión consideran que debería reflejar mejor su coste real, para evitar consumos excesivos. Aunque reconocen que es un tema complicado, porque cada país tiene margen para decidir cómo aplicarlo. Además, hay un punto que preocupa especialmente en Europa y tiene que ver con el uso del agua fuera de los sistemas de control habituales. Una gran parte se destina directamente a la agricultura o a la industria sin pasar por redes reguladas, lo que dificulta saber cuánto se consume realmente y en qué condiciones.

Casos como el de Doñana han puesto este problema sobre la mesa. Para Bruselas, mejorar ese control es clave si se quiere avanzar hacia un modelo más sostenible. Mientras tanto, Cataluña sigue adelante con sus planes y ya ha pedido apoyo económico para impulsar las nuevas plantas, recurriendo a fondos europeos como los Next Generation. Desde Europa, la respuesta pasa más por facilitar financiación variada, incluyendo créditos del Banco Europeo de Inversiones y apoyo a proyectos más pequeños.

Al final, el mensaje que se lanza es bastante claro, aunque no siempre guste. Las desalinizadoras pueden ayudar, pero no son la solución definitiva. Apostar todo a esa vía sin cambiar lo demás no encaja con la estrategia europea. Y en un contexto donde la sequía ya no es algo puntual, sino algo que se repite, la clave parece estar menos en producir más y más en gestionar mejor lo que ya se tiene.