Thiem ya es un grande: completa una remontada histórica ante Zverev y conquista el US Open
Dominic Thiem es el campeón del US Open 2020. El tenista austriaco derrotó a Alexander Zverev en una final de órdago y en la que los altibajos de ambos permitieron un quinto set en el que sacaron toda su calidad a relucir y en la que Thiem levantó los brazos con remontada incluida.
Cuatro horas de batalla frenética, altibajos de ambos lados y un quinto set que completa una de las historias de la última década en el tenis mundial. Dominic Thiem, que se encontraba en absoluto colapso y dos sets y break abajo en la final del US Open, pudo superar a sus fantasmas y a un meritorio Alexander Zverev (2-6, 4-6, 6-4, 6-3, 7-6) para conquistar su primer Grand Slam. Con un juego siempre al límite, el austriaco hizo buenos los pronósticos con una remontada de órdago, con un primer capítulo ya mencionado y un segundo con 3-5 abajo y servicio en contra. Dio igual. Todo estaba escrito para que a sus 27 años, el heredero de Thomas Muster y Rafa Nadal sumara su nombre como campeón del US Open.
Thiem comenzó mal, fatal, en un partido en el que la presión era para él. Zverev llevaba tiempo mostrándose tan talentoso como irregular, mientras el austriaco, en una edad más madura, afianzaba su consolidación como el mejor tenista después de los tres históricos líderes conocidos por todos. La presión le llevó a un agarrotamiento de su principal arma, un brazo derecho tan destructor como preciso que perdió sus cualidades, dejando a merced de Zverev el primer set.
Sascha llegaba con la moral por las nubes tras su remontada a Carreño en semifinales y el primer set le espoleó. Él se había limitado a seguir su guión, con primeros a 220 y atacando de fondo y de red según tocase, pero la inoperancia de Thiem le había llevado a un nivel de exhibición que iba a alargarse hasta el segundo parcial, en el que tuvo dos pelotas de set con 5-1. Sin embargo, su cierre con el 6-4 dejaba una rendija para la competitividad en el partido. Zverev había mostrado un agujero por el que podía comenzar a resquebrajarse, pero estaba a un set de la gloria.
Thiem duerme y despierta a tiempo
El golpe de realidad fue brutal para Thiem, pero con la ayuda de Massú, imprescindible para explicar su éxito, pudo asumir lo sucedido. Debía hacer borrón inmediato y obligarse a construir desde lo perdido, y así lo hizo. Comenzó con dudas el tercero e incluso entregó un break, mas sus golpes de fondo ya corrían y entraban con el efecto endiablado que le caracteriza, por lo que no le costó remontar y colocarse con 4-4 para, en el momento decisivo, comprobar que el vértigo a la victoria de Zverev estaba presente. Un nuevo break de Dominic llevaba el encuentro a la cuarta manga.
Feroz en arcilla, Thiem no es un terrícola al uso, y es que su bola, casi siempre con efecto, también corre y pondera en cemento. Tanto, que la dura de Flushing Meadows se adapta a las mil maravillas a su juego. Con Zverev tocado mentalmente y algo apagado, Dominic aprovechó para forzar al máximo la maquinaria de su rival, y esta vez también desde la experiencia, volvía a quebrar el saque en un punto de inflexión e igualaba el tanteo a la espera del quinto set. Había pasado a ser favorito para conquistar el US Open.
Un quinto de órdago
Dos sets para Zverev con Thiem desaparecido y otros dos para el austriaco por el apagón de su rival. La final carecía del nivel competitivo de un partido de estas instancias, pero en cuanto a la emoción, no podía optar a un desenlace mayor. El capítulo del quinto set merece ser narrado aparte, y es que por fin, el máximo nivel tenístico de ambos se juntó en la Arthur Ashe.
La batalla justificó la espera y sin un patrón fijo, Thiem y Zverev se intercambiaron roturas que convertían el partido en una ruleta rusa, eso sí, de nivel extraordinario. Palos por un lado y por otro, recuperaciones, voleas y ángulos. Un espectáculo sin parangón que estuvo a punto de coronar a Zverev con 5-3 y servicio y más tarde a Thiem, tras su segunda remontada, con 6-5 y bolas en juego de su mano. No fueron capaces. La batalla, ya histórica, se decidiría en la muerte súbita donde Thiem, medio cojo por los calambres, iba a tirar de templanza y sacar provecho de las dudas al servicio para convertirse, por fin, en campeón de Grand Slam.
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