Ribéry confiesa el drama de su infancia: abandonado por sus padres al nacer y la cicatriz que marcó su vida
La vida de Franck Ribéry no fue nada fácil hasta que comenzó a despuntar en el mundo del fútbol. El jugador del Bayern de Múnich no tuvo unos inicios fáciles. Abandonado por sus padres biológicos en un convento, nada más nacer, su infancia no se presentaba como la ideal. A eso, hay que añadirle el accidente que sufrió a los dos años. Su cara quedó marcada desde entonces, por la cicatriz que aún hoy se puede ver, esa que marcaría su personalidad.
Desde que era un niño tuvo que soportar el rechazo del resto de la gente. Él era consciente de que se hacía notar, sin quererlo, entre los demás. En una entrevista concedida a Canal+ Francia, el extremo del conjunto bávaro relata lo duro que fue: «La gente decía: «Mira lo que tiene en la cara, mira su cabeza, qué es esa cicatriz, es feo…». A donde iba, la gente siempre me miraba y no porque fuese buena persona, no porque me llamara Franck, no porque era bueno jugando al fútbol, sino por la cicatriz».
Confiesa que aquello le dio toda la fortaleza suficiente para conseguir todas sus metas. Nunca se paró a llorar ante las crueldades que tenía que vivir día a día. «Era joven y me molestaba, pero nunca me fui a una esquina y empece a llorar. Aunque sí sufrí», señala. Para su familia tampoco fue fácil de llevar: «La forma en la que las personas te ven, las críticas… mi familia sufrió».
Aunque lo vivido hasta entonces le hizo llevar una adolescencia turbia, el fútbol le llevó a enderezar su vida. El joven conoció pronto a la que hoy es su mujer que, junto al ascenso en su carrera deportiva, le hizo abandonar la mala vida que llevaba en Bolougne-sur-Mer. Pronto comenzó a destacar en el US Boulogne y después fichó por el Alès. Con 21 años jugaba en la Ligue 1, de la mano del Metz, aunque su carrera dio un giro de 180 grados al marcharse al Galatasaray.
En Turquía dejó claro que su talento y perseverancia le convertiría en estrella. Años más tarde ficharía por el Bayern, tras una nueva aventura en el Olympique de Marsella. El jugador se ha convertido en un referente del conjunto muniqués en los últimos años. Su incuestionable calidad le convirtió en uno de los mejores del mundo a principios de la década. Con 34 años, sólo piensa en una retirada en el Allianz, donde ha desquitado con el cariño de la afición del rechazo sufrido durante su niñez.
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