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Reflexión

Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina español, sobre la vejez: «Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión»

  • Naiara Philpotts
  • Editora formada en la Universidad de Buenos Aires, con posgrado en lectura crítica. Escribo sobre ciencia, tecnología y actualidad. Soy escritora de novelas y gran aficionada a la ciencia ficción.

Santiago Ramón y Cajal dejó escrita su reflexión sobre los ancianos que cambian de opinión en Charlas de café, un libro de pensamientos, anécdotas y confidencias.

Según la edición digital del Centro Virtual Cervantes, del Instituto Cervantes, la frase aparece en un capítulo dedicado a la conversación, la polémica y las opiniones. Una nota del propio Cajal menciona que los pensamientos que llevan un asterisco aparecieron en enero de 1908 en el periódico Gente Vieja, y el aforismo sobre los ancianos lleva esa marca.

¿Por qué Ramón y Cajal sentía asombro ante un anciano que cambia de opinión?

La frase forma parte de un aforismo más largo, en el que Cajal compara las ideas de las personas mayores con los huesos del cráneo. La imagen procede de la anatomía, la disciplina que Cajal enseñó en Valencia.

«Ocioso es porfiar con viejos. Sus opiniones, como sus suturas craneales, se hallan osificadas. Nada me inspira más veneración y asombro que un anciano que sabe cambiar de opinión. Únicamente cuando el cerebro está en vías de crecimiento o lejos de la involución cabe inculcar doctrinas y corregir errores», escribió Santiago Ramón y Cajal.

Para el autor, solo un cerebro joven o lejos del declive admite doctrinas nuevas y la corrección de errores. Por eso, el anciano que rectifica le parece una excepción digna de asombro.

En el mismo capítulo, Cajal desaconseja discutir con las personas impermeables a los argumentos, cuyas suturas, escribe, se osificaron en plena juventud. A esa rigidez opone una honradez del entendimiento, que consiste en estudiar a fondo las cosas y saber cambiar de opinión de forma desinteresada.

Las contradicciones de Ramón y Cajal en su propia vejez

Cajal aplicó esa idea a su propio libro. En el prólogo de la tercera edición, fechado en agosto de 1922, aclaró que algunas apreciaciones sobre pedagogía, arte o guerra eran convicciones actuales. Eligió esa palabra porque se reservaba el derecho de evolucionar o de retroceder al ritmo de las enseñanzas de los tiempos.

Diez años después, en septiembre de 1932 y con 80 años, respondió en el prólogo de la cuarta edición a los críticos que le reprochaban sus contradicciones. Fijarse en dogmas cerrados equivalía, según escribió, a «convertirse en un mar muerto que nunca agita el viento de la duda».

En ese mismo texto, Cajal defendió que unas contradicciones mayores serían un indicio de «juventud, flexibilidad y pujanza». Para la cuarta edición, suavizó y limó bastantes pensamientos, suprimió otros y añadió algunos nuevos. Si su edad y sus achaques lo hubieran permitido, explicó, «habría rehecho y ampliado la obra entera».

¿Quién fue Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de Medicina?

Santiago Ramón y Cajal nació el 1 de mayo de 1852 en Petilla de Aragón (Navarra), según la Fundación Nobel. Quería ser artista, pero su padre, profesor de Anatomía Aplicada en la Universidad de Zaragoza, lo convenció para estudiar Medicina.

Cajal se licenció en 1873 y sirvió como médico militar. Participó en una expedición a Cuba entre 1874 y 1875, donde contrajo malaria y tuberculosis. Se doctoró en Madrid en 1877 y obtuvo la cátedra de Anatomía en Valencia (1883) y las de Histología en Barcelona (1887) y Madrid (1892).

A partir de 1887 aplicó una tinción con nitrato de plata que había descubierto Camillo Golgi. Con ella demostró que cada célula nerviosa es una unidad independiente y que la sinapsis transmite el impulso de una célula a otra.

Cajal y Golgi compartieron en 1906 el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus trabajos sobre el sistema nervioso. Cajal murió en Madrid el 17 de octubre de 1934.