Curiosidades
FRASES PARA REFLEXIONAR

La reflexión de ‘El Principito’ sobre el liderazgo: «Si ordeno a un general que se transforme en ave marina y no obedece, no será culpa del general, será culpa mía»

Cuando Antoine de Saint-Exupéry escribió El Principito, no lo hizo pensando en grandes directivos o en manuales de liderazgo y gestión de equipos. Lo hizo en 1943 durante su exilio en Nueva York y fue una especie de diario y de reflexión íntima sobre la importancia de la infancia, el amor o el sentido de la vida. Sin embargo, en cada una de sus líneas podemos encontrar grandes lecciones de liderazgo, coherencia y sentido común que a día de hoy están más presentes que nunca.

Es el caso de la frase que pronuncia un rey con el que se encuentra el Principito en uno de sus viajes. Se trata de un monarca que gobierna sobre un reino vacío pero que tiene una filosofía del poder sorprendentemente lúcida: «Si ordeno a un general que se transforme en ave marina y si el general no obedece, no será culpa del general. Será culpa mía».

Una frase que, leída en la infancia puede pasar casi inadvertida. Sin embargo, leída desde la experiencia de quien ha gestionado personas o ha trabajado bajo una mala dirección, resulta difícil de olvidar.

El rey que entendía el poder mejor que muchos líderes reales

El personaje del rey en El Principito es uno de los más ricos de la obra desde un punto de vista filosófico. A diferencia de otros habitantes de los asteroides, que representan la vanidad, la codicia o la rutina sin sentido, el rey tiene una visión del poder que Saint-Exupéry construye con una precisión llamativa.

Este monarca gobierna sobre un planeta en el que no hay nadie más que él, y sin embargo no concibe su autoridad como algo arbitrario. Para él, una orden solo es legítima si es razonable y ejecutable. Mandar algo imposible no es ejercer el poder, es simplemente demostrar que no se entiende en qué consiste gobernar. «La autoridad se apoya ante todo en la razón», llega a decir el rey. Y si la razón falla, la responsabilidad recae siempre sobre quien da la orden, no sobre quien no puede cumplirla.

Lo que ninguna escuela de negocios enseña tan bien

La idea que subyace en esta escena es tan simple como incómoda para cualquiera que haya ocupado una posición de mando: exigir resultados imposibles, poco claros o desproporcionados no es liderazgo, es una forma de trasladar la propia incompetencia o irresponsabilidad al equipo.

Cuando alguien no cumple una tarea, la pregunta que rara vez se formula en voz alta es si la tarea era formulable, si los recursos eran los adecuados, si el plazo era razonable o si la instrucción fue lo suficientemente clara. Es mucho más sencillo señalar al que no ha cumplido que revisar la orden que se dio.

Saint-Exupéry, sin pretenderlo, anticipó décadas antes lo que la investigación en liderazgo organizacional llevaría años en documentar. Los estudios sobre gestión de equipos muestran de forma consistente que una de las principales causas del bajo rendimiento no está en la falta de capacidad de los empleados, sino en la calidad de las instrucciones que reciben, en la claridad de los objetivos que se les fijan y en los recursos con los que cuentan para alcanzarlos.

La responsabilidad como base del liderazgo real

Lo que distingue esta reflexión de tantas otras sobre el poder es que no habla de empatía, de motivación ni de carisma. Habla de algo más básico y más exigente: de responsabilidad. El rey de Saint-Exupéry no culpa a sus súbditos cuando algo falla. Se pregunta primero si él hizo bien su parte.

Esa inversión de la mirada, dirigirla primero hacia uno mismo antes de señalar al otro, es precisamente lo que escasea en muchos entornos de trabajo y en muchas estructuras de poder. Es más cómodo atribuir el fracaso a la ejecución que a la planificación, al equipo que a la dirección, al general que a quien dio la orden imposible.

Una lección que sigue siendo necesaria

El Principito cumplió en 2023 ochenta años desde su publicación y sigue siendo uno de los libros más vendidos del mundo. Su permanencia no se explica únicamente por su belleza literaria, sino por esa capacidad de formular verdades que cada generación relee como si las descubriera por primera vez.

La escena del rey y el general es una de ellas. En un mundo en el que el liderazgo se ha convertido en una industria con miles de libros, cursos y conferencias, pocas ideas resisten tan bien el paso del tiempo como esta: antes de culpar a quien no obedeció, vale la pena preguntarse si la orden tenía algún sentido.