Curiosidades

Los psicólogos expertos confirman que quienes prefieren la soledad de lunes a viernes no lo hacen por aislamiento, sólo buscan un espacio donde ser ellos mismos

En casi todas las oficinas existe esa persona que declina sistemáticamente los planes entre semana. La que se va a casa en cuanto termina su jornada, que no se apunta a los after work del miércoles y que el viernes por la noche prefiere el sofá a cualquier terraza. Y casi siempre, quienes la rodean terminan rellenando los espacios en blanco de la misma manera: pensando que algo no va bien, que está triste o que se ha aislado.

La psicóloga Leticia Martín Enjuto, directora del Centro de Psicología que lleva su nombre, tiene una lectura completamente distinta. Y está respaldada por la evidencia clínica que acumula en consulta. «Hay personas para las que estar solas no es una señal de malestar, sino una de las pocas oportunidades que tienen para descansar y volver a sentirse ellas mismas», explica la especialista.

Las máscaras que todos llevamos sin darnos cuenta

Detrás de esa necesidad de soledad hay un mecanismo que, bien mirado, resulta perfectamente comprensible. A lo largo del día, todas las personas adoptan distintas versiones de sí mismas según el contexto en el que se encuentran. «Somos profesionales en el trabajo, amigos cuando estamos con nuestros amigos, pareja cuando estamos en casa o hijos cuando hablamos con nuestra familia», enumera Martín Enjuto. «Y cada uno de esos papeles lleva consigo determinadas responsabilidades, expectativas y formas de comportarnos».

El resultado es que, a lo largo de una semana laboral normal, una persona puede pasar horas sin ser simplemente ella misma. Sin tener que responder a ninguna expectativa, sin adaptar el tono ni la actitud, sin estar pendiente de nadie. Y eso, aunque no siempre se verbalice así, tiene un coste.

La energía que consume relacionarse

Ese coste es lo que la experta llama la batería social. Relacionarse consume energía, incluso cuando la compañía es agradable y los vínculos son sólidos. «Conversar, escuchar, prestar atención, responder, mantener una determinada actitud o adaptarnos a diferentes ambientes supone un esfuerzo que no todas las personas viven de la misma manera», señala la psicóloga.

Hay quienes terminan una semana socialmente intensa y necesitan horas de silencio para recuperarse. No porque estén cansados de las personas que quieren, sino porque necesitan recuperar espacio mental. En consulta, Martín Enjuto ha escuchado en más de una ocasión frases como «cuando estoy sola puedo ser yo» o «cuando cierro la puerta de casa siento que puedo respirar». Detrás de esas palabras, explica, no hay frialdad ni rechazo. Hay cansancio de tener que estar siempre disponible, de responder a las expectativas de los demás, de mostrar una versión concreta de uno mismo durante horas.

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo

Hay una distinción que la psicóloga considera fundamental y que con frecuencia se pasa por alto: no es lo mismo elegir estar a solas que sentirse solo. Son experiencias radicalmente distintas y a menudo se confunden.

«Una persona puede disfrutar enormemente de su propia compañía y sentirse tranquila leyendo, paseando o simplemente estando en casa. Otra puede pasar muchas horas sola y, sin embargo, desear profundamente tener compañía y sentirse desconectada de los demás», explica Martín Enjuto. La primera encuentra descanso en la soledad. La segunda puede estar atravesando un sufrimiento real. «Por eso, más que fijarnos en cuánto tiempo pasa alguien sólo, debemos preguntarnos cómo se siente durante ese tiempo», añade.

El error de llamarlos antisociales

El problema real no está en quienes prefieren la soledad entre semana. Está en la etiqueta que se les cuelga casi automáticamente. Antisocial. Una palabra que implica dificultad para relacionarse, cuando en muchos casos describe exactamente lo contrario: alguien que se relaciona bien, que quiere a las personas de su entorno y que valora sus vínculos, pero que también necesita tiempo para sí mismo.

«Necesitar silencio, disfrutar de la propia compañía o preferir encuentros más pequeños no significa tener dificultades para relacionarse. Una persona puede querer muchísimo a sus amigos y, aun así, necesitar pasar bastante tiempo sola. Necesitar espacio no significa querer menos a los demás», subraya la especialista.

Y en ese espacio de soledad no hace falta hacer nada en particular. Ponerse los auriculares, dar un paseo, cocinar tranquilamente o tumbarse en el sofá sin ningún plan concreto. «A veces, no hacer nada y poder estar tranquilos es precisamente lo que nuestro cerebro necesita después de pasar todo el día recibiendo estímulos», concluye Martín Enjuto.

Tener la agenda llena no es sinónimo de bienestar. Y saberlo, a veces, es el primer paso para dejar de juzgar a quien prefiere el silencio.