La psicología sugiere que las personas que guardan todo y no son capaces de tirar recuerdos no es por dependencia, sino por alta sensibilidad emocional
Guardar objetos sin utilidad aparente no siempre es dependencia, sino una muestra de sensibilidad emocional
La psicología concluye que las personas que siempre llegan tarde no lo hacen a propósito
La psicología ha llegado a la conclusión de que las personas que no se tiñen las canas no se están rindiendo
Guardar una entrada de cine, una caja vacía o incluso un ticket que ya no sirve para nada puede parecer, a simple vista, una simple manía o una falta de orden. Sin embargo, detrás de este comportamiento cotidiano la psicología sugiere que hay mucho más de lo que parece. No se trata solo de acumular objetos, sino de cómo algunas personas interpretan el valor de lo que les rodea.
Todos conocemos a alguien que siempre guarda cosas, «por si acaso», ya sea por ejemplo un cajón lleno de cables, una bolsa grande llena de otras bolsas, la caja del móvil que nunca tiramos o esa camiseta que lleva años sin usarse. Lejos de ser un signo de dependencia o desorganización, la psicología apunta a una explicación más profunda. Tal y como explica Leticia Martín Enjuto, psicóloga colaboradora de Cuerpomente, este comportamiento no siempre responde a un apego excesivo, sino a una combinación de sensibilidad emocional, previsión y significado personal que muchas veces pasa desapercibida.
La psicología sugiere porque hay personas que guardan todo y no son capaces de tirar recuerdos
Cuando una persona decide no tirar un objeto aparentemente inútil, muchas veces lo hace pensando en el futuro. No es tanto una cuestión de acumulación, sino de anticipación. De este modo, guardar una caja, un ticket o un cable puede responder a esa idea de que se guarda para cuando se necesite, pero lo cierto es que esta forma de pensar no es casual. Según explica Martín Enjuto, quienes conservan este tipo de objetos suelen proyectarse constantemente hacia posibles escenarios futuros.
No se trata sólo de imaginar, sino de reducir la incomodidad que genera la incertidumbre. Tener ese objeto guardado, aunque no se utilice nunca, aporta una sensación de control. Es una forma silenciosa de estar preparados ante lo inesperado. Desde fuera puede parecer exceso, pero desde dentro funciona como una estrategia mental para sentirse más seguro.
Cuando los objetos guardan historias
No todos los objetos se conservan por utilidad. De hecho, muchos de los más difíciles de tirar nunca volverán a servir para nada práctico. Y aun así, siguen ahí. Una nota escrita a mano o una prenda antigua pueden convertirse en algo mucho más importante que su función original pero en estos casos, el objeto actúa como un recordatorio tangible de una experiencia vivida.
Según la psicóloga, algunas personas desarrollan vínculos emocionales especialmente intensos con objetos cotidianos porque estos funcionan como extensiones de recuerdos, etapas de la vida o relaciones personales. Por eso, lo que para unos es basura, para otros es memoria. Tirarlo no es sólo deshacerse de algo material, sino también cerrar, en cierta manera, un momento significativo.
Objetos que forman parte de la identidad
La relación con los objetos va incluso un paso más allá. No sólo evocan recuerdos, también ayudan a construir quiénes somos. Las cosas que conservamos cuentan una historia personal. Hablan de lo que hemos vivido, de las personas que han pasado por nuestra vida y de las distintas versiones de nosotros mismos.
En este sentido, desprenderse de ciertos objetos puede resultar más difícil de lo que parece. No porque haya una dependencia real, sino porque existe una conexión simbólica. Como señala Martín Enjuto, conservar ciertas pertenencias puede representar mantener el vínculo con momentos pasados o con personas importantes. Por eso, tirarlas puede sentirse como una pérdida emocional, aunque racionalmente sepamos que no lo es.
El peso de la educación y el valor de las cosas
Otro factor clave que explica este comportamiento tiene que ver con la educación y el contexto en el que hemos crecido. Personas que han vivido en entornos donde se valoraba aprovechar todo, evitar el desperdicio o prepararse para tiempos difíciles suelen desarrollar una relación distinta con los objetos. Para ellas, tirar algo no siempre es una opción lógica. Lo que otros consideran innecesario, se percibe como algo que aún tiene valor, aunque no sea evidente en ese momento. Esta forma de ver el mundo hace que se detecten usos potenciales donde otros no los ven. Es una manera diferente de procesar la utilidad y el significado de las cosas.
Cuándo guardar deja de ser sano
Guardar objetos no es, en sí mismo, un problema. De hecho, en la mayoría de los casos forma parte de una manera legítima de relacionarse con el entorno. La clave está en el impacto que tiene esta conducta en la vida diaria. Según la psicóloga, es importante diferenciar entre conservar cosas por motivos emocionales o prácticos y situaciones en las que la acumulación empieza a generar malestar. Cuando guardar objetos interfiere en el día a día, dificulta el orden o provoca ansiedad, entonces sí puede convertirse en una señal de alerta. Pero mientras no exista ese impacto negativo, conservar recuerdos o pensar en el valor potencial de las cosas no solo es normal, sino que también puede reflejar una mayor sensibilidad emocional.
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