La psicología sugiere que las personas que se callan en discusiones parecen tranquilas pero en realidad están cargadas de resentimiento y agotamiento emocional
La psicología explica por qué evitar discusiones puede provocar resentimiento y agotamiento emocional
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Cuando alguien hace un comentario para molestar, o inicia una discusión, hay personas que parecen no reaccionar o de hecho, no pierden la calma y no suelen contestar y prefieren callarse. Algo que se puede entender como el hecho de ser tranquilo, aunque la psicología sugiere que tal vez lo que sucede en realidad, es que esas personas están cargadas de resentimiento y agotamiento emocional.
Desde fuera, las personas que no contestan o no discuten cuando surge conflicto, pueden transmitir una imagen de serenidad. Sin embargo, esa aparente tranquilidad no significa que lo ocurrido no les afecte, de hecho desde la psicología se explica que cuando alguien renuncia de manera reiterada a expresar su malestar, puede quedarse después repasando mentalmente aquello que quería haber dicho. La discusión termina para los demás, pero continúa durante horas para quien decidió guardar silencio. Y tras este comportamiento pueden encontrarse factores muy distintos como el miedo al rechazo, baja autoestima, experiencias familiares negativas o, sencillamente, ese agotamiento mental y emocional que ya hemos mencionado. El problema entonces no está en permanecer callado alguna vez, sino en hacerlo sistemáticamente incluso cuando están en juego asuntos importantes. Se evita así una incomodidad inmediata, pero a cambio pueden aparecer frustración, sensación de no ser escuchado y un resentimiento que crece porque nunca llega a expresarse.
Por qué algunas personas prefieren callarse durante una discusión
Quedarse pensando después en la respuesta que uno debería haber dado es una experiencia bastante habitual. La conversación ha terminado, pero mentalmente continúa ya que se se reconstruyen frases, se imaginan contestaciones y aparece la sensación de no haber defendido lo que realmente se pensaba. Cuando ocurre de forma repetida, el silencio puede estar funcionando más como un mecanismo de protección que como una decisión consciente.
La psicología explica que ese patrón puede tener su origen en experiencias anteriores. Una persona que ha crecido en un entorno en el que llevar la contraria terminaba en castigos, enfados desproporcionados o largos periodos de indiferencia puede aprender que discrepar supone un riesgo. Esa idea puede trasladarse posteriormente a la pareja, los amigos o el trabajo. Ante la posibilidad de un enfrentamiento, callarse ofrece una salida aparentemente sencilla y es que si no digo nada, probablemente no suceda nada.
También intervienen el miedo al rechazo y la autoestima. Expresar una opinión diferente supone exponerse a que el otro se moleste o cuestione lo que se dice. Si existe inseguridad, puede resultar más fácil conceder mayor valor a la opinión ajena. A ello se suma el agotamiento emocional: algunas personas saben perfectamente que algo les molesta, pero sienten que explicarlo, defender su postura y enfrentarse a la reacción posterior requiere una energía que ya no tienen.
El resentimiento puede aparecer en este tipo de personas
Evitar una discusión produce un beneficio inmediato ya que parece que el problema ha desaparecido, aunque la emoción que provocó el desacuerdo puede permanecer. Pero hay que tener cuidado ya que si esta dinámica se repite, la persona puede empezar a sentir que siempre es ella quien cede o que sus necesidades tienen menos importancia que las de los demás.
La Asociación Americana de Psicología señala, al abordar la gestión de la ira, la importancia de aprender a expresarla adecuadamente y controlar la respuesta que genera. Reprimir sistemáticamente el malestar no equivale necesariamente a resolverlo. En determinados casos, la acumulación puede hacer que una situación aparentemente pequeña termine provocando una reacción mucho mayor de la esperada.
Por eso algunas explosiones parecen surgir «por una tontería». El desencadenante puede ser un plato sin recoger, un mensaje sin contestar o una tarea que alguien vuelve a delegar, pero detrás pueden existir semanas de pequeñas situaciones nunca abordadas. Incluso sin llegar a una explosión, pueden aparecer irritabilidad, distanciamiento o una sensación constante de cansancio dentro de determinadas relaciones.
Callarse por elección no es lo mismo que hacerlo por miedo
No intervenir en todas las discusiones no constituye un problema. Elegir conscientemente que determinado comentario no merece una respuesta puede ser una forma saludable de administrar la energía. La diferencia está en la capacidad de decidir. Una cosa es pensar «podría contestar, pero prefiero no hacerlo» y otra sentir «quiero contestar, pero no me atrevo». De este modo, cobra especial importancia la asertividad ya que frente a una actitud pasiva, basada en ceder continuamente, y otra agresiva, que busca imponerse, la comunicación asertiva permite defender una postura respetando al interlocutor. Frases sencillas como «no lo veo de la misma manera», «esto me ha molestado» o «prefiero que no me hables así» pueden establecer un límite sin convertir la conversación en una batalla.
Por otro lado, cuando queramos expresarnos tampoco es necesario que sea con el conflicto más complicado. Puede practicarse en situaciones cotidianas, manifestando preferencias y pequeños desacuerdos. Porque estar tranquilo no significa necesariamente no discutir nunca. A veces significa poder decir lo que uno piensa sin miedo y evitar que, horas después, la conversación continúe dando vueltas en la cabeza.
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