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Psicología

La psicología explica que las personas que cambian de hábitos tras tener su primer hijo no es por falta de tiempo: en realidad, han sufrido un cambio de identidad

  • Sofía Narváez
  • Periodista multimedia graduada en la Universidad Francisco de Vitoria, con un Máster en Multiplataforma por la Universidad Loyola. Editora en Lisa News con experiencia en CNN y ABC.

Mantener una rutina parece sencillo. Correr, ir al gimnasio o quedar con los amigos cada jueves son hábitos que ocupan una hora al día, dos o incluso una tarde entera, y que muchas personas defienden durante años.

Aunque esa costumbre parezca fija, el nacimiento del primer hijo la transforma en algo que no siempre depende del reloj. Bas Verplanken, profesor de Psicología de la Universidad de Bath, estudia cómo los grandes momentos vitales rompen las rutinas y reactivan los valores, un proceso ligado a la identidad de cada persona.

Por qué los padres primerizos cambian de hábitos aunque tengan tiempo libre

Un hábito funciona como el trayecto diario en coche al trabajo, el contexto activa la conducta y la persona la repite sin pensar en cada curva. Cuando ese contexto desaparece, el piloto automático deja de servir y cada decisión vuelve a pasar por la cabeza.

Verplanken, Deborah Roy y Lorraine Whitmarsh analizan este fenómeno en «Cracks in the wall», un capítulo del libro The Psychology of Habit, publicado en 2018. Los autores incluyen formar una familia entre los periodos de cambio, junto a pasar de los estudios al trabajo, mudarse o jubilarse.

En esos momentos, según el capítulo, entran en juego tres mecanismos: los hábitos antiguos pierden fuerza, la persona busca y procesa más información, y sus valores se activan o cambian. Ese último punto conecta con la identidad de padre o madre.

Un padre primerizo que ahora se ve como responsable de un bebé decide desde ese nuevo papel. La cerveza de los jueves con los amigos o el gimnasio a última hora compiten ahora con otras prioridades, aunque a veces el reloj nos deje un hueco.

Qué supone realmente el primer hijo para el cerebro de madres y padres

En 2016, un equipo de la Universidad Autónoma de Barcelona y del Instituto de Investigación Sanitaria Gregorio Marañón publicó un estudio en Nature Neuroscience. Los investigadores, con Susana Carmona y Óscar Vilarroya al frente, observaron que el primer embarazo reduce el volumen de materia gris en regiones implicadas en las relaciones sociales. Esos cambios seguían presentes al menos dos años después del parto.

Los investigadores no encontraron pérdidas de memoria ni de otras funciones intelectuales. Erika Barba-Müller, primera autora, cree que esta plasticidad ayuda a la madre a entender las necesidades de su bebé.

El cerebro de los hombres también se transforma. Magdalena Martínez-García, investigadora del Gregorio Marañón, firmó en 2022 un estudio en Cerebral Cortex. El trabajo detectó una reducción del volumen de materia gris de la corteza en hombres que acababan de ser padres por primera vez.

La ciencia no descarta la falta de tiempo. Ninguno de estos trabajos la compara de forma directa con el cambio de identidad. El sueño fragmentado de los primeros meses condiciona igualmente cualquier rutina, desde el ejercicio hasta la hora de la cena.

Cómo aprovechar el cambio de identidad para elegir nuevos hábitos

Para Verplanken, los periodos de cambio funcionan como una ventana de oportunidad, porque las personas están más abiertas a ideas nuevas. Su equipo lo comprobó en un experimento con 800 participantes, en el que una intervención para promover hábitos sostenibles funcionó mejor entre quienes acababan de mudarse.

«Las transiciones vitales, como mudarse o cambiar de trabajo, son una oportunidad real para influir en las decisiones que toman las personas», explicó Verplanken al presentar el estudio.

Los investigadores recomiendan empezar con cambios pequeños, que cuestan poco esfuerzo y refuerzan la confianza para dar el siguiente paso. Un padre que ya no corre por las tardes puede sustituir esa hora por un paseo con el carrito cada mañana. Una madre que cocinaba los domingos puede preparar dos platos sencillos en lugar de cinco.

En el experimento de la Universidad de Bath, esa ventana de oportunidad duró unos tres meses después de la mudanza.