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Psicología

La psicología confirma que las personas nacidas entre 1950 y 1970 aprovechan más la comida, pero no es porque sean tacaños: su infancia les dejó una huella de escasez

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Quienes aprovechan la comida hasta el último bocado siempre son juzgados, como si se tratara de una mera manía de otra generación. La psicología ha empezado a ponerle nombre a este comportamiento, y detrás de él aparece un concepto muy concreto: la huella de escasez.

Y guarda, que aquí no nos referimos a esas personas que ahorran por gusto. Más bien, lo que abordaremos a continuación se trata de una respuesta que el cerebro aprendió en la infancia y que, aunque la vida haya mejorado después, sigue activa décadas más tarde.

¿Qué es la huella de escasez que explica por qué esta generación aprovecha tanto la comida?

Quienes nacieron entre 1950 y 1970, particularmente en España, crecieron, en muchos casos, con la memoria directa o heredada de la posguerra. Recordemos en este sentido que las cartillas de racionamiento no desaparecieron hasta 1952.

Y así mismo, los llamados años del hambre se prolongaron bastante más allá de esa fecha en buena parte del país, sobre todo en las zonas rurales.

Incluso quienes nacieron ya avanzada esa etapa crecieron en hogares donde sus padres habían pasado hambre de verdad, y donde aprovechar cada alimento no era un gesto simbólico, sino una norma de supervivencia que se transmitía sin necesidad de explicarla. 

Esa experiencia, según la psicología económica y del comportamiento, deja una huella de escasez: un patrón mental que asocia la comida con algo que puede faltar en cualquier momento, aunque hoy la nevera esté siempre llena.

Por eso no se trata de tacañería. La huella de escasez es una adaptación de supervivencia que el cerebro no borra solo porque la situación económica haya cambiado, y que sigue condicionando decisiones cotidianas muy simples, como terminarse el plato o guardar cualquier resto.

Lo que dice la ciencia sobre la escasez vivida en la infancia

Los economistas Sendhil Mullainathan y Eldar Shafir popularizaron esta idea en su libro ‘Scarcity’: la escasez no solo limita recursos, también reorganiza la mente para centrarse en lo urgente, un efecto que denominaron impuesto sobre el ancho de banda mental.

Un estudio publicado en la revista ‘Appetite’ en 2018 fue más allá y analizó a 126 adultos en un test de sabor con snacks calóricos. Los investigadores midieron tanto la inseguridad alimentaria actual como la vivida durante la infancia.

¿El resultado? Pues confirmó algo revelador: haber pasado hambre de niño modula cómo se relaciona una persona con la comida de adulta, incluso cuando ya no existe ningún riesgo real de escasez.

Concretamente, la inseguridad alimentaria infantil influyó en cuánto disfrutaban del chocolate y en cuántas calorías consumían durante la prueba, aunque en ese momento tuvieran comida de sobra disponible sobre la mesa.

Otra investigación, esta con 662 participantes y citada por el portal científico Science Insights, encontró algo parecido fuera del terreno alimentario: la imprevisibilidad del entorno durante la infancia se correlacionaba con conductas de acumulación de objetos en la vida adulta, no solo de comida.

¿Cómo se manifiesta hoy la huella de escasez en la vida diaria?

Para responder a este subtítulo, el gesto más reconocible es rebañar el plato hasta dejarlo limpio, sin importar lo llena que esté la despensa. También aparece en la costumbre de guardar sobras en tarteras pequeñas, aunque después no siempre se lleguen a consumir.

Otras señales son menos evidentes, aunque igual de reveladoras del mismo patrón de fondo, son las siguientes:

Nada de esto responde a un cálculo racional sobre el precio de los alimentos. Responde, más bien, a una alarma antigua que sigue sonando aunque el peligro original ya haya desaparecido hace décadas.

¿Por qué no conviene y es desconsiderado confundir esta huella con tacañería?

Etiquetar a esta generación de tacaña es, según los propios estudios, un error de interpretación. La escasez vivida de niño no genera avaricia, sino una forma de cautela que prioriza la seguridad frente al desperdicio.

De hecho, muchas de estas personas son generosas con los demás, aunque estrictas consigo mismas a la hora de gestionar la comida propia. La huella actúa sobre todo en las decisiones que solo les afectan a ellas.

El trastorno clínico de acumulación, en su forma más extrema, afecta a un 2,5% de la población, según los mismos estudios recién mencionados sobre imprevisibilidad infantil.

La inmensa mayoría de quienes aprovechan la comida se queda muy lejos de ese umbral clínico: no acumulan objetos ni desarrollan ninguna patología, solo actúan con una cautela aprendida hace más de setenta años, en una España que, por suerte, hoy ya no existe.