La psicología es clara: las personas nacidas entre 1960 y 1970 constituyen la última generación que experimentó una infancia realmente feliz
No todas las infancias fueron tan idílicas como hoy las imaginamos
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Cuando echamos la vista atrás y pensamos en nuestra infancia, la mayoría de las personas tiene la sensación de que fue una etapa feliz. Aparecen los recuerdos de las tardes en el parque, los cumpleaños, el escondite, las vacaciones en la playa, las meriendas del recreo o los profesores del colegio.
El cerebro humano tiene una tendencia natural a mirar hacia el pasado con cierta comprensión: elimina parte de los recuerdos negativos y conserva aquellos que nos ayudan a construir una historia más amable de nuestra propia infancia.
Al fin y al cabo, estamos diseñados para sobrevivir, y recordar lo bueno es una de las formas en las que nuestra mente protege nuestro bienestar. Sin embargo, no todas las infancias fueron tan idílicas como hoy las imaginamos. Muchas experiencias que en su momento fueron difíciles, dolorosas o incluso traumáticas quedaron escondidas en esa memoria selectiva que aparece con los años. Heridas que quizá no supimos gestionar cuando éramos pequeños y que, de adultos, todavía forman parte de esa mochila invisible que cada persona carga.
En medio de esta reflexión sobre cómo recordamos nuestros primeros años de vida, el psicólogo Peter Gray ha puesto sobre la mesa una conclusión: según sus estudios sobre el desarrollo infantil, las personas nacidas entre 1960 y 1970 fueron las últimas en experimentar un tipo de infancia marcada por una libertad, una autonomía y unas experiencias que hoy resultan mucho menos habituales.
Una infancia sin pantallas y con más libertad
La generación nacida entre las décadas de 1960 y 1970 creció en un contexto completamente diferente al actual. No había teléfonos móviles, redes sociales ni entretenimiento disponible a cualquier hora. Los niños pasaban gran parte del día fuera de casa, jugando en la calle, resolviendo conflictos con otros niños y explorando su entorno sin una supervisión constante.
Para Peter Gray, investigador especializado en psicología del juego, estas experiencias fueron fundamentales para desarrollar capacidades como la independencia, la confianza en uno mismo y la tolerancia a la frustración.
En sus investigaciones, el psicólogo ha defendido que el juego libre, aquel que no está organizado ni dirigido por adultos, tiene un papel esencial en la formación emocional de los niños. Cuando un niño decide a qué jugar, cómo resolver un problema o cómo enfrentarse a una discusión con sus compañeros, está entrenando habilidades que después serán necesarias durante la vida adulta.
Aprender a gestionar el aburrimiento
Uno de los grandes cambios entre aquella infancia y la actual es la relación con el aburrimiento. Los niños de generaciones anteriores tenían largos periodos de tiempo sin entretenimiento inmediato. No existía TikTok ni Instagram, tampoco videojuegos ni dispositivos que captaban la atención durante horas
El aburrimiento obligaba a crear. Inventar juegos, construir refugios, imaginar historias o buscar nuevas formas de divertirse era parte del día a día. Según los expertos, esos momentos ayudaban a desarrollar creatividad, paciencia y la capacidad de estar con uno mismo sin necesitar estímulos permanentes.
Hoy, en cambio, muchos niños crecen con acceso inmediato a contenido y entretenimiento, lo que puede dificultar la tolerancia a los momentos de espera o vacío.
Pequeñas responsabilidades que formaban el carácter
Otro elemento clave de aquella infancia era la participación en las tareas cotidianas. Muchos niños ayudaban en casa, cuidaban de hermanos pequeños, hacían recados o tenían pequeñas responsabilidades familiares.
Estas acciones, aparentemente simples, tenían un impacto psicológico importante: enseñaban que sus decisiones tenían consecuencias y que podían contribuir al funcionamiento del entorno que les rodeaba.
Los psicólogos denominan esto como «locus de control interno»: la sensación de que nuestras acciones influyen en lo que ocurre a nuestro alrededor. Una característica relacionada con una mayor capacidad para afrontar dificultades.
La importancia de enfrentarse a los problemas cara a cara
Las relaciones sociales también eran diferentes. Los conflictos entre niños se resolvían normalmente en persona. Una discusión en el colegio implicaba volver al día siguiente y encontrarse con la otra persona, negociar, pedir perdón o aprender a convivir.
Sin mensajes, redes sociales ni posibilidad de desaparecer tras una pantalla, los niños tenían que desarrollar herramientas para gestionar emociones, entender a los demás y afrontar situaciones incómodas.
Para muchos expertos, esa exposición temprana a pequeños problemas cotidianos ayudaba a construir una mayor resistencia emocional.
La generación que aprendió a resistir
Según esta visión, las personas nacidas entre 1960 y 1970 no tuvieron necesariamente una infancia perfecta, ni estuvieron libres de problemas. También vivieron dificultades, carencias y situaciones familiares complicadas. Sin embargo, el entorno en el que crecieron les permitió desarrollar una serie de habilidades que hoy parecen menos frecuentes.
Jugar sin vigilancia constante, aburrirse sin tecnología, caminar largas distancias, enfrentarse a pequeñas frustraciones y asumir responsabilidades fueron experiencias que moldearon su manera de enfrentarse al mundo.
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