Proverbio árabe del día: «Si tienes dos orejas, dos ojos y solo una boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes de hablar»
Los proverbios árabes llevan siglos utilizando el cuerpo humano, los animales y las escenas cotidianas para transmitir ideas sobre el carácter y el comportamiento. Su fuerza está en la sencillez: una sola frase, repetida de generación en generación, resume una lección que un libro entero de autoayuda necesitaría cientos de páginas para explicar.
La frase de esta ocasión no habla de animales ni de paisajes, sino de los propios sentidos: los ojos, los oídos y la boca. La comparación entre estas tres partes del cuerpo esconde una reflexión sobre el orden correcto para actuar antes de opinar sobre cualquier asunto.
¿Por qué tenemos dos ojos, dos oídos y solo una boca?
El proverbio árabe es el siguiente y vale la pena detenerse un poco en él:
«Si tienes dos orejas, dos ojos y solo una boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes de hablar».
El dicho parte de una observación anatómica muy simple. El cuerpo humano cuenta con el doble de órganos para percibir información (los oídos y los ojos) que para transmitirla (la boca), y esa proporción no sería casual según la sabiduría popular.
La lectura aquí es clara como el agua. Antes de emitir una opinión, conviene escuchar con atención y observar la situación más de una vez. La prisa por hablar suele llevar a errores, malentendidos o juicios apresurados que una pausa breve habría evitado sin esfuerzo.
Algunas versiones más extensas del dicho añaden un matiz religioso:
«Si Dios nos dio dos orejas, dos ojos y una sola boca, es porque tenemos que escuchar y ver dos veces antes de hablar. No abras los labios si no estás seguro de lo que vas a decir, es más hermoso el silencio».
La variante refuerza la misma idea con un llamado directo a medir cada palabra.
¿Hablas más de lo que escuchas? La ciencia y la filosofía coinciden con el proverbio
La idea de este proverbio árabe no es exclusiva de la cultura islámica. El filósofo griego Zenón de Citio, fundador de la escuela estoica, dejó una frase casi idéntica:
«La naturaleza nos dio dos oídos y una boca para que escuchemos el doble de lo que hablamos».
Epicteto repitió después una versión muy parecida. Que dos tradiciones tan alejadas en el tiempo y en el espacio lleguen a la misma conclusión sugiere que no se trata de una simple coincidencia cultural, sino de una observación bastante universal sobre cómo funcionan mejor las conversaciones humanas.
Hay incluso una explicación física que refuerza el mensaje, y es que la boca se cierra por voluntad propia, pero los oídos permanecen siempre abiertos. El cuerpo, según esta lectura, ya viene diseñado para escuchar más de lo que habla, aunque la costumbre lleve a hacer justo lo contrario.
Otros proverbios árabes que van en la misma línea: ¿Cuánto vale realmente el silencio?
Marruecos por sí solo conserva más de 15.000 refranes que se transmiten de forma oral, muchos de ellos con el silencio y la mesura como protagonistas. «Sé el dueño de tus silencios y no seas esclavo de tus palabras» es uno de los más repetidos, y apunta a la misma idea de que hablar de más resta control sobre lo que se dice.
Otro proverbio árabe muy citado asegura que «si el habla es plata, el silencio es oro», una comparación que coloca el callar incluso por encima de las palabras bien dichas.
Esta insistencia va más allá de la casualidad, dado que en las sociedades donde la palabra expresada tenía peso legal y social, hablar sin pensar podía traer consecuencias serias.
Estos dichos forman parte de un patrimonio oral heredado de beduinos, comerciantes y familias que, durante siglos, no tuvieron más soporte que la memoria para conservar su sabiduría. Cada frase sobrevivió porque resultaba útil, no por capricho literario.
¿Qué pasaría si escucharas el doble antes de responder?
Llevado a la vida diaria, el proverbio árabe funciona como un pequeño ejercicio de autocontrol. Antes de responder en una discusión, en el trabajo o incluso en una conversación por mensajería, observar la situación con calma reduce las probabilidades de decir algo de lo que arrepentirse después.
Y ojo aquí, porque no se trata de callar siempre, sino de dar a los ojos y a los oídos el tiempo que necesitan antes de que la boca entre en acción.
La próxima vez que una respuesta salga casi sola, bastaría con mirar dos veces más y dejar pasar una pausa entera antes de pronunciarla.