Curiosidades
Posguerra

El olvidado oficio de la posguerra española vital para el control de plagas y depredadores en el bosque

  • Alejo Lucarás
  • Periodista y redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

La posguerra española configuró un escenario social y económico en el que el campo adquirió un protagonismo decisivo. Tras la Guerra Civil, la autarquía y la falta de recursos condicionaron la vida en las zonas rurales, donde el ganado representaba el principal sustento. En ese marco, cualquier amenaza para corrales, colmenares o rebaños era considerada un problema urgente.

En ese contexto se consolidó un oficio que, aunque venía de siglos atrás, alcanzó su máxima expresión en estos tiempos complicados. Su función consistía en controlar poblaciones de depredadores y especies consideradas dañinas. Incluso, la Administración de ese entonces respaldó esta actividad mediante recompensas económicas que institucionalizaron la práctica.

¿Cuál fue el oficio de la posguerra clave para el control de plagas y depredadores?

El oficio en cuestión era el de alimañero, una práctica extendida por todo el territorio. No obstante, la existencia de cazadores de alimañas no era nueva. Ya en el siglo XVI, bajo el reinado de Carlos I de España, se dictaron normas que incentivaban la eliminación de lobos mediante recompensas.

Durante siglos, distintas disposiciones mantuvieron ese sistema de pagos por pieza abatida. Sin embargo, fue en el siglo XX cuando la actividad quedó plenamente integrada en la política estatal.

En 1953, el régimen franquista impulsó las Juntas Provinciales de Extinción de Animales Dañinos y Protección a la Caza. Estas juntas, dependientes del Ministerio de Agricultura, coordinaban la persecución de especies consideradas perjudiciales.

Se oficializó así la figura del alimañero, que pasó de ser un cazador ocasional a un colaborador reconocido por la Administración.

En la posguerra española, el alimañero respondía a dos perfiles. Por un lado, el campesino que abatía un depredador que rondaba su propiedad para cobrar la recompensa. En ocasiones, esa compensación equivalía a varias semanas de jornal. Por otro, el profesional que recorría comarcas enteras con un conocimiento preciso de veredas, madrigueras y zonas de cría.

Su trabajo no se entendía como caza deportiva. El objetivo era la erradicación o reducción drástica de determinadas poblaciones animales. El lobo encabezaba la lista, seguido por el zorro, la garduña, el gato montés o el tejón.

Las recompensas que recibían los alimañeros en la posguerra española

El sistema de premios para los alimañeros fue una constante histórica. En 1795, Carlos IV de España estableció pagos diferenciados según la pieza: se abonaba más por hembras o por camadas completas. Con ello pretendía evitar abusos y regular las batidas indiscriminadas.

Durante la posguerra española, la lógica fue similar, aunque adaptada al contexto económico del momento. Los alimañeros debían presentar pruebas físicas (pieles, colas o cabezas) para acreditar la captura y cobrar la cantidad fijada. Las cifras muestran la magnitud del fenómeno: entre 1954 y 1962 se entregaron miles de pieles de lobo, zorro y otras especies.

El lobo era considerado el enemigo principal. Su presencia se asociaba a ataques a ganado, especialmente en inviernos duros cuando la nieve empujaba a los animales hacia zonas habitadas. El zorro, por su parte, era perseguido por los daños en gallineros. Incluso aves rapaces como el águila imperial o el búho real figuraban en la lista negra.

La percepción de estas especies estaba vinculada a la economía de subsistencia. En un país marcado por el racionamiento y la escasez, cualquier pérdida suponía un impacto directo en la supervivencia familiar. De ahí que la eliminación de depredadores contara con respaldo social en muchas áreas rurales.

Los métodos de control que tenia el alimañero y sus consecuencias ecológicas

El arsenal del alimañero combinaba técnicas tradicionales y métodos más modernos. El seguimiento de rastros sobre nieve o barro, la localización de loberas y el uso de cepos formaban parte del trabajo cotidiano. También se empleaban lazos de acero y trampas fabricadas por herreros locales.

Uno de los métodos más extendidos en la posguerra española fue el uso de estricnina. Este veneno se introducía en cebos de carne y se dejaba en zonas de paso. Su eficacia era alta, pero el efecto resultaba indiscriminado: no solo morían los depredadores objetivo, sino también perros domésticos, aves carroñeras y otras especies.

A su vez, la práctica del «desnide» consistía en localizar nidos de rapaces para eliminar polluelos. Este procedimiento afectó gravemente a poblaciones de aves protegidas en la actualidad. A finales de los años sesenta, algunas especies se encontraban en situación crítica.

Las cifras reflejan el impacto acumulado. Miles de capturas anuales alteraron el equilibrio de ecosistemas completos. La desaparición de depredadores provocó cambios en la cadena trófica que no siempre fueron previstos por las autoridades.

Del exterminio a la protección de especies: ¿Qué ocurrió con el oficio de alimañero?

El giro comenzó en la década de 1970. La aprobación de una nueva Ley de Caza introdujo por primera vez el concepto de especie protegida. Paralelamente, divulgadores como Félix Rodríguez de la Fuente impulsaron un cambio de mentalidad respecto al lobo y otras especies emblemáticas.

Las Juntas de Extinción fueron suprimidas y desaparecieron las recompensas económicas por alimañas. España, además, tuvo que adaptar su legislación a las directivas europeas tras su integración en la Comunidad Económica Europea.

Paradójicamente, algunos antiguos alimañeros encontraron acomodo como guardas rurales o colaboradores en tareas de seguimiento de fauna. Su conocimiento del terreno y del comportamiento animal resultó útil en la nueva etapa de conservación.

Pepe el Lobero: la leyenda del cazador que se convirtió en guardián del Saja

La historia de José Manuel Gutiérrez, universalmente conocido como Pepe el de Fresneda, es la crónica de un hombre que conocía los secretos del monte mejor que su propia casa.

Nacido en el corazón del valle de Cabuérniga, sus inicios estuvieron marcados por la necesidad de la posguerra. Con una vieja escopeta de pistón, Pepe comenzó a forjar su mito abatiendo piezas que amenazaban el ganado local.

A lo largo de su vida, se le atribuye la captura de 115 lobos, una cifra que hoy parece imposible pero que en su época le otorgó un estatus de héroe rural. Su pericia era tal que fue reclamado en Galicia para dar caza a lobos que habían atacado a personas.

Tras años de ser el «furtivo» más escurridizo para las autoridades, el Estado comprendió que no había nadie mejor para cuidar el monte que quien mejor sabía burlarlo. Fue nombrado Guarda Mayor de la Reserva Nacional de Caza del Saja, pasando de ser el perseguidor a ser el protector del ecosistema.

Bajo su mando, la gestión de la fauna en Cantabria alcanzó un nivel de orden sin precedentes. Hoy, como se puede apreciar en la imagen destacada del artículo, una estatua de bronce a la entrada de su pueblo natal, Fresneda, inmortaliza su figura.