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Félix Rodríguez de la Fuente, mítico naturalista nacido en Burgos: «En el fondo de mi creación y de mi vida viajera, tienen gran importancia Castilla y lo castellano»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Félix Rodríguez de la Fuente es, todavía hoy, sinónimo de naturaleza y de divulgación ambiental en España. Sus programas de televisión marcaron a varias generaciones enteras y su figura sigue despertando admiración décadas después de su muerte, ocurrida en extrañas circunstancias durante un rodaje en Alaska al que nunca llegó a regresar.

Pero antes de convertirse en un mito televisivo, hubo un niño que creció correteando por los páramos de Burgos. Esa infancia, según reconoció él mismo en una de sus últimas entrevistas, dejó una huella que nunca llegó a borrarse, por muchos rincones del planeta que recorriera después a lo largo de su carrera.

Félix Rodríguez de la Fuente, el naturalista burgalés que llevó Castilla por el mundo

Félix Rodríguez de la Fuente nació el 14 de marzo de 1928 en Poza de la Sal, una villa salinera medieval de la provincia de Burgos. Su padre, Samuel, era notario y hombre de inquietudes intelectuales; su madre, Marcelina de la Fuente Ibáñez, completaba una familia que, sin saberlo, estaba criando al futuro divulgador ambiental más influyente de España.

La Guerra Civil hizo que su padre lo educara en casa una temporada, lo que le dejó tiempo libre para recorrer el páramo burgalés y observar la fauna local.

En este sentido, él mismo resumió esos años con una imagen que retrata su vínculo con la tierra: «Mi agreste infancia de niño, de pueblo de los páramos de Burgos, infancia de niño despeinado, con el rostro quemado por el sol, con el cierzo en la cara, siempre buscando algo y preguntando algo a la línea del horizonte».

Y desde luego, esa raíz castellana nunca lo abandonó, ni siquiera cuando sus rodajes lo llevaron a recorrer medio mundo.

En una de sus últimas entrevistas, concedida poco antes de morir, resumió esa idea con una frase que hoy sigue citándose en Burgos: «En el fondo de mi creación y de mi vida viajera, tienen gran importancia Castilla y lo castellano».

De la odontología a la defensa del lobo: la carrera de Félix Rodríguez de la Fuente

Antes de dedicarse a la naturaleza, Rodríguez de la Fuente estudió Medicina en la Universidad de Valladolid y, más tarde, Odontología en Madrid. Ejerció como dentista durante varios años, hasta que la muerte de su padre, en 1960, lo empujó a abandonar la consulta y dedicarse por completo a su verdadera pasión: la cetrería y el estudio de la fauna salvaje.

Su salto a la fama llegó en 1964, tras una demostración de cetrería en televisión que sorprendió al país entero y le valió el apodo de Cetrero Mayor de España.

A partir de ahí encadenó programas como Fauna y, sobre todo, El hombre y la Tierra, la serie que lo convirtió en un referente: 124 episodios rodados en 35 milímetros por España, Sudamérica y Norteamérica entre 1974 y 1980.

Y ojo, que su trabajo no se quedó solo en la pantalla. Rodríguez de la Fuente impulsó la protección legal del halcón peregrino y de varias rapaces nocturnas en 1966, y se convirtió en una de las voces más firmes a favor de la conservación del lobo ibérico, entonces perseguido como alimaña en buena parte del país por ganaderos y cazadores.

Su labor divulgativa también llegó al papel impreso. Coordinó la Enciclopedia Salvat de la Fauna, publicada entre 1970 y 1973, de la que se distribuyeron 18 millones de volúmenes solo en España, una cifra que explica por qué sus conocimientos sobre el mundo animal calaron tan hondo entre varias generaciones de españoles.

El trágico final de Félix Rodríguez de la Fuente en Alaska

El 14 de marzo de 1980, el mismo día en que cumplía 52 años, Rodríguez de la Fuente murió en un accidente de avioneta cerca de Shaktoolik, en Alaska, donde rodaba un documental sobre la carrera de trineos Iditarod.

En el siniestro fallecieron también dos cámaras españoles y el piloto de la aeronave, un final abrupto que truncó de golpe el proyecto que más ilusión le hacía en aquel momento.

Su popularidad en aquellos años fue tal que varias encuestas de la época lo situaron como la persona más conocida de España después de Francisco Franco, entre 1971 y 1974. Un dato que da una idea de hasta qué punto su figura trascendió el mundo de la divulgación ambiental para convertirse en un fenómeno de masas sin precedentes en la televisión española.

Hoy, en su Poza de la Sal natal, un espacio museístico dedicado a su infancia recuerda al niño despeinado que se convirtió en el naturalista más querido del país. Burgos, la provincia que lo vio nacer, sigue organizando cada año actividades y homenajes en su memoria, prueba de que aquella frase sobre Castilla y lo castellano nunca fue un simple gesto de cortesía hacia su tierra.