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Los expertos advierten sobre las gotas de humedad que aparecen en el queso cuando lo guardas en la nevera

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

En el mundo existen más de 2.000 variedades de queso, que se clasifican según diferentes características, como su textura y grado de maduración. Entre los principales grupos encontramos los quesos frescos, que no pasan por un proceso de maduración y contienen mucha agua, como la mozzarella, la ricota, el feta o el queso cottage; los quesos blandos, de textura cremosa, como el Brie y el Camembert; los semiduros, más firmes y con menor humedad, como el Gouda, el Edam y el Emmental.

Por otro lado, los quesos duros, sometidos a largos periodos de maduración y con sabores más intensos, como el Parmesano, el Cheddar viejo y el Manchego curado; y los quesos azules, reconocibles por sus vetas de hongos del género Penicillium y su característico sabor fuerte y ligeramente picante, como el Roquefort y el Gorgonzola.

¿Por qué aparecen gotas de humedad en el queso?

Cuando hablamos de que un queso «suda», en realidad podemos estar describiendo dos procesos diferentes. Por un lado está la condensación, que consiste en agua que se forma cuando una superficie fría entra en contacto con aire más cálido y húmedo. Y, por otro lado, está la exudación de grasa, que ocurre cuando la grasa de la leche se vuelve más blanda debido al aumento de temperatura y sale parcialmente a la superficie.

Al sacar un queso de la nevera, la superficie está más fría que el ambiente de la cocina y, en consecuencia, se forman pequeñas gotas de agua sobre la corteza, la parte cortada o incluso el envase. Lo mejor es sacar sólo la cantidad que vayamos a comer y dejar que se atempere.

Además, la grasa de la leche permanece integrada en una estructura formada principalmente por proteínas, agua y otros componentes. Cuando aumenta la temperatura, esa grasa adquiere una consistencia más fluida y, dependiendo de la composición del queso, se puede desplazar hacia el exterior. Este fenómeno puede ser más evidente en quesos grasos o con un largo periodo de maduración.

Asimismo, cabe señalar que el envase puede influir en la apariencia exterior del queso. Los sistemas de vacío y otros envoltorios que limitan el intercambio de aire pueden mantener la humedad en contacto con la superficie. Por eso, justo después de abrir la bolsa, la pieza puede parecer que está algo más húmeda o desprender un aroma más intenso durante los primeros minutos.

¿Cuándo hay que prestar atención a este fenómeno? La respuesta es simple: cuando deja de parecer una simple película de agua o grasa y la superficie adquiere una textura anormalmente viscosa. Por supuesto, si aparecen olores claramente desagradables o pútridos que permanecen después de airear el queso, colores que no corresponden a la variedad o tipos de moho, lo más seguro es no consumirlo y desecharlo. Otro signo preocupante puede ser un reblandecimiento inusual de la pasta.

Temperatura ideal de conservación

El queso se debe conservar en un lugar fresco y protegido de cambios bruscos de temperatura. Lo ideal sería tener un espacio húmedo y fresco, con una temperatura aproximada de entre seis y doce grados, pero como esto no es habitual en todas las casas, la opción más práctica es utilizar el frigorífico.

La temperatura adecuada puede variar según el tipo de queso. Los quesos curados se conservan mejor entre ocho y doce grados, mientras que los semicurados necesitan temperaturas algo más bajas, de unos cuatro a ocho grados. Dentro de la nevera, los quesos curados y semicurados pueden colocarse en los cajones inferiores, donde la temperatura suele ser más estable. En cambio, los quesos frescos necesitan mantenerse alrededor de los cuatro grados, por lo que deben conservarse en una zona más fría del frigorífico. Además, es importante mantenerlos bien protegidos para evitar que se resequen o absorban los olores de otros alimentos.

El frío y el ambiente seco del frigorífico pueden hacer que el queso de oveja pierda humedad y se reseque, por lo que el envoltorio es muy importante. Una buena opción es conservarlo en papel encerado, que permite proteger el queso sin aislarlo completamente. También es posible recurrir al papel film, procurando que la pieza no quede demasiado ajustada para evitar que acumule calor y humedad.

Para disfrutar mejor de todas las características y sabores de un queso, es recomendable dejarlo atemperar antes de consumirlo. En el caso de los quesos semicurados, la temperatura ideal de consumo se encuentra aproximadamente entre los 18 y los 20 grados, mientras que los quesos curados se disfrutan mejor cuando alcanzan entre 22 y 24 grados.

Aunque un queso sin abrir puede tener un periodo de consumo preferente bastante amplio, con el paso de los días puede ir perdiendo parte de sus características de humedad, textura y sabor. Por eso, los quesos de menor tamaño, los poco curados y, especialmente, los quesos frescos son los que conviene consumir antes. Como referencia general, un plazo de unos 15 o 20 días puede ser razonable.