‘Morderás el polvo’ se convierte en la revelación literaria del año y prepara su segunda edición
En una época en la que los vídeos y las redes sociales parecen acaparar la atención y los ojos de esos autómatas que una vez fueron lectores, ‘Morderás el polvo’ ha demostrado que la literatura en vena sigue siendo muy adictiva. En menos de dos meses, el libro del columnista de OKDIARIO Roberto Osa (Cuenca, 1981) ya va por su segunda edición. Mientras continúen saliendo buenos libros, y esta novela lo es, habrá esperanza para la creación ante el empuje del consumo naíf.
A veces, el mercado y el buen gusto se ponen de acuerdo y permiten que jóvenes autores puedan levar el ancla de sus proyectos. La Fundación José Manuel Lara, del Grupo Planeta, lanzará la segunda edición del libro de Osa en las próximas semanas. El autor ha tirado abajo la puerta del panorama literario con su opera prima.
Para lograrlo, no se ha andado con circunloquios ni fatuidades: ‘Morderás al polvo’ es un volumen de 169 páginas que zarandea el ánimo de principio a fin. Una historia de violencia partenofilial que nos lleva a lo más oscuro de la condición humana. La voz narrativa, sólida y con un ritmo incesante, tiene la capacidad de hipnotizar al lector de principio a fin.
Madrid – La Mancha
Esta novela es un viaje poliédrico que comienza en Madrid y acaba en La Mancha. Un periplo donde diversas direcciones convergen en un destino inevitable: Pedregal, una aldea de la meseta donde el polvo y las ruinas recuerdan a la Comala que creó el mexicano Juan Rulfo. Frase a frase se puede masticar la arena que cubre las desgracias de un paraje con aluminosis. El tránsito lleva al lector por calles, carreteras y caminos que en ‘Morderás el polvo’, además, adquieren categoría de personajes. Cuando uno lee cómo “lloran los perros” sabe que la fatalidad, como en las obras de teatro de Federico García Lorca, ronda la escena.
No obstante, el autor también propone otros senderos alternativos. Más arcanos y claustrofóbicos. Trayectos interiores que desembocan en las fosas sépticas del lado oscuro. Y ahí, en la degradación que las circunstancias vitales provocan en los protagonistas, se identifica la locura de Don Quijote y la desolación de Pedro Páramo. Y conste que estas referencias no son elogios prestados al autor, ni mucho menos.
Uno de los grandes méritos de Roberto Osa en su puesta de largo como novelista es que sabe catalizar las referencias que lo caracterizan como lector y transformarlas hasta convertirlas en recursos propios. Y es que, al contrario de lo que sucede con muchos novelistas de éxito, Osa lee, y mucho, y eso se nota, y mucho. Por eso su novela es prolija en elementos expresivos y la narración respira con facilidad dentro de la asfixia constante de una protagonista que está obsesionada con matar a su padre.
El lector se quedará paralizado cuando Águeda Pacheco y su padre, un salvaje apodado el Morueco, se encuentren frente a frente. Ella es una mujer marcada por la desgracia de su infancia, pues su padre la dejó viva de milagro y con un solo ojo. Ahora, cíclope, misántropa y embarazada, su destino, como el de la tragedia griega, es al mismo tiempo redención y condena. Dos personajes despiadados que dejan al resto de seres que viven alrededor reducidos a la categoría de meros mariachis, alfeñiques incapacitados para la vida.
Sin ambages ni concesiones, Águeda y su padre recuerdan que el mal tiene una voluntad inquebrantable y que, lejos de remediarse, bajo ciertas circunstancias es degenerativo e imparable. Al igual que Roberto Osa, si Antón Chéjov hubiera conocido a los Pacheco también habría colocado una navaja entre ellos. Y recuerden lo que decía el ruso sobre las armas: “Uno nunca debe poner un rifle cargado en el escenario si no se va a usar”.
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