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Cine

La importante reflexión de Charles Chaplin, actor y cómico, sobre la vida: «Para reír de verdad, debes ser capaz de tomar tu dolor y jugar con él»

El legendario cineasta, guionista, actor y productor falleció en Vevey, su residencia de Suiza 1977 en

Cinco años antes fue homenajeado en la alfombra roja con un Oscar honorífico

Aunque la cultura popular lo recuerda por sus sketches cómicos y películas cargadas de humor, el cine de Charles Chaplin –como la propia vida– está repleto de esa ambigüedad triste que nos invita a sonreír como método de supervivencia. De hecho, el autor británico creía, que para conseguir una comicidad genuina, el trauma y el propio dolor deben funcionar como un motor creativo fundamental.  Ahí está la figura del vagabundo (Charlot en España), su personaje más icónico, u otras cintas icónicas como El chico (1921) y Tiempos modernos (1936).

Entre sus múltiples reflexiones y sentencias sobre la felicidad y el optimismo, se encuentran frases tan conocidas como «Un día sin sonreír es un día perdido» o «La vida es maravillosa si no se le tiene miedo».  Sin embargo, ninguna de ellas explica tan bien la filosofía de su cine como la que traemos a continuación:

Charles Chaplin en ‘Tiempos modernos’ (United Artists).

«Para reír de verdad, debes ser capaz de tomar tu dolor y jugar con él».

Charles Chaplin y la transformación de las tragedias de su infancia

La sentencia que recordamos aparece en su autobiografía de 1964, titulada simple y llanamente ‘Mi autobiografía’. El cineasta la escribió a los 75 años, mirando atrás y analizando cómo había logrado transformar todas las tragedias vividas en su infancia en el motor de su humor, el cual había conseguido hacer reír a millones de espectadores en todo el mundo.

Charles Chaplin vivió la extrema pobreza en Londres, fue abandonado por su padre y tuvo que convivir con la enfermedad mental de su madre. El dolor real está presente en su cine, pero Chaplin lo moldeó para no hundirse en la miseria y «jugar» con esa desgracia en un contraste tragicómico que terminó maridando la risa y la pena y el lamento de vivir y crecer en condiciones precarias.

Buster Keaton y Charles Chaplin en ‘Candilejas’ (Universal Pictures).

Hay varios ejemplos de cómo Chaplin articuló su dolor, despertando una suerte de gag cómico. El más famoso y recordado por la cultura popular es el de La quimera del oro (1925), donde Charlot está tan hambriento que termina cocinando y comiéndose su propia bota.

Partiendo de una situación desesperada, la escena tiene una vis cómica, absorbiendo los cordones como si fueran espaguetis y relamiendo los clavos como si estos fuesen huesos de pollo.

El robo de su cadáver

La ironía de esta filosofía de vida sobrepasó la propia vitalidad de Chaplin. Después de fallecer y ser enterrado, su cuerpo sin vida fue robado por unos hombres que le pedían un rescate a la viuda, Oona O’Neill. Una situación bastante macabra que cobró un tono slapstick por los chapuceros que fueron en su momento los saqueadores. Perdieron el ataúd en un maizal y fueron rebajando el precio del rescate como si se tratase de una negociación en un mercado.

Ante el robo, O’Neill se mantuvo siempre firme en no pagar a los delincuentes (unos pobres mecánicos sin recursos): «Charlie (Chaplin) lo habría encontrado completamente ridículo. No voy a pagar. Charles ya está en el cielo y lo que queda en la tumba es solo una caja de madera. Pagar por ella habría sido un insulto a su memoria».