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El refugio de Manuel Carrasco donde pasó la mejor parte de su infancia: «Vivía en un puerto y los niños íbamos al muelle a buscar a nuestros padres cuando venían de pescar»

Manuel Carrasco tiene 45 años y se ha convertido en uno de los cantantes más importantes del país

El artista pasó gran parte de su infancia en Isla Cristina (Huelva) y guarda muy buenos recuerdos

A pesar de su fama, sigue conectado con sus orígenes y no olvida su tierra natal

La infancia suele dejar una huella profunda en la manera en la que una persona entiende la vida. Los lugares donde se crece, la familia, las costumbres y las dificultades de los primeros años terminan formando un poso que, con el tiempo, permanece incluso cuando las circunstancias cambian por completo.

Manuel Carrasco es un buen ejemplo de todo esto. El cantante onubense, que ha construido una de las trayectorias más sólidas de la música, mantiene un vínculo especialmente estrecho con Isla Cristina, la localidad de Huelva en la que nació y creció.

Una infancia ligada al mar

Manuel Carrasco ha recordado aquellos años durante su participación en el programa Isabel Lascurain Abre la caja de…, donde habló abiertamente de sus orígenes y de la influencia que tuvo su entorno familiar en la persona que es actualmente.

El artista creció como el cuarto de cinco hermanos, dentro de una familia muy vinculada a la actividad pesquera. Su padre era pescador y, desde muy pequeño, Manuel conoció de cerca una profesión que exige sacrificios y que obliga a convivir con horarios difíciles y largas ausencias.

Manuel Carrasco durante una de sus vacaciones. (Foto: Instagram)

«Mi niñez fue una niñez muy relacionada con el mar», explicó el cantante al echar la vista atrás. Una frase que resume buena parte de aquellos primeros años y que permite entender hasta qué punto Isla Cristina y su puerto forman parte de su memoria.

En aquel entorno, la relación con el mar no se limitaba al paisaje. Formaba parte de la rutina de numerosas familias y también de la vida de los más pequeños. Carrasco recuerda especialmente las esperas en el muelle, cuando los niños acudían para reencontrarse con sus padres después de las jornadas de pesca.

«Vivía en un puerto de mar donde todos los niños íbamos al muelle a buscar a nuestros padres cuando venían de pescar», relataba. Una imagen sencilla, pero cargada de significado, que muestra cómo el trabajo de los adultos condicionaba también las costumbres y los recuerdos de toda una generación.

La música estaba por Isla Cristina

Si el mar fue uno de los grandes elementos de su infancia, la música ocupó otro lugar fundamental. Mucho antes de llenar grandes recintos y convertirse en uno de los artistas más reconocidos del país, Manuel ya encontraba en las canciones una forma de expresión y también una manera de relacionarse con quienes le rodeaban.

En su localidad, cantar era algo normal. El flamenco y la música formaban parte de las calles, de las reuniones y de los bares. El propio artista recuerda que durante su infancia llegó a cantar en distintos establecimientos del pueblo, en un ambiente muy alejado de los escenarios que conocería años después.

«Me subía al mostrador del bar de turno», recordaba durante la entrevista. Allí, animado por los adultos, cantaba delante de los marineros que se encontraban en el local y después pasaba el plato entre los presentes.

«Yo pasaba al plato para claro… Y me iba con mi platita para casa», explicaba con naturalidad. Aquel pequeño gesto tenía, sin embargo, un significado especial: la música ya estaba empezando a ocupar un espacio importante en su vida y, al mismo tiempo, le permitía descubrir que aquello que hacía por diversión podía despertar interés entre quienes le escuchaban.

Un pueblo trabajador

El cantante considera que aquella forma de vivir la música era característica de Isla Cristina. «Generalmente hay mucha gente que canta bien porque se canta mucho en la calle», apuntaba. Y añadía que allí «la música está en la calle, el flamenco…», una circunstancia que permitió que su relación con las canciones surgiera de manera espontánea.

Para Carrasco, el flamenco no necesitaba grandes medios para estar presente. Bastaba con tener ganas de cantar. «Es que claro, el flamenco es una música que no hace falta ni tener una guitarra para cantar», explicaba. Una tradición que, en su opinión, se inculcaba desde los primeros años. «Es algo que tenemos inculcado desde pequeños», resumía.

Pero más allá de la música, el artista también guarda de su localidad una idea muy concreta: la del esfuerzo y la cultura del trabajo. Manuel definía Isla Cristina como «un pueblo muy trabajador», una característica que relaciona directamente con la actividad pesquera y con todo lo que vio durante su infancia.

Aquellas experiencias terminaron formando parte de su manera de afrontar la vida. El propio cantante reconoce que haber crecido en ese ambiente le ayudó posteriormente a desarrollar la fortaleza necesaria para perseguir sus objetivos.

«Me ha servido para luego hacer un camino donde yo tuviera la fuerza suficiente para conseguir las cosas», afirmaba.

Hoy, convertido en un artista consolidado y acostumbrado a los grandes escenarios, continúa teniendo presente aquel origen. El puerto, los marineros, los bares y las canciones de su infancia forman parte de una memoria que explica, en buena medida, quién es. Y gracias a su generosidad podemos conocerle mejor.