Carolina Herrera (87 años), sobre su niñez: «Mis padres eran especiales. Recuerdo mi infancia con alegría, había un jardín precioso y crecía un jazmín con un aroma divino»
Carolina Herrera se ha convertido en una de las diseñadoras más famosas de su generación
La artista vivió rodeada de su familia y guarda recuerdos imborrables de todo su entorno
Actualmente lleva una vida tranquila, alejada de los problemas y del ruido mediático
La diseñadora venezolana conserva un recuerdo especialmente feliz de su niñez, rodeada de naturaleza y elegancia. Antes de convertirse en uno de los grandes nombres de la moda internacional, su vida estaba marcada por los caballos, el tenis y las películas clásicas de Hollywood.
Carolina Herrera es uno de esos nombres que han conseguido trascender las pasarelas para convertirse en sinónimo de elegancia. A sus 87 años, continúa vinculada al universo de la moda y sigue muy pendiente de lo que sucede en los grandes desfiles internacionales. No obstante, detrás de la mujer que ha vestido a algunas de las personalidades más conocidas del mundo existe una historia personal que comenzó mucho antes de que su apellido se convirtiera en una firma de lujo.
Su infancia transcurrió en Caracas, en el seno de una familia acomodada en la que la educación, las buenas maneras y el gusto por la estética ocupaban un lugar importante. Unos primeros años que recuerda con especial cariño y en los que sus padres desempeñaron un papel fundamental. De hecho, la propia Carolina ha hablado en distintas ocasiones de aquella etapa de su vida, compartiendo algunos recuerdos que permiten conocer mejor el entorno en el que creció.
En una entrevista concedida al periódico The Independent en 2010, la diseñadora se detuvo en la personalidad de sus progenitores y en la casa familiar en la que pasó buena parte de su niñez. «Mis padres eran… muy especiales. Mi madre era una figura muy romántica y mi padre era extremadamente atractivo, divertido y un tanto distante», explicó entonces.
«Siempre recuerdo la casa de mi infancia con alegría. Había un jardín precioso y frente a la ventana de mi dormitorio, crecía una enredadera de jazmín que se abría al atardecer, desprendiendo un aroma divino», relató.
Los caballos y el tenis antes que la moda
Aunque actualmente resulta difícil separar su nombre del mundo de la alta costura, lo cierto es que la moda no fue una vocación temprana para Carolina Herrera. Durante sus primeros años, sus intereses estaban bastante alejados de las telas, los diseños y las colecciones que terminarían definiendo su trayectoria profesional.
Así lo reconoció en una conversación con Vogue, en la que explicó que, cuando era pequeña, sus principales aficiones eran los caballos y el tenis. La moda todavía no despertaba en ella una curiosidad especial, aunque sí había crecido rodeada de mujeres que cuidaban mucho su manera de vestir.

Todo cambió durante la adolescencia. Fue entonces cuando empezó a descubrir el atractivo de las grandes estrellas del cine estadounidense y la imagen sofisticada que proyectaban en la pantalla.
«Para mí la moda no existía, existían mis caballos, el tenis… Yo creo que esa inquietud nació más tarde, como a los 14 o 15 años, cuando empecé a ver esas magníficas películas de Hollywood, con todas esas mujeres glamurosas que fumaban con boquilla, con el pelo perfecto… Yo quería ser una vamp, como ellas», recordó.
El salto de Carolina Herrera a Nueva York
María Carolina Josefina Pacanins Niño, su nombre completo, nació en Caracas en 1939. Su familia pertenecía a la alta sociedad venezolana y su entorno le permitió conocer desde muy joven algunos de los principales referentes de la moda europea.
Uno de los episodios que marcaron aquella primera aproximación al mundo de la alta costura tuvo lugar cuando tenía apenas 13 años. Acompañada por su abuela, asistió a un desfile de Cristóbal Balenciaga en París. Aquella experiencia le permitió contemplar de cerca el trabajo de uno de los diseñadores más influyentes del siglo XX.
En 1968 contrajo matrimonio con Reinaldo Herrera, marqués de Torre Casa, y comenzó a frecuentar algunos de los ambientes sociales y culturales más exclusivos de la época. Su presencia en Nueva York y su relación con personalidades del mundo del arte, la moda y el espectáculo contribuyeron a consolidar su imagen como una de las mujeres más elegantes de su generación.
Una firma que conquistó al mundo
La entrada de Carolina Herrera en la industria de la moda llegó cuando ya había superado los 40 años. Su carrera profesional no siguió el camino habitual de otros grandes diseñadores, que comienzan a desarrollar sus colecciones desde edades muy tempranas.
Una figura decisiva en aquel proceso fue Diana Vreeland, histórica editora de Vogue, que supo apreciar el sentido estético de Herrera y la animó a dar el salto al diseño profesional. En 1981 presentó su primera colección en Nueva York, un acontecimiento que supuso el nacimiento de su firma homónima.
Sus propuestas destacaban por las siluetas estructuradas, las mangas con volumen, las hombreras y una sastrería cuidada hasta el último detalle. Su manera de entender la elegancia conectó rápidamente con una clientela que buscaba prendas sofisticadas, pero también adaptadas a una mujer moderna e independiente.
La imagen personal de Carolina Herrera
A lo largo de las décadas, Carolina Herrera también construyó una imagen personal fácilmente reconocible. Su combinación de camisa blanca impecable y prendas de líneas elegantes terminó convirtiéndose en una de sus principales señas de identidad.
En febrero de 2018 presentó su último desfile como directora creativa de la firma en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Después de casi cuatro décadas al frente de las colecciones, cedió el testigo al diseñador Wes Gordon y pasó a desempeñar un papel de embajadora global de la marca.
A sus 87 años, su nombre continúa ligado a una manera muy particular de entender la moda. Una filosofía que no nació de una vocación infantil, sino de una suma de experiencias, referentes culturales y recuerdos familiares. Entre ellos permanece aquella casa de Caracas, el jardín y el jazmín que perfumaba las tardes frente a su dormitorio. Una estampa de su niñez que Carolina Herrera sigue evocando con la misma alegría con la que la recuerda.