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Yizhuo Guo, diseñadora china, ha presentado una propuesta inspirada en la naturaleza: una «bola rodante» que utiliza la fuerza del viento para dispersar semillas y contribuir a la restauración de suelos áridos. El proyecto, bautizado como «Wasteland Nomads», funciona sin baterías ni componentes electrónicos y emulando a las plantas rodantes. La iniciativa busca activar pequeños elementos móviles que se desplazan con el viento, depositando semillas y fomentando procesos biológicos.
La carcasa de la «bola rodante» es esférica y está fabricada con materiales biodegradables sensibles a la humedad. Cuando las lluvias aportan algo de humedad, la envoltura se descompone liberando las semillas y el sustrato. Este proceso también contribuye a mejorar la estructura del suelo: aumenta la oxigenación necesaria para bacterias y hongos beneficiosos, disminuye la erosión y aporta carbono orgánico a medio plazo. Aunque el efecto de cada unidad es pequeño, su acción acumulativa puede reinstaurar ciclos de nutrientes y atraer fauna menor que estabiliza la nueva cubierta vegetal. El verdadero potencial surge con la replicación masiva: desplegar miles de unidades en zonas áridas o semiáridas permite crear parches de vegetación que retienen sedimentos y humedad.
La ‘bola rodante’ que permite sembrar en tierras desérticas
La «bola rodante» está inspirada en la planta rodadora: al secarse, ésta se desprende de la raíz y rueda por el terreno impulsada por el viento, dispersando sus semillas a su paso. Guo replicó este mecanismo natural de manera artificial para aplicarlo en suelos difíciles de recuperar por métodos tradicionales. Entre los territorios que busca restaurar se incluyen Norilsk en Rusia, la zona de exclusión de Fukushima y antiguas zonas mineras abandonadas en Asia Central.
El dispositivo está fabricado con biocarbón y semillas de plantas autóctonas, ambos materiales 100 % biodegradables. El biocarbón actúa como una esponja, reteniendo agua, proporcionando una superficie para el desarrollo de microbios y fijando carbono en el suelo en lugar de liberarlo a la atmósfera. En terrenos contaminados, contribuye a restablecer el equilibrio químico. Al entrar en contacto con suelo húmedo, la bola se abre: sus ramas se extienden, presionan el terreno y facilitan la germinación de las semillas, todo sin necesidad de intervención humana. Una vez cumplida su función, la bola se degrada de manera natural.
«Estas estructuras se ramifican al alcanzar los niveles de humedad adecuados, se descomponen y generan semillas, enriquecen el suelo con oxígeno, estabilizan el carbono orgánico y actúan como catalizadores ecológicos para revitalizar la tierra mediante los propios mecanismos de la naturaleza», explica Yizhuo Guo acerca de su funcionamiento.
Diseño regenerativo y economía circular
Este tipo de planteamiento se alinea con enfoques como el diseño regenerativo o la economía circular aplicada a materiales vivos, donde el objetivo no es sólo reducir el daño, sino reconstruir los sistemas naturales desde dentro. No se trata de «instalar» soluciones externas en el territorio, sino de activar procesos ecológicos. Si estos sistemas se despliegan de forma masiva en zonas áridas o semiáridas, podrían ayudar a frenar la desertificación, favorecer la aparición de cubiertas vegetales iniciales esenciales para recuperar suelo fértil, reducir la erosión provocada por viento y lluvias intensas, activar ciclos de vida del suelo y contribuir de manera distribuida a la captura de carbono en suelos degradados.
«El sistema «Wasteland Nomad» que diseñé es un innovador sistema biomimético pasivo terrestre. Aprovecha la tecnología aerodinámica para imitar los comportamientos naturales de rodadura y dispersión de las plantas rodadoras, operando en un estado casi vivo para adaptarse y responder a su entorno. Construidas con materiales biodegradables como biocarbón y semillas de plantas autóctonas, estas estructuras se ramifican al alcanzar los niveles de humedad adecuados, se descomponen y generan semillas, enriquecen el suelo con oxígeno, estabilizan el carbono orgánico y actúan como catalizadores ecológicos para revitalizar la tierra mediante los propios mecanismos de la naturaleza», detalla la diseñadora a la University of the Arts London.
Consecuencias de la desertificación
Según Naciones Unidas, cada segundo se degrada el equivalente a cuatro campos de fútbol de tierra saludable, lo que supone 100 millones de hectáreas al año. En los últimos 30 años, el 40,6 % de la masa terrestre mundial, excluida la Antártida, se clasifica como tierras áridas, tres puntos porcentuales más que las tres décadas anteriores.
«La aridez afecta actualmente al 40,6 % de la superficie terrestre (excluyendo la Antártida), y un 77,6 % ha experimentado un incremento durante el periodo 1991-2020 en comparación al periodo climático anterior (1961-1990). Además, el informe apunta que 4,3 millones de km2 de zonas húmedas se han transformado en zonas áridas en estos últimos 30 años», señala César Azorín Molina
Investigador del Laboratorio de Clima, Atmósfera y Océanos (Climatoc-Lab) en el Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CIDE, CSIC-UV-GVA).
En España, hay 206.217 Km2 afectados por desertificación con más de un 50% de probabilidad, lo que corresponde a un 40,9% del territorio nacional y un 60,9% de las zonas áridas. El «Atlas de la Desertificación en España» (ATLAS), el 99,8% del territorio de la Región de Murcia es una zona árida en un listado donde le siguen Canarias (92,7%), Castilla La Mancha (90,5%), Baleares (85,4%) y la Comunidad Valenciana (84,4%); en el extremo opuesto se encuentran Cantabria, Galicia y Principado de Asturias, con cero kilómetros cuadrados áridos.
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