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Tras estudiar a más de 200 niños: ésta esla frase mágica que realmente les enseña inteligencia emocional

Suele ocurrirle a muchos padres que cuando un niño se enfada, se bloquea o empieza a llorar sin motivo aparente y, casi por inercia, sale la pregunta de siempre. «¿Qué pasa?». Sin embargo, esa pregunta, tan repetida en miles de hogares, no siempre abre la puerta que los adultos esperan o de hecho, no siempre ofrece una respuesta.  Durante años, la psicóloga infantil Reem Raouda, especialista en crianza consciente, ha observado esa escena desde dentro y tras estudiar a 200 niños tiene una frase que puede ayudar a calmarles pero que es además la frase que más les enseña inteligencia emocional.

Esta experta explica en un artículo para el medio CNBC que a lo largo de los años ha tratado a familias que hacen lo posible por conectar con sus hijos y niños que, aun queriendo expresarse, no encuentran las palabras. Y así, tras estudiar a más de 200 pequeños y trabajar de cerca con padres de diferentes contextos, descubrió que preguntar a los niños qué les pasa cuando tienen una rabieta, puede generar el efecto contrario: no acerca, sino que aísla. Y es que la inteligencia emocional no aparece porque se exija una explicación, sino cuando el niño siente que puede reflexionar sin presión. Y ahí es donde Raouda encontró una frase que, repetida en momentos de tensión, funciona casi siempre. Una frase sencilla, cotidiana, pero con un impacto profundo: «Dime qué se siente difícil ahora mismo».

La frase mágica que enseña inteligencia emocional a los niños

Raouda insiste en que esta frase no es un truco ni un atajo. No es un método rígido, sino una forma distinta de abrir un espacio emocional seguro. Los niños, explica, no viven sus emociones como los adultos. No analizan lo que sienten, lo experimentan. Por eso, cuando alguien les pregunta «¿qué pasa?», la exigencia de claridad puede resultar abrumadora. En cambio, «dime qué se siente difícil ahora mismo» no pide explicaciones, sino sensaciones. No presiona para justificar nada, solo invita a reflexionar. Y esa diferencia es clave.

Reduce la actitud defensiva desde el primer segundo

En momentos de rabietas, explosiones emocionales después del colegio o frustraciones repentinas, los niños ya llegan tensos. Cualquier pregunta directa puede sonar a examen, incluso cuando se hace con cariño. La palabra «difícil», según la experta, funciona como una puerta abierta: suena humana, comprensible y no amenaza su autonomía.

Al escucharla, el niño capta un mensaje claro: «no estoy en problemas, no tengo que defenderme». Y desde ahí resulta más sencillo compartir sin miedo a equivocarse.

Permite que el lenguaje emocional crezca poco a poco

Una de las ideas que Raouda repite es que los niños no necesitan poner nombre exacto a lo que sienten. Muchos no pueden. Otros no saben cómo empezar. Si se les pide precisión, se bloquean. Si se les invita a describir lo que se sintió difícil, pueden hablar de un gesto, de un ruido, de un momento que les superó. De hecho, ese pequeño relato, aunque parezca simple, es lo que con el tiempo amplía el vocabulario emocional. El niño empieza a identificar sensaciones, luego situaciones y, más adelante, emociones concretas. La comprensión llega de forma natural, sin forzarla.

Primero seguridad emocional, luego soluciones

La inteligencia emocional no se aprende cuando se resuelven los problemas, sino antes, cuando el niño siente que lo que siente importa. Esa frase transmite algo que los padres no siempre verbalizan: «puedo manejar lo que sientes». Esa base emocional es imprescindible antes de aconsejar, corregir o ayudar. Si el niño no percibe seguridad, cualquier intento de guía se vive como presión. Y ocurre algo habitual: se cierra en banda, aunque la intención del adulto sea buena.

De este modo, pedir explicaciones coloca al niño en una posición de rendir cuentas. En cambio, esta frase le da control sobre la conversación: decide qué contar, en qué orden, cuánta información ofrecer. Y esa autonomía es esencial para la autorregulación. Cuando el niño siente que su experiencia le pertenece, confía más en lo que siente y en cómo expresarlo. Eso, explica Raouda, es el inicio de la confianza emocional consigo mismo.

Normaliza las emociones como parte de la vida

Con esta frase, al centrarse en lo difícil se transmite algo muy poderoso y es que sentir no es un problema; es parte de la vida. El niño aprende que puede hablar de lo que le cuesta sin miedo, sin prisa y sin vergüenza. Y ese hábito, repetido día tras día, reduce la tendencia a reprimir emociones o esconder reacciones. Raouda señala que crecer con esta normalidad emocional protege en la adolescencia y la vida adulta: aumenta la resiliencia, mejora la comunicación y reduce la culpa asociada a sentir.

Los niños aprenden inteligencia emocional viéndola, no escuchándola

La experta lo resume de forma sencilla: los niños no aprenden cómo gestionar emociones porque se lo expliquemos, sino porque lo viven. Cuando un adulto responde con calma, curiosidad y firmeza, el niño replica esos patrones. Por eso esta frase funciona: modela inteligencia emocional en tiempo real. El adulto demuestra cómo se puede mirar una emoción sin urgencia y sin miedo. Y ese ejemplo queda grabado para siempre.