La turismofobia como síntoma de decadencia ideológica
Lo que estamos presenciando en Baleares en las ultimas semanas no es una simple protesta ni una legítima reivindicación social. Es un ataque directo y planificado contra el principal motor económico de las islas: el turismo. Quienes actúan con violencia contra comercios, edificios públicos o símbolos del sector turístico no están defendiendo a los ciudadanos, están atacando su prosperidad.
Los sabotajes llevados a cabo por grupos radicales, con pintadas, amenazas y agresiones simbólicas, son el último capítulo de una campaña turismofóbica que se ha ido radicalizando ante la pasividad, y en algunos casos la complicidad ideológica, de sectores políticos y mediáticos. La izquierda más extrema ha vuelto a cruzar la línea que separa la protesta de la intimidación. Y lo hace porque sabe que su discurso no cala en la mayoría social, así que opta por la coacción.
Quienes demonizan el turismo lo hacen desde una visión profundamente hipócrita y desconectada de la realidad. El turismo representa empleo, oportunidades y futuro para miles de familias trabajadoras. Gracias a él se sostienen nuestras infraestructuras, nuestros servicios públicos y buena parte del tejido comercial. No hay alternativa seria a corto plazo que no pase por defender, ordenar y mejorar el modelo turístico, en lugar de dinamitarlo desde el resentimiento ideológico.
Decir que el turismo es culpable de la crisis de la vivienda es una simplificación grosera que busca ocultar la incompetencia de quienes llevan años sin promover una política de vivienda pública eficaz, sin controlar la inmigración ilegal que tensiona los recursos sociales y sin garantizar el cumplimiento de la ley en el ámbito urbanístico. Convertir al turista en chivo expiatorio de todo lo que no funciona es un discurso populista y profundamente dañino.
El verdadero problema no es el turismo, sino el abandono de las políticas de orden y sentido común. Mientras unos se dedican a pintar fachadas y lanzar amenazas, nadie habla de agilizar licencias, de fomentar un urbanismo responsable o de proteger al residente sin arruinar al visitante. Es más fácil destruir que construir, pero es esa actitud destructiva la que ha hecho tanto daño en otros territorios gobernados por los mismos dogmas.
La sociedad balear no puede caer en la trampa. Debe decir alto y claro que no se tolerará más violencia disfrazada de activismo. Que el turismo debe cuidarse, sí, pero también defenderse. Y que quien ataca el turismo, ataca el pan de muchas familias humildes, no a una élite ficticia. Hay que llamar a las cosas por su nombre: esto no es una lucha social, es sabotaje ideológico.
Es imprescindible que las autoridades actúen con firmeza. Que se identifique y sancione a los autores de los actos vandálicos y que se retire cualquier tipo de apoyo institucional a las plataformas que los jalean o justifican. No se puede construir una sociedad próspera sobre la base del odio, ni permitir que la radicalidad imponga su discurso a la mayoría silenciosa.
El turismo, bien gestionado, es una bendición, no una maldición. Quien lo ataca demuestra desprecio por la realidad económica de las Islas y una desconexión total con el sentir de la mayoría. Ante el ruido de los antisistema, toca levantar la voz de quienes trabajan, emprenden, acogen y quieren vivir en paz. Porque no hay nada más revolucionario hoy que defender el sentido común.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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