Festival de Pollença: inmenso el surcoreano Seong-Jin Cho y su recorrido extremo por la danza a través del piano
La presencia de Jin Cho estaba, por encima de todo, para sublimar el momento con su enorme talento y virtuosismo
El Ayuntamiento de Pollença ha querido dedicar la 65 edición del Festival Internacional de Música Clásica a la reproducción de los principales ítems que históricamente han venido caracterizando los contenidos del ciclo. En este sentido, el 19 de agosto se reservaba al recital de piano, solo que está en la gestación misma de este ciclo de cámara, desde el instante en que el año 1962 su fundador y director artístico, Philip Newman, se empeñó en comprar por suscripción popular un piano de cola de segunda mano, localizado en Suiza. Empeño que llegó a buen puerto y, si no me falla la memoria, fue en el Club Pollença donde tuvo lugar la presentación. A partir de entonces, la inmensa nómina de intérpretes está recogida en el historial del Festival.
El 19 de agosto teníamos cita con un inmenso Seong-Jin Cho, el pianista de Corea del Sur que en la actualidad se mueve en la élite mundial, avalado en primer lugar por ganar en 2015 el primer premio del Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin de Varsovia, en absoluto un asunto menor, y que llegaba a Pollença habiendo sido la pasada temporada artista residente de la Orquesta Filarmónica de Berlín y, en la 2025-2026, protagonista de la serie Artist Portrait de la London Symphony. Su recital de Pollença era único en España, a la espera de que en octubre se presente, en días consecutivos, en el Auditorio Nacional de Madrid y el Auditori de Barcelona.
El aclamado estilo de Seong-Jin Cho destaca por combinar dominio técnico absoluto con una gran sensibilidad poética y nítida claridad en las texturas sonoras. Unas calidades soberbias a sus 32 años que elevan al espectador a niveles de íntima complacencia. En la visita al claustro de Sant Domingo, la manera elegida para presentarse ante el público del Festival era potente, pero también un recorrido extremo por la danza a través del piano. Recital de contrastes elevado a un tratado sobre el proceso de transformación de la danza durante dos siglos, en concreto entre 1726 y 1924.
¿Qué aguardaba en el claustro de Sant Domingo? Pues, un riguroso ensayo sobre la arquitectura del teclado a lo largo de dos siglos, los que van entre la Partita nº 1 de J. S. Bach (1726) y la Suite de piano op 25 de Arnold Schönberg (1924), dejándole espacio asimismo a ejemplos de la literatura romántica para piano solo, muy en especial la integral de los Valses que Chopin compuso a lo largo de su vida, transformando una danza de salón en piezas de concierto, con la particularidad en este caso de que sentado ante el piano estaba Seong-Jin Cho, cuyo territorio natural es Chopin a la hora de ejercer su magisterio indiscutible desde su consagración en Varsovia, y de hecho la segunda parte del recital con el monográfico Chopin fue la que fascinó al público, al asistir a una lección de autoridad técnica y deliciosa sensibilidad.
En el conjunto del programa asistimos al ejercicio de diálogo entre tradición y metamorfosis, tomando como referentes «el fundamento de la literatura barroca para teclado (Partita nº 1), y su reinvención como tal suite barroca desde la perspectiva de la modernidad» (suite para piano de Schönberg), como nos relata Antoni Pizà en las notas al programa. Era la primera obra de Schönberg en que, «para aportar coherencia a la suite», aplicaba su método matemático dodecafónico.
En definitiva, el recorrido de Bach a Schönberg, interpretado con brío por Seong-Jin Cho, venía a equiparar el orden contrapuntístico clásico con la matemática serial moderna en un riguroso ensayo que cabe imaginar se le hacía cuesta arriba a una parte minúscula del público, que abandonó el claustro en el intermedio. Recomiendo la lectura detenida de las notas de Antoni Pizà, para entender correctamente la trascendencia de una propuesta que venía garantizada por la presencia carismática del pianista surcoreano.
Tanto el Carnaval de Viena de Schumann como los valses de Chopin, en realidad, venían a jugar un papel secundario en este duelo de titanes entre el Barroco y la Atonalidad. Aunque no me cabe la menor duda de que la presencia de Jin Cho estaba, por encima de todo, para sublimar el momento con su enorme talento y virtuosismo, fuera cual fuera el programa, aunque en esta ocasión el público deseaba participar de su magisterio poético.
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