En el primer festival de jazz de la historia de Riad: «En Arabia Saudí se acabó usar el Islam para controlarnos»
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«Tú no estabas aquí, no lo puedes entender». Salman es un joven treintañero de Riad. «Esta ciudad siempre ha sido más dura de vivir que las del oeste. En Yedda sí puedes encontrar algo así, pero hace sólo meses esto era inimaginable aquí». ¿Te emocionas? «Sí, mucho».
Estamos en el primer festival de jazz de la historia de Riad, la capital de Arabia Saudí, corazón del Islam, custodio de los Santos Lugares y dictadura medieval hasta hace nada. «Mira, los conservadores radicales estaban en contra de todo», cuenta Salman, «pero ahora son los primeros pegados al escenario».
En realidad, tampoco es eso, pegados a las tablas hay decenas de chicos vestidos al modo tradicional, con la túnica blanca, el pañuelo en rojo tocado con los cordones negros. Pero también otros en vaqueros, gorra, camiseta… Y eso que en Riad aún no se pueden hacer muchas cosas, entre ellas ni fumar shisha, una de las ‘tradiciones’ árabes que más fácilmente hemos adoptado en occidente, por lo divertido y social que tiene una reunión alrededor de una pipa de agua. «A 15 o 30 kilómetros de la ciudad sí puedes encontrar locales para fumar», sonríe Salman, «a mí me encanta… por suerte, esta semana anunciarán que ya por fin se podrá».
Ésa es una de las cosas que están pasando en Arabia Saudí en estos últimos tiempos… en realidad sólo meses. «Es la primera vez de casi todo», comenta un funcionario del Ministerio de Información, que también disfruta del festival. «Cada día, es la primera vez de una cosa, es excitante estar aquí y ahora, estamos haciendo historia, viviéndola en directo».
Aunque es verdad que será otra cosa que alguien se decida a abrir el garito donde poner las pipas que atraigan el negocio. Porque las calles de Riad, salvo pequeñas excepciones, son una sucesión de tiendas de coches, fotografías del rey y el príncipe heredero, tiendas de alfombras, fotografías del rey y del príncipe heredero, centros comerciales enormes, y fotografías del príncipe heredero y el rey.
¿Bares? Ni uno. ¿Restaurantes? Poquísimos. El ocio es, era, algo proscrito en esta ciudad, y en todo el país, hasta hace poco.
«Hace dos años, la música estaba prohibida. Sí, como suena. ¡Prohibida!», dice indignado el treintañero saudí. «Se podía tocar el tambor, pero no la guitarra. Tam tam, sí. Ding ding, no. ¿Por qué? Porque el Profeta hace 1.500 años tenía tambores, pero no guitarras, ¿te lo puedes creer? Es estúpido».
A Salman se le encharcan los ojos cuando escucha el solo del bajo, las trompetas que lo siguen, y el trombón o la Stratocaster eléctrica en el escenario. «Mira, los religiosos nos querían controlar, nos controlaban con esas normas absurdas, usaban el Islam para su interés», explica, verdaderamente molesto, «pero no pueden detener los cambios, este país evoluciona… no hay más que ver esto», y señala el recinto.
El festival, que cerrará esta noche un combo de Nueva Orleans liderado por Delfeayo Marsalis, se celebra en el campo de golf del Hotel Intercontinental de Riad, uno de los enormes complejos levantados al calor del negocio del petróleo. Habitual destino de grandes ejecutivos de compañías internacionales y actualmente base de operaciones de quienes están acercándose al país al olor de las reformas, que abrirán cientos de oportunidades de inversión en los sectores del entretenimiento, el ocio, las artes, la restauración, la cultura…
Es cierto que frente al escenario unas vallas de obra en doble riel separan a hombres de mujeres. Es cierto que en las pantallas gigantes se proyectan imágenes de la banda y del sector masculino del público, nunca del femenino. Pero también es verdad que más atrás se encuentra la zona mixta, con palés de obra apilados bajo colchonetas donde sentarse y tomar algo. Nunca alcohol, está claro, pero los puestecillos que rodean el recinto ofrecen comida americana, mojitos ‘cero cero’, fundas de móvil, cuadros pintados por artistas locales con Audrey Hepburn de protagonista, y kebabs.
«¿Qué pensaban? ¿Que por hacer conciertos las chicas y los chicos se empezarían a toquetear y a follar unos con otros por ahí? ¡Mira! La gente es más sensata que ellos», comenta divertido Salman.
Termina la actuación del combo. Vienen de Londres, pero tienen miembros de medio mundo. Las chicas saltan, ellos aplauden, todos gritan y graban con sus móviles. Los niños ríen de la mano de sus padres, y Salman asiente cuando el cantante, al despedirse, desea que «el lenguaje de la música, que es el lenguaje universal» los vuelva a traer a «esta magnífica ciudad que está viviendo un momento histórico» para que sus habitantes disfruten de «más festivales como éste». La ovación es enorme. «Lo merecéis», termina el líder de la banda, y Salman sonríe, coge de la mano a su mujer, y se encamina a por algo que cenar.
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