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Cuando a cumplir con su trabajo la izquierda radical le llama «tortura»

Cinco mujeres pertenecientes a un grupo anarco-independentista (activistas, las llaman algunos) se han querellado contra un policía infiltrado con el que mantuvieron relaciones sexuales consentidas, al que acusan ahora de un «delito de tortura por atentar de manera directa contra su integridad moral» con la finalidad de «conseguir información» y «castigarlas por su implicación política». Que la izquierda radical y el separatismo hayan puesto en la diana al agente y acusado al Estado de una suerte de agresión sexual por vía interpuesta es la constatación de hasta qué punto las cabezas de algunos han perdido el oremus. El colmo es que se arroguen la condición de víctimas de torturas por el hecho de que el policía no revelara su condición de miembro de las Fuerzas y Cuerpos de de Seguridad del Estado, después de que mantuvieran con él relaciones sexuales consentidas. Todo es delirante. ¿Y si hubiera sido una mujer policía la que se hubiera infiltrado y hubiera mantenido relaciones sexuales? ¿Dirían lo mismo? Hemos llegado a un punto en el que el sectarismo ha alcanzado cotas surrealistas. Estamos ante el paroxismo del absurdo, porque el espionaje es más viejo que el mundo.

Medios independentistas han colocado en la diana al policía infiltrado un señalamiento indecoroso que debería llevar al ministro a salir en su defensa, porque su comportamiento fue impecable desde un punto de vista profesional. Pues claro que su objetivo era conseguir información. Ese es su trabajo. Que la izquierda radical y los separatistas hayan salido en tromba a acusar al policía de torturas y daños morales no sólo rezuma hipocresía por los cuatro costados, sino también un grado de odio tan extremo que han sido capaces de criminalizar a un agente por el simple hecho de cumplir con su obligación. Lo ocurrido es la prueba del nueve de que en este caso los daños morales y las torturas que dicen sufrir las cinco mujeres no son consecuencia de haber mantenido relaciones sexuales consentidas, sino de haber mantenido relaciones sexuales consentidas con alguien que resultó ser un policía. La apoteosis del cinismo.