El ordenador del trabajo no es tuyo, y esto es lo que no deberías hacer nunca en él
Volver de vacaciones y encender el ordenador del trabajo sin pensar en estas normas puede salir caro
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Después de un mes desconectado, volver a encender el ordenador del trabajo tiene algo de rutina automática. Se abre el correo, se recupera la sesión de siempre y, sin pensarlo demasiado, se retoman también costumbres que llevaban meses sin cuestionarse. El problema es que ese equipo no es de quien lo usa cada día, sino de la empresa que lo ha comprado y lo ha entregado con unas normas de uso que casi nadie relee.
La ley española en el artículo 87 de la Ley Orgánica de Protección de Datos y Garantía de los Derechos Digitales reconoce que los empleados tienen derecho a la intimidad en el uso de los dispositivos digitales, pero solo dentro de los márgenes que la empresa haya fijado por escrito y comunicado a la plantilla.
Un disco duro que no admite vida privada
Guardar en el ordenador de la oficina las fotos de las vacaciones, la declaración de la renta o las contraseñas del banco parece inofensivo, pero convierte un archivo personal en un dato al alcance del departamento de informática. Lo mismo ocurre con el correo particular abierto en el navegador de trabajo o con una cuenta de Gmail que queda con la sesión iniciada durante meses.
Cuanto más se mezclan ambos mundos, más difícil resulta después demostrar qué parte de ese disco duro era realmente privada. Los tribunales han avalado despidos basados en el contenido de ordenadores corporativos precisamente porque el empleado no podía alegar una expectativa de intimidad sobre un equipo que la empresa había advertido que supervisaría.
Cada aplicación instalada dice algo de quien la instala
Descargar un cliente de torrents, una VPN gratuita o una aplicación de apuestas en un ordenador gestionado por el departamento de IT suele dejar rastro, aunque no se note en el momento. Muchas empresas usan herramientas de gestión de dispositivos que registran qué software se instala y qué páginas se visitan con más frecuencia.
No hace falta que exista mala intención para meterse en un lío. Basta con que ese programa abra una puerta de seguridad que el antivirus corporativo no controla, algo que en los departamentos de IT se toma mucho más en serio que la propia productividad perdida.
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Dejar la sesión abierta al ir a por un café, aplazar una actualización de seguridad o conectar un disco USB personal sin pasarlo antes por un antivirus son gestos pequeños que en la vuelta de vacaciones se repiten con más frecuencia de la habitual. El motivo suele ser simple, la cabeza todavía está en otro sitio.
Ese despiste tiene consecuencias que van más allá de un tirón de orejas. Un ordenador sin actualizar es la puerta de entrada más habitual para el malware, y una sesión abierta en un espacio compartido puede exponer datos de clientes o proyectos que nada tienen que ver con quien cometió el descuido.
Reenviar un archivo al correo personal, el error que parece un favor
Enviarse un documento de trabajo al correo personal para terminarlo desde casa, o sincronizarlo con una cuenta particular de Google Drive o iCloud, es de las costumbres más extendidas y de las que más problemas puede generar. Ese archivo sale del control de la empresa en el momento en que llega a un servidor que no es el suyo.
Si el documento contiene datos de clientes, cifras económicas o información confidencial, ese simple reenvío puede constituir una fuga de datos con consecuencias legales para la empresa y, dependiendo del contrato, también para quien lo ha hecho. La comodidad de trabajar desde el portátil personal no compensa el riesgo.
El ordenador del trabajo seguirá pareciendo una herramienta más de la oficina, pero legalmente funciona como una propiedad ajena con reglas propias. Repasar la política de uso de dispositivos antes de retomar la rutina, aunque solo sean cinco minutos, evita sorpresas que no tienen nada que ver con el trabajo en sí.
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