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La psicología dice que las personas que se quedan dormidas en el sofá no sólo están cansadas: están buscando desconectar mentalmente

Quedarse dormido en el sofá de manera habitual es algo que le ocurre a muchas personas y casi siempre, se relaciona con el cansancio físico acumulado durante el día. Sin embargo, en algunos casos, este comportamiento aparece cuando una persona necesita prolongar durante un tiempo la distancia entre sus obligaciones y el momento de acostarse. Por ello puede que tras una larga jornada fuera de casa, quieras alargar el momento de ver la televisión, consultar el teléfono, o leer un libro con el fin de desconectar y reducir la atención que se presta a los problemas pendientes. El sueño llega entonces sin que haya tomado la decisión expresa de irse a dormir, lo que convierte el sofá explica la psicología, en una especie de pausa mental antes de dar por terminada la jornada.

No todas las personas que se quedan dormidas en el sofá lo hacen por el mismo motivo. En ocasiones, la explicación está simplemente en haber dormido poco la noche anterior, mantener horarios irregulares o llegar al final del día con un cansancio difícil de controlar. Pero cuando siempre te pasa puede indicar que cuesta bajar el ritmo después de varias horas de actividad.  La psicología explica que incluso es algo frecuente entre quienes afrontan jornadas exigentes y sienten que no han tenido ningún momento propio durante el día. De este modo, en lugar de acostarse en cuanto aparece el sueño, intentan aprovechar las últimas horas de la noche para ver una serie, navegar por internet o simplemente no hacer nada. El problema es que ese tiempo de desconexión acaba prolongándose y la persona se duerme sin haber realizado una transición adecuada hacia el descanso. No se trata necesariamente de un trastorno psicológico, pero sí de una conducta que puede estar relacionada con el estrés y con la dificultad para establecer límites entre las responsabilidades y el tiempo personal.

La psicología dice que las personas que se quedan dormidas en el sofá no sólo están cansadas

Para muchas personas, sentarse en el sofá es la primera oportunidad del día para no tener que estar pendientes de nada. Puede que se dispongan a ver una serie, o a estar leyendo, o escuchando música, pero el cansancio acumulado termina imponiéndose. Es decir, que a la persona le cuesta renunciar a ese pequeño espacio de tiempo libre e irse a dormir sabiendo que la mañana siguiente traerá nuevas obligaciones, aunque se acabe durmiendo. Y cuando esta situación se repite, puede hablarse de procrastinación del sueño, es decir, del retraso de la hora de acostarse sin que exista una necesidad real de seguir despierto.

El sonido de la televisión cumple además una función importante para algunas personas, porque les permite distraerse sin tener que concentrarse demasiadoy apartar temporalmente aquello que ha generado tensión durante el día. La diferencia se nota al llegar al dormitorio: se apaga la pantalla, desaparecen las voces y quedan menos elementos capaces de desviar la atención. En ese momento pueden regresar a la mente cuestiones laborales, preocupaciones familiares o tareas todavía sin resolver. Permanecer en el sofá alarga esa pausa mental y explica que el sueño llegue allí antes de que la persona decida levantarse para acostarse.

El estrés dificulta que la mente reduzca su actividad

Esto pasa porque el cansancio físico y el mental no siempre avanzan al mismo ritmo. Podemos tener sueño, pero a la vez, seguir en un estado de alerta provocado por los asuntos que se deben resolver. Por ello es normal lo antes planteado, que nos durmamos viendo la televisión, pero que volvamos a estar despejados al levantarnos e irnos a la cama. El traslado, la luz del baño o la necesidad de preparar el dormitorio interrumpen la somnolencia, mientras que la ausencia del ruido de fondo facilita que regresen las preocupaciones. Como resultado, el descanso se retrasa o se vuelve más fragmentado.

No obstante, quedarse dormido en el sofá no permite concluir por sí solo que alguien tenga ansiedad, insatisfacción personal o miedo a la soledad. Estas explicaciones requieren conocer el contexto individual y no pueden aplicarse como si fueran rasgos compartidos por todas las personas que mantienen este hábito. La frecuencia, la calidad del descanso y las sensaciones que aparecen al ir a la cama ofrecen información más relevante. Si una persona evita sistemáticamente el dormitorio porque el silencio le genera malestar o porque no consigue frenar pensamientos repetitivos, podría ser conveniente analizar qué está dificultando esa desconexión.

Las consecuencias de convertirlo en una costumbre diaria

Dormirse en el sofá de manera ocasional no representa, en principio, un problema importante. Las consecuencias aparecen cuando ocurre casi todas las noches y obliga a interrumpir el sueño para trasladarse posteriormente a la cama. Ese despertar puede dificultar que la persona vuelva a alcanzar un descanso profundo, especialmente si aprovecha para mirar el teléfono o realizar alguna tarea antes de acostarse. A ello se añade que el sofá no ofrece el mismo apoyo que un colchón y puede favorecer molestias en la espalda, el cuello o las articulaciones al mantener durante horas una postura poco natural.

Cambiar este hábito no exige transformar por completo la rutina, pero sí adelantarse al momento en el que el cansancio acaba venciendo. Si una persona suele quedarse dormida delante del televisor, puede apagarlo un poco antes y trasladarse a la cama en cuanto empiece a notar sueño, además de intentar respetar unos horarios parecidos cada noche. Dejar anotado lo que queda pendiente para el día siguiente también evita seguir dándole vueltas al acostarse. Y será bueno consultar con un médico si el sueño aparece de forma incontrolable, el descanso no permite recuperar fuerzas o dormir involuntariamente en el sofá se convierte en algo cotidiano, ya que detrás podría encontrarse una falta continuada de descanso, insomnio o algún problema respiratorio que interrumpa el sueño durante la noche.