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San Agustín, filósofo y teólogo: «La medida del amor es amar sin medida»

Entre los grandes santos pensadores de la Iglesia Católica, encontramos la figura de San Agustín, filósofo y teólogo.

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Discutir a San Agustín equivale a comentar una figura cuya importancia nunca se vea desfasada con el paso de los siglos. La causa no radica solo en su posición dentro del cristianismo; es porque las incógnitas que influyeron en su vida siguen siendo aquellas con las que uno puede confrontarse hoy mismo. ¿Qué constituye la verdadera felicidad? ¿Cómo vivir con el dolor? ¿Por qué el bien se resiste a hacerse habitualmente? ¿En qué modo actúa el amor en todo eso?

Algunas oraciones más utilizadas al hablar de él ya son, prácticamente, consignas: “la medida del amor es amar sin medida”.

Su historia personal

La historia personal de San Agustín es una gran parte de las ideas que desarrolló. Nació en Tagaste, un lugar cercano al norte de África, en el año 354 dentro del antiguo Imperio romano. Su mente brillante y su habilidad para la retórica lo hacían destacar desde muy temprana edad. Esta época, no obstante, tuvo un principio de recorrido algo desviado. En su juventud, Agustín se dedicó a buscar respuestas en diversos sistemas filosóficos e inició un camino hacia la fe cristiana.

Los especialistas recuerdan que no existe un consenso absoluto sobre que esa formulación exacta saliera de su pluma y algunos estudios la atribuyen a Bernardo de Claraval. Aun así, pocos dudan de que resume bastante bien el núcleo del pensamiento agustiniano. Su obra está llena de reflexiones donde el amor aparece como la fuerza que orienta toda la existencia y da sentido a las decisiones humanas.

Quizá por eso esa idea continúa citándose tantos siglos después. Más allá de quién pronunciara exactamente esas palabras, expresan una forma de entender la vida que sigue despertando interés.

Un pensador que transformó la filosofía

Probó caminos distintos, cambió de ciudad, ejerció como profesor y vivió un intenso proceso de búsqueda intelectual que acabaría marcando toda su obra.

Esa experiencia tiene mucho que ver con el atractivo que todavía conservan sus escritos. No escribe como alguien que nunca ha dudado. Al contrario. En sus páginas aparecen las contradicciones, las inquietudes y las preguntas de quien ha pasado buena parte de su vida intentando comprender el sentido de las cosas.

Obras como «Confesiones» siguen sorprendiendo porque mezclan autobiografía, reflexión filosófica y espiritualidad con una naturalidad poco habitual para su época. El lector no encuentra únicamente argumentos, sino también una voz que reconoce sus errores, sus vacilaciones y sus aprendizajes.

Su influencia fue enorme. Logró integrar buena parte del pensamiento clásico, especialmente el de Platón y el neoplatonismo, dentro de la tradición cristiana. Aquella síntesis marcaría durante siglos la filosofía medieval y dejaría una huella profunda en la cultura occidental.

Qué significa amar sin medida

A primera vista, la expresión «amar sin medida» podría entenderse como una invitación a dejarse llevar por las emociones sin ningún tipo de límite. Basta profundizar un poco en el pensamiento de San Agustín para descubrir que la idea iba en otra dirección.

Para él, amar no consistía simplemente en sentir afecto. El amor era el motor de toda la vida humana. Cada decisión, cada elección importante y cada proyecto terminaban reflejando aquello que una persona colocaba en el centro de su existencia.

Precisamente por eso hablaba con frecuencia del orden del amor. No todos los afectos tienen el mismo peso ni todas las prioridades conducen al mismo destino. Significa no convertir el amor en una operación de intercambio donde cada gesto espera una compensación inmediata.

Si el amor auténtico guía realmente las acciones, difícilmente esas decisiones buscarán perjudicar a los demás. El verdadero amor, según San Agustín, orienta naturalmente hacia el bien.

Una visión que va mucho más allá del romanticismo

El término amor está hoy vinculado prácticamente automáticamente con los vínculos románticos. En el libro de San Agustín se le asigna un rango más amplio.

Amor aparece no solo en las relaciones de pareja sino también en la amistad, en la relación entre padres e hijos, en la asistencia a quien la necesita y en la búsqueda de Dios. Muestra acciones pequeñas del día a día y decisiones que, aunque pasen inadvertidas, acaban conformando el carácter de una persona.

Esta perspectiva evita reducir el amor a un estado momentáneo de emoción. Los sentimientos se modifican, fluctúan y suelen ocultarse por un momento de la vida. Lo que permanece son los deseos de favorecer al otro, incluso si esto significa realizar esfuerzos, ser pacientes o sacrificar algo.

El amor como elección

Quizá ahí reside uno de los aspectos más actuales de su pensamiento. Frente a una idea del amor basada exclusivamente en la intensidad de las emociones, San Agustín propone entenderlo como una elección constante que se fortalece con el tiempo.

No habla de perfección ni de personas incapaces de equivocarse. Habla de una orientación de vida. De un modo de actuar que intenta colocar el bien por delante del interés inmediato.

Un legado que sigue inspirando

El amor, comprendido como una devoción voluntaria dirigida hacia lo bueno, no se puede considerar simplemente como un cálculo personal para beneficiarse o como una relación basada en la reciprocidad. Es una acción que cambia cómo uno entabla relaciones con otros y también cómo percibe la propia vida.