Jesucristo, según el Evangelio de Mateo: «Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios»
Las palabras de Jesucristo nos han llegado a la historia posterior a través de los Evangelios. Es el caso del Evangelio de Mateo.
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Las bienaventuranzas que recoge el Evangelio de Mateo suelen sonar sencillas hasta que uno examina cuidadosamente sus palabras: «¡Bendecidos sean los que trabajan por la paz! Porque los llamaremos hijos de Dios» (Mateo 5,9). Jesús no está hablando sólo de las personas pacíficas que evitan las controversias, o las que desean no entrar en conflictos, sino de aquellos que luchan por la paz. Trabajar implica sacrificio, voluntad y generalmente asumir cierta incomodidad.
El conocido Sermón de la Montaña
La cita es un versículo del Sermón de la Montaña del evangelio según Mateo. El apóstol presenta aquí un modo de entender la vida que rompe muchos esquemas. Dice que los bienaventurados son: los desvalidos espiritualmente, los misericordiosos, aquellos con buen corazón, los con hambre de justicia y sede de justicia. No habla exactamente de las personas con todo resuelto. Sus palabras apuntan a una nueva idea de grandezas.
Esta paz que Jesús menciona no significa solo evitar conflictos; puede interpretarse como algo más allá de eso. Cuando consideramos a una persona tranquila, imaginamos a una persona que evita todo debate, habla con suavidad, intenta mantenerse lejos de trifulcas.
Pero esa imagen se queda corta. Hay silencios que conservan la paz y otros que únicamente esconden el conflicto debajo de la alfombra.
El concepto de paz
Una familia puede aparentemente vivir sin discusiones mientras mantiene resentimientos durante años. Dos compañeros pueden tratarse educadamente y, al mismo tiempo, perjudicarse en cuanto tienen oportunidad. Incluso una sociedad puede parecer tranquila porque nadie se atreve a denunciar determinadas injusticias.
Eso no es necesariamente paz. La tradición bíblica utiliza una idea mucho más rica. La paz está relacionada con la plenitud, la justicia, la reconciliación y unas relaciones humanas correctamente ordenadas. No basta con que no haya violencia. Tiene que existir también una voluntad de reparar aquello que separa a las personas.
Por eso resulta significativo que Jesús hable de quienes hacen o construyen la paz. Hay una acción detrás.
Trabajar por la paz exige algo más que buenas intenciones
Construir la paz puede empezar por algo tan cotidiano como frenar una conversación que está convirtiéndose en un intercambio de reproches. También puede significar reconocer un error antes de exigir que lo reconozca el otro. A veces consiste en escuchar una versión de los hechos que incomoda porque obliga a revisar la propia.
No siempre tiene un aspecto heroico. Muchas veces ocurre alrededor de una mesa, en una conversación entre hermanos, en el trabajo o dentro de una pareja. Hay conflictos que se vuelven enormes simplemente porque nadie quiere pronunciar primero una frase tan sencilla como «en esto me equivoqué».
Jesús sitúa precisamente ahí una actitud profundamente cristiana. Quien trabaja por la paz no necesita ganar todas las discusiones. Tampoco confunde reconciliar con dar automáticamente la razón al otro. Puede defender con firmeza aquello que considera justo y, aun así, negarse a convertir al contrario en enemigo.
Esa diferencia importa.
La paz tampoco significa aceptar cualquier cosa
Existe una interpretación demasiado cómoda de esta bienaventuranza: pensar que ser pacificador significa callar siempre, ceder continuamente o soportar una injusticia para evitar problemas. El propio Evangelio no permite entenderlo así.
Jesús no rehuyó los conflictos cuando estaban en juego cuestiones que consideraba esenciales. Criticó la hipocresía, denunció comportamientos injustos y llegó a enfrentarse abiertamente con quienes utilizaban la religión para imponer cargas a los demás.
La paz cristiana, por tanto, no puede construirse sobre la mentira.
A veces habrá que decir que algo está mal. Habrá situaciones en las que sea necesario poner límites. Perdonar tampoco significa permitir indefinidamente que alguien siga haciendo daño. La reconciliación verdadera necesita verdad; de lo contrario puede convertirse en una simple apariencia.
Este matiz hace que la bienaventuranza resulte bastante más exigente. Es relativamente fácil mantenerse lejos de los conflictos. Mucho más difícil es entrar en ellos sin alimentar el odio.
Serán llamados hijos de Dios
La segunda parte de la frase contiene quizá su afirmación más profunda: quienes trabajan por la paz «serán llamados hijos de Dios».
En el lenguaje bíblico, ser llamado hijo de alguien no se limita a expresar parentesco. También puede indicar semejanza. El hijo refleja, de algún modo, los rasgos del padre. Jesús estaría señalando así que quien reconcilia, perdona y trata de restaurar relaciones dañadas está haciendo visible una forma de actuar propia de Dios.
Esto conecta con una idea que atraviesa el cristianismo desde sus comienzos. Dios no aparece únicamente como alguien que exige reconciliación entre los seres humanos, sino como quien toma la iniciativa para reconciliarse con ellos.
El pacificador imita ese movimiento. No espera necesariamente a que todos los demás cambien primero. Da un paso, abre una posibilidad, intenta romper una cadena de hostilidad que podría continuar durante mucho tiempo.
Y eso requiere valor. Porque hacer la paz no consiste únicamente en vivir sin enemigos. En ocasiones empieza por algo más complicado: negarse a tratar como enemigo a quien tenemos enfrente.
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