Putin monta un desfile de la victoria sin tanques

Putin, Moscú, Rusia
  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

Un desfile sin tanques es como un jardín sin flores. Y es lo que ha ocurrido en Moscú el 9 de mayo. El Desfile de la Victoria de este año ha sido tan desangelado que no han circulado ni tanques ni misiles, y apenas ha habido invitados extranjeros. Y esta no pequeña victoria propagandística corresponde a los ucranianos.

Los 9 de mayo, la URSS celebraba la victoria sobre el III Reich nacionalsocialista, que costó unos veintiséis millones de vidas (en parte, por la estrategia despiadada con su propio pueblo empleada por los comunistas). La festividad pasó a la Federación Rusa y los gobiernos poscomunistas la convirtieron en la principal fiesta nacional, como símbolo de la unión de todos los rusos en torno a una gesta, cuyos últimos supervivientes aún vivían.

En 1995, cincuentenario de la derrota de Alemania, acudieron a la Plaza Roja invitados por Borís Yeltsin casi sesenta líderes mundiales. Entre ellos, los presidentes de EEUU, China, Francia y Ucrania, los primeros ministros español, británico, israelí y japonés, el canciller alemán y los secretarios generales de la ONU y de la OTAN.

En 2015, los gobernantes occidentales no fueron debido a la intervención en Ucrania y la ocupación de Crimea. A pesar de ese boicot, los rusos mostraron en el desfile el tanque T-14 Armata, con una torre armada controlada a control remoto y una cabina reforzada para la tripulación, y los RS-24 Yars, misiles balísticos intercontinentales con capacidad para tres ojivas nucleares.
Desde que comenzó la «operación militar especial» en Ucrania, a la tribuna de autoridades suben sólo los más firmes aliados de Putin, como Aleksandr Lukashenko, que gobierna Bielorrusia desde 1994, los presidentes de Laos y de Uzbekistán y los dirigentes de los estados títeres separados de Georgia y Ucrania.

Sin embargo, en 2025 Putin contó con la compañía del dictador chino Xi Jinping y el presidente brasileño, el socialista Lula da Silva, ambos socios en los BRICS y, en el caso de China, además suministrador de material militar. Algunos pensaron que, habiendo iniciado Donald Trump su segundo mandato ese año, se acercaba una paz a costa de los ucranianos.

Pero la guerra continúa. Y aunque los frentes están paralizados y en ellos siguen muriendo cientos de militares y civiles cada mes, los ucranianos han logrado dos victorias en este último año. La primera es seguir resistiendo, con la ayuda de Estados Unidos y la UE, que ha aprobado un nuevo paquete de ayudas por importe de 90.000 millones de euros.

Y la segunda, haber adquirido una maestría en la construcción y el manejo de drones que les permite, además de atacar unidades enemigas en el frente y detrás de las líneas, destruir la infraestructura económica vital para que Moscú mantenga su esfuerzo militar. En los últimos meses, los drones ucranianos han bombardeado varias refinerías y terminales de carga en puntos tan lejanos como el golfo de Finlandia, en el Báltico, con lo que han reducido las exportaciones rusas de crudo y gas natural. Oleadas de esos drones también rondan los aeropuertos y el espacio aéreo de Moscú y San Petersburgo.

Aunque Putin y Zelenski hayan acordado, con la mediación de Trump, una tregua de tres días entre el 9 y el 11 de mayo, junto con el intercambio de un millar de prisioneros por cada bando, precisamente el miedo a ataques aéreos llevó a modificar «por seguridad» el desfile y a bloquear en la capital el acceso a internet móvil y a los servicios de mensajería de texto.

Por primera vez en casi veinte años no han aparecido tanques, que, según el Gobierno, están en Ucrania, ni otro armamento pasado. Se mantuvo el desfile aéreo. El momento más espectacular de la ceremonia, que duró cuarenta y cinco minutos, fue el paso de las unidades de Corea del Norte, vestidas con uniformes de estilo soviético. Moscú ya reconoció, después de que sus propagandistas en Occidente lo negaran, que hay tropas de este régimen combatiendo en Ucrania desde el verano de 2024. La BBC ha calculado que el dictador norcoreano, Kim Jong-un, ha enviado 11.000 soldados, de los que podrían haber muerto unos 2.300.

En un corto discurso, Putin dijo que «la victoria siempre ha sido y siempre será nuestra». Y añadió que «la clave del éxito reside en nuestra fortaleza moral, nuestro coraje y valentía, nuestra unidad y nuestra capacidad para resistir cualquier adversidad y superar cualquier desafío». Por supuesto, quedó sin explicación por qué entonces esa victoria se retrasa tanto.

Stalin fue un maestro de la diplomacia y un pragmático. Con el pacto que firmó en agosto de 1939 con Adolf Hitler, dirigió la guerra hacia Occidente y ocupó parte de Europa Oriental. Y cuando su aliado le atacó, supo obtener enormes ventajas a costa del sacrificio de millones de sus súbditos. No sólo recuperó los territorios que le concedió Hitler, sino que se apoderó de Berlín y de la Polonia por cuya libertad las democracias fueron a la guerra. Pero sabía que las guerras se libran para ganarlas en un plazo lo más breve posible. Por tanto, a pesar de sus convicciones a favor de una revolución socialista de ámbito mundial, aceptó dar marcha atrás en crisis y conflictos que él había provocado, como la invasión de España (Operación Reconquista y el maquis), la ocupación del Azerbaiyán iraní (1946) y el bloqueo de Berlín (1948).

Putin, quien ha declarado varias veces que considera el derrumbe de la URSS, en la que él nació en 1952, como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX» para los rusos, al quedar millones de ellos en territorios convertidos en países extranjeros, no ha aprendido de Stalin esa habilidad para zanjar su guerra, que dura ya cuatro años.

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