Opinión

El Papa y Bad Bunny: dos maneras de prometer el cielo

  • Carla de la Lá
  • Escritora, periodista y profesora de la Universidad San Pablo CEU. Directora de la agencia Globe Comunicación en Madrid. Escribo sobre política y estilo de vida.

Madrid, junio 2026. A un lado aterriza el Papa León XIV, con su despliegue de buenas intenciones, oraciones y reconciliación. Al otro, san Benito Antonio Martínez Ocasio (Bad Bunny), el boricua más rentable del planeta, con diez noches de perreo en el Metropolitano. Dos líderes de masas, dos templos llenos y una pregunta muy de aquí: ¿de verdad son tan distintos sus fieles, o hay gente que se confiesa por la mañana y perrea por la noche con el mismo abono transporte?

Los feligreses del Papa llegan en autocares parroquiales, mochila, bocata en papel de aluminio y pulsera de grupo. La cofradía del conejo malo llega con uñas que podrían considerarse arma blanca, el culo en pompa y eyeliner infinito. Unos llaman «vigilia» a pasar horas de pie en la Plaza de Lima esperando al Santo Padre; otros llaman «residencia» a diez conciertos seguidos esperando el drop de su tema favorito. En ambos casos, cola, calor y una fe inquebrantable en que, al final, merecerá la pena el calvario. (Si vinieron personas… a por un autógrafo mío en la Feria del Libro…). Todo es posible, gracias al señor. Asarse a 35 grados en el asfalto madrileño es la forma contemporánea de purgarnos innecesariamente.

Lo divertido es que, sin quererlo (¿o quizá está estudiado y se enmarcan en la misma performance marketiniana del siglo XXI?) Papa y conejo juegan con materiales parecidos. Ninguno se ha presentado como «de izquierdas» en sentido partidista, pero los dos hablan sin parar de pobres, injusticia, exclusión y jóvenes perdidos; y les compramos el relato, ¿eh?, «la voz del pueblo». Nos encanta un líder con conciencia de clase, sobre todo si la escenografía es de calidad. León XIV insiste en que el Vaticano no puede ser espectador silencioso ante las desigualdades, bendice el esfuerzo por frenar la pobreza estructural y se retrata con migrantes, sufridores y menesterosos (como Sánchez). Bad Bunny convierte Puerto Rico en tema político, denuncia la gentrificación y se ha enfrentado a Trump (y no me extraña) y compañía en más de una canción. Ninguno reparte carnés ideológicos, pero ambos han construido la narrativa de “estoy con los de abajo” que sus seguidores representan encantados.

Luego llega la letra pequeña. El Papa preside una institución milenaria donde solo mandan varones y el patrimonio artístico y financiero del Vaticano es endemoniadamente poderoso. Habla contra el machismo, pero en su club de señores con falda solo entran las mujeres a pasar la mopa; habla de pobreza, pero lo hace rodeado de mármol, oro, tapices y patucos de raso rojo… Bad Bunny, nos ha enseñado a perrear con perspectiva de género, fantástico, ha remado hacia el consentimiento y el «se puede perrear y respetar», pero su marca es una casita “obrera” VIP donde acceden cuerpos escogidos y personas sospechosamente fotogénicas. Al parecer, el proletariado existe, pero mejor si tiene mandíbula definida; y si son feos, solo famosos con más followers que neuronas… La abuelita desahuciada aparece en la letra; en el sofá del escenario, el desahucio lo sufre el perdedor sin seguidores. Ahí está quizá su verdadero punto en común: la incoherencia como sacramento. En ambos casos, el mensaje oficial viaja en clase turista y la experiencia real, en business.

Bueno, ¿y qué? La humanidad lleva siglos amando a líderes que predican una cosa mientras practican la otra, ¡nunca hemos querido coherencia! Queremos carisma. El carisma llena estadios.

Lo que separa a sus seguidores no es tanto la fe como el tipo de culpa. El católico sale de la vigilia pensando en sus pecados; el fan de Bad Bunny en su cuenta corriente. El primero teme el infierno; el segundo, no llegar a fin de mes después de pagar hotel, entradas y outfit. Pero los dos sacarán su móvil para grabar la homilía o el perreo y ser redimidos en redes. ¡Juntos el papa y Bud Bunny! Los dos venden merchandising. Y ambos prometen, de maneras distintas, una forma de salvación.

El Papa ofrece sentido, comunidad y algo enormemente infravalorado: esperanza. Bad Bunny dopamina, erotismo, autoestima y la fantasía de pertenecer a algo cool. No subestimemos el poder religioso de sentirse dentro. Nunca estaremos tan cerca de comprobar si el cristianismo y el perreo son, en realidad, ramas distintas de una misma experiencia espiritual.

Quizás la gran religión compartida no sea ni la católica ni el reguetón, sino esa fe tan tierna en que alguien vestido con túnica blanca o Gucci de lentejuelas, en su trono inalcanzable, arriba en la jerarquía, está realmente de tu lado. Unos levantarán las manos al cielo por Dios; otros por Benito. Unos saldrán comulgados. Otros afónicos.