Opinión

La «masculinidad tóxica» causó el atropello en el Orgullo de Berlín

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Estamos pagando cara toda esa «empatía suicida» de la que habla Gad Saad. Y, si no, veamos el último ataque masivo yihadista. El pasado 25 de julio, durante las celebraciones del Christopher Street Day en el Tiergarten de Berlín, un joven de 21 años llamado Abdul Ballout se lanzó con su furgoneta contra una multitud de asistentes al Orgullo. Después, como no tuvo bastante, continuó el ataque a pie usando un machete. El resultado fue una mujer muerta y 29 heridos más, varios de gravedad. Las autoridades alemanas, incluido el ministro del Interior Alexander Dobrindt, calificaron el suceso como un claro ataque terrorista islamista. El asesino, Ballout, vinculado a círculos islamistas y con simpatías por el Estado Islámico, fue abatido por la policía al día siguiente tras enfrentarse a los agentes con un arma blanca.

No era un desconocido. Nacido en Berlín en 2005, de origen libanés y ciudadano alemán, acumulaba antecedentes penales por delitos violentos y radicalización. En el 2025 viajó a Líbano con la intención de unirse al ISIS en Siria. Fue detenido allí, cumplió tres meses de prisión por incitación al conflicto religioso y regresó a Alemania, donde fue arrestado en el aeropuerto. En mayo de 2026, un tribunal juvenil le impuso una pena sin prisión de un año y diez meses por preparar un acto violento grave y propaganda yihadista. Para que el islamista entendiera que lo que hacía estaba feo, le hicieron participar en un programa de esos bobos de «desradicalización» (al que acudió sólo a unas pocas sesiones) antes de ser liberado. ¿Puede ser más idiota un país?

Este caso ilustra un patrón repetido en Europa: unos individuos conocidos por las autoridades, con historial de extremismo, logran salirse con la suya y reincidir tras aplicárseles medidas judiciales de broma y programas de reinserción ideológica de eficacia mejorable. Encima, las autoridades alemanas lo repatriaron desde el Líbano en lugar de permitir que se quedase allí para los restos. ¿Por qué? Quizá porque hay que seguir dándole a la rueda del chiringuito con esos cursos de «sensibilización» para frenar el yihadismo que han demostrado, en múltiples ocasiones, que no valen frente a ideologías que justifican la violencia contra «infieles», homosexuales o cualquier otra cosa que no les guste. El resultado es predecible y trágico.

Lo más revelador no es solo el ataque, sino las reacciones. Organizadores del Orgullo leyeron un discurso pidiendo no «politizar» el incidente. Mientras, una activista de la izquierda alemana atribuyó el terror a la «masculinidad tóxica», ignorando que ni siquiera el autor había ocultado su móvil islamista. Es más, esos sectores del activismo queer, que enarbolan banderas de Queers for Palestine, guardaron un silencio aparatoso ante un agresor que representa una ideología que, en muchos países islámicos, castiga la homosexualidad con la muerte.

Aquí radica la paradoja central. Ciertas corrientes del feminismo y el progresismo occidental priorizan una narrativa de «empatía» hacia minorías culturales «percibidas» como oprimidas, incluso cuando esas mismas albergan corrientes profundamente hostiles a los derechos LGBT, a la igualdad de género y a las libertades individuales.

Esta «empatía suicida» evita señalar la lacra del yihadismo salafista incrustado en segmentos de la inmigración musulmana por temor a ser tachados de islamófobos o racistas. En cambio, se recurre a explicaciones woke como esa basura de la «masculinidad tóxica», que no hacen más que diluir la responsabilidad del extremismo religioso. Ignorar que el islamismo radical tiene raíces doctrinales y creerlo un producto de la «pobreza» o de la «exclusión» equivale a desarmarse intelectualmente. ¿Cuántos países europeos han pagado ya un alto precio? Recordemos los atentados en París, Niza, Mánchester, Londres y ahora de nuevo Berlín. La negación no protege a las víctimas; las desarma.

El feminismo que culpa a una «toxicidad masculina» inventada e insultante mientras excusa o relativiza el machismo islámico más brutal revela una contradicción profunda. La verdadera toxicidad reside en la candidez ideológica que antepone el relato al riesgo real de tantas vidas inocentes. Lo de Berlín 2026 no es un incidente aislado; es la consecuencia previsible de años de evasión de la realidad. Hasta que Europa no priorice la seguridad y la coherencia cultural sobre el dogma progre, tragedias como esta seguirán repitiéndose.