Loaiza y la izquierda Don Quijote
Alfonsito Loaiza -Fonsi, para sus allegados- es un conocido creador zurdo de bulos e infundios en redes sociales que salió del anonimato el día que Podemos le expulsó de su formación por vago y tonto. Que te larguen de Podemos por tales virtudes es como si te echan del PSOE por corrupto, uno de esos imposibles metafísicos que de vez en cuando acontecen en nuestras vidas. Desde entonces, el valiente Alfonsito va por el mundo como un camarada donquijote, deshaciendo agravios y enderezando tuertos, luchando frente a gigantes fascistas con su lengua roja y afilada. De esa batalla contra un fascismo inexistente, representando la versión mermada de un comunismo azotador, ha salido malparado más de una vez, en los tribunales y en las calles, donde la realidad pone en su sitio a los matones con impunidad digital. Su penúltima manipulación ha sido retransmitir una presunta agresión sufrida a manos de unos jóvenes, a los que increpó sin cesar y cuyos testimonios, junto a los de los testigos presentes, dan la razón a Podemos sobre la salida de sus filas de tan brillante creador de historias. Por personajes como este receptor de sopapos inventados, creó Hacienda lo de desgravar.
En realidad, este circo de Alfonsito y su ejército de troles digitales sirve para situarnos en la batalla ideológica que la merma zurda quiere trasladar en las calles, para justificar así el conflicto, la violencia, la sumisión y el asesinato civil o físico de la oposición, política y social, actitudes que han representado como nadie en la historia. Alfonsito, con su enésima trola infantil, ha conseguido, empero, lo que buscaba: que todo el mundo, incluido este columnista, acabe por hablar y escribir sobre lo que no aconteció más que en su mente novelesca. Ahí dentro sigue creyendo que le persiguen los grises y que España es un estado de nazis irredentos que no dejan que su talento respire. Sus días terminarán como empezaron, entre alcohol y lexatines, porque la lucha contra el fascismo necesita dormidina.
Lo peor de todo no ha sido el enésimo montaje del personaje a cuenta de la propaganda que lo respalda, en esa internacional del bulo y la difamación en la que se ha convertido la izquierda política y mediática. Responde a una deliberada estrategia, no por conocida menos replicada, que sigue los mismos parámetros que les hicieron impulsar y provocar hace un siglo una guerra civil que finalmente perdieron: proyectar los deseos y acciones propias en el adversario político e ideológico, al que acusarán (y acosarán) de las mismas intenciones que mueven sus ideas. De primero de Gramsci y de segundo de Lenin. A esto se le suma una campaña constante de etiquetado del adversario, con epítetos repetitivos y cansinos: facha, ultraderecha, fascistas, pseudomedios o bulos componen su limitado pentagrama léxico e intelectual. Lo acompañan de una manipulación deliberada de la historia con la televisión pública que pagamos todos, haciendo de altavoz goebbelsiano para el régimen adoctrinador.
Y cuando la contraparte se cansa de soportar insultos, acosos, abusos, agresiones y mentiras y pasa a la acción, se dedican a crear alertas antifascistas y a enviar a cintoritas y concubinas mitad y mitad a hacer apología de la violencia en prime time. Lo que buscan ya lo sabemos, lo que debemos evitar, también. Les interesa un clima bélico constante, que aglutine lo peor del odio visceral que la izquierda tiene al oponente por sistema, su alergia histórica a la alternativa democrática y su envidia y resentimiento a todo aquel que prospere bajo la bandera de la libertad y no del socialismo.
España está llena de alfonsitos del zurderío, héroes sin capa de ese universo burbuja donde luchan contra el capitalismo, el liberalismo, el fascismo y todos los ismos que no sean socialismo. Cuando salen por fin de casa, la realidad les devuelve sin avisar las hostias que internet no sabe dar en su algoritmo facha.