Opinión

Juanma Moreno y la elegancia discreta del poder

Juanma Moreno atraviesa esta campaña andaluza con la calma antigua de los hombres que ya han ganado antes de abrirse las urnas. Hay políticos que hacen mítines y políticos que administran silencios; Moreno pertenece a esta segunda especie, mucho más rara y mucho más letal. Mientras el resto de candidatos sudan ideología en los atriles, él aparece por Andalucía como un registrador de la propiedad de la estabilidad, un señor correcto al que las encuestas persiguen con la devoción provinciana con que antes se perseguía a los obispos bajo palio.

El presidente andaluz ha comprendido algo esencial de la política contemporánea: en un país agotado de trincheras, el que parece normal gana. Y Moreno es un hombre de eficacia. Ha construido una derecha de voz baja, una derecha sin miedo, una derecha que no entra en las tabernas ideológicas gritando «¡Viva España!», sino pidiendo la cuenta con educación administrativa. Así, Andalucía contempla a Moreno como quien contempla un funcionario competente en un país de pirómanos institucionales que no temen pactar con separatistas o con herederos de ETA.

Las encuestas le sonríen con ese entusiasmo demoscópico que en política ya es casi una forma de erotismo. El PP andaluz avanza claramente hacia una nueva mayoría absoluta, mientras el PSOE se mueve por la campaña con el cansancio sentimental de las viejas familias que perdieron el cortijo y aún conservan las fotografías. María Jesús Montero intenta insuflar épica a un socialismo que fue régimen, paisaje y costumbre durante cuarenta años, pero el votante andaluz parece haber decidido que ya no quiere nostalgia autonómica, sino gestión silenciosa, esa forma moderna de carisma que consiste en no molestar demasiado y hacer mucho.

Moreno, además, ha logrado la cuadratura política del sur: parecer moderado sin dejar de ser de derechas. Lo suyo no es la agresividad ideológica, sino la anestesia institucional. Habla bajo, sonríe y gobierna como quien coloca cuidadosamente las copas en una vitrina cara. Frente a él, Vox aparece como una sobremesa de brandy exaltado por conseguir réditos como en otras comunidades, aunque Andalucía se le resiste. 

Pero la gran inteligencia política de Juanma Moreno ha sido entender que Andalucía no quería otra revolución, sino descanso. Después de décadas de socialismo clientelar, escándalos de EREs y folklore administrativo, el andaluz medio descubrió que también existía una extraña voluptuosidad en que las cosas funcionasen más o menos sin drama. Moreno convirtió la moderación en un espectáculo invisible. Y no hay nada más difícil en política que triunfar sin ruido.

Mientras tanto, la izquierda intenta agarrarse a la sanidad sin acordarse de las millonarias listas de espera que dejó, fuga de profesionales, precariedad, obras sin acabar, recortes… Pero incluso ahí el presidente andaluz conserva ventaja, porque ha conseguido algo rarísimo: que sus errores no parezcan ideológicos, sino burocráticos. Y el votante español perdona mejor una torpeza administrativa que una superioridad moral.

El PSOE, además, ha terminado atrapado en esa frase terrible y macabra sobre los guardias civiles asesinados en Barbate, definidos por la ministra Montero, por quien ha sido incapaz de aprobar tres Presupuestos Generales del Estado en España, como víctimas de un «accidente laboral». Dos agentes abatidos por el narcotráfico convertidos de repente en expediente administrativo, en casilla de mutua, en papel sellado… esa es la herencia de Montero que pide el voto convencida de que sabe gestionar; es, sencillamente, el colmo.

Andalucía, en el fondo, no parece votar un programa político. Parece votar una forma de temperatura emocional. Y Moreno ha entendido antes que nadie que, después de años de gritos, escándalos y polarización, el verdadero lujo electoral consiste en ser un hombre que jamás rompa una copa en una cena y sólo gestionar el futuro de la gran Andalucía.