Hay que sacar los tanques a la calle
Que nadie busque todavía el casco ni mire por la ventana con cara de susto. El titular es una provocación premeditada. Premeditadísima, de hecho. En estos tiempos de scroll nervioso y atención de mosquito, hay que entrar fuerte. Pero la propuesta va en serio: hay que sacar los tanques a la calle. Literalmente. Aparcar un Leopard en un muelle, abrir las escotillas de una fragata, dejar que un niño se siente a los mandos de un blindado en el Goloso y que pregunte ¿esto cómo se conduce? Es exactamente lo que esta semana ocurre en Vigo con el DIFAS 2026, y es una de las inversiones más rentables que puede hacer un Estado. Permítanme que les explique por qué.
Comencemos con una verdad incómoda, que tampoco hace falta decir con solemnidad de documental de domingo: muchos españoles no tienen del todo claro para qué sirven sus Fuerzas Armadas. Y no es culpa suya. Vivimos en una de las burbujas más cómodas de nuestra historia, sin conflictos en nuestro territorio desde hace décadas. Damos por hecho que hay luz, agua, WiFi, gasolina, pedidos online y vacaciones en verano. Todo aparece, todo funciona, todo llega. Y cuando no llega, culpamos al repartidor, al algoritmo o al vecino del quinto, pero rara vez pensamos en la seguridad que sostiene ese pequeño milagro diario.
El verdadero problema de la seguridad es que sólo se nota cuando falta. Como el oxígeno, el ascensor o el cargador del móvil: nadie los valora hasta que desaparecen.
Pongamos cifras a esa abstracción. Cuando usted abre esta página, su clic no viaja por el aire ni rebota en un satélite. Viaja por el fondo del mar. Alrededor del 99 % del tráfico internacional de internet circula por cables submarinos, una red de fibra óptica de más de 1,7 millones de kilómetros, tan frágil que tiene el grosor de una manguera de jardín. En 2024, varios incidentes en el mar Rojo llegaron a interrumpir el 25 % del tráfico de datos entre Europa y Asia. Y por si alguien pensaba que esto es ciencia ficción, China acaba de probar con éxito un cortacable capaz de operar a 3.500 metros de profundidad. Ese 99 % invisible no se protege solo: lo vigilan marinas de guerra. Y nuestra Armada también.
Sigamos por el bolsillo, que es donde de verdad duele. Cada vez que usted llena el depósito de combustible del coche, el precio que paga depende de un puñado de estrechos que probablemente no sabría señalar en un mapa. El de Ormuz, por donde sale un 20% del petróleo del planeta y que Irán ha amenazado con bloquear. El golfo de Adén y el mar Rojo, donde los ataques hutíes a buques mercantes obligaron a la Unión Europea a montar la operación Aspides. Un disparo allí, a miles de kilómetros, y el surtidor de su gasolinera lo nota a la semana siguiente. El café de su desayuno, el móvil de su bolsillo, la camiseta que lleva puesta comprada en esa plataforma oriental (con el consecuente estrés que provoca la pesadilla de hijos adolescentes reclamando porque no llega después de haber pagado de más): casi todo ha cruzado por barco una de esas gargantas marítimas. El comercio mundial no flota sobre buena voluntad. Flota sobre rutas que alguien patrulla y protege.
Y ahí entra España con nombres propios. La operación Atalanta, dirigida desde la base de Rota, lleva desde 2008 combatiendo la piratería en el cuerno de África y protegiendo, entre otras cosas, los barcos que traen muchos de los productos que usamos a diario. Este mismo año la fragata Victoria liberó un petrolero secuestrado y empleado como buque nodriza; ahora mismo la fragata Canarias navega el golfo de Adén, en una de las zonas más calientes del planeta. No es una recreación histórica: son marineros españoles, hoy, haciendo que el mundo siga funcionando mientras nosotros comentamos la lista de convocados para el Mundial, o estamos tomando algo con amigos en la terraza de turno. Que le pregunten a Ucrania, por cierto, qué pasa con el bienestar cuando la seguridad se evapora de un día para otro. La paz no es el estado natural de las cosas. Es una conquista que hay que renovar todas las mañanas.
Aquí conviene una aclaración, porque sé lo que muchos piensan. Cuando se habla de la utilidad de los Ejércitos, lo primero que aparece es la UME despejando las calles de Valencia o el 43 Grupo lanzando agua sobre un monte ardiendo. Y ¡ojo! hacen bien en aparecer: son la cara más querida y visible de nuestras Fuerzas Armadas, y su trabajo es impecable.
Pero no sé trata de reducir todo lo militar a la emergencia, porque eso es cómo valorar a un cirujano porque te ha dejado una cicatriz bonita más que un problema erradicado. La UME es el síntoma más amable de algo mucho más grande: una Organización, así en mayúsculas, que disuade, protege infraestructuras críticas, garantiza rutas comerciales y sostiene, calladamente, el andamiaje invisible de nuestra vida diaria.
Por eso el DIFAS no es un desfile de ideología o nostálgicos deseosos de oír el choque del metal, ni un derroche de gasoil para lucir hierro. Es la mejor clase abierta para todos los públicos sobre la cultura de defensa, que este país puede impartir, y encima gratis y al aire libre, acabose.
Es la ocasión de que un ciudadano toque con la mano eso que paga con sus impuestos y descubra que no compra tanques por capricho, sino pólizas de seguros para un mundo que, fuera de nuestra burbuja, sigue siendo un lugar áspero.
Así que sí: saquen los tanques a la calle. Que se vean, que se toquen, que se expliquen, que inunden las RRSS. Porque una sociedad que entiende por qué necesita a sus Fuerzas Armadas es, sencillamente, una sociedad más difícil de derrotar en una batalla.
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