¿Hasta cuándo vamos a tragar?

El lunes leí una noticia en La Vanguardia: «Muerta a golpes en un maizal una mujer de 75 años que salió a pasear con su perro». Era apenas un faldón. Parecía la típica crónica de sucesos. Explicaba que habían encontrado el cuerpo «dos vecinos» y que los Mossos sospechaban de «un hombre que no es vecino de Soses». Es una localidad pasada Lérida en dirección a Zaragoza. La última, en realidad, por la que transcurre la AP-2 antes de adentrarse en Aragón. Un pueblo tranquilo. No llega a los 2.000 habitantes.
La información no aportaba más detalles, excepto que el cuerpo presentaba «signos de violencia». El ayuntamiento convocó un minuto de silencio, tres días de luto y expresó su consternación por la muerte de «Dolors Agustí, de cal Cinto». No sé por qué algo me puso la mosca detrás de la oreja.
Mis sospechas no tardaron en confirmarse a pesar de que la policía autonómica no facilitó la nacionalidad y, cuando fue detenido, la mayoría de medios hablaban sólo de «un joven de 18 años». Quizá el que se llevó la palma fue el Segre, el diario local de la zona, que explicó que «estaba aislado en una celda y con actitud tranquila». Menudo alivio. Sobre todo para la víctima y sus familiares.
Tuvo que ser la líder de Aliança, Sílvia Orriols, la que denunciara el caso en el Parlament. Ni el presidente de la cámara, Josep Rull; ni el de la Generalitat, Salvador Illa, hicieron alusión alguna. Tampoco el resto de grupos parlamentarios, sobre todo los de la izquierda. En caso de haber sido violencia de género, habrían convocado inmediatamente un minuto de silencio al terminar el pleno.
En efecto, antes de empezar cada sesión, el propio Rull lee una moción aprobada por la cámara «sobre las operaciones de rescate en el Mediterráneo y las políticas de acogida de inmigrantes». «Según los datos de la Organización Internacional de las Migraciones, desde el inicio de este año 2026 hay un total de 1.319 víctimas muertas y desaparecidas en el Mediterráneo», expuso el pasado 26 de junio. Lo que no sé es cómo calculan la cifra. Supongo que ahora serán más. Una tragedia, sin duda.
Esta semana se saltó el trámite. En cambio, tuvo unos momentos de recuerdo para un muerto de hace 90 años, el diputado republicano Amadeu Colldeforns, que falleció el 19 de julio de 1936 en uno de los primeros combates en Barcelona al inicio de la Guerra Civil. Han puesto una placa en el fondo del hemiciclo, a la derecha, en la zona reservada para el público.
Salvador Illa también tuvo palabras para otro difunto. El escritor Josep Vallverdú, que había fallecido el día antes a la edad de 103 años. Dijo que «fue un referente», elogió su actividad como «ensayista, lingüista, traductor y maestro de literatura infantil» y de paso animó a los presentes a adentrarse «en el conocimiento de la lengua catalana».
Fue, como decía, la alcaldesa de Ripoll la que sacó el asunto. «Setenta y cinco años, crees que ya lo has visto todo y esperas que al final la vida te sea plácida y tranquila. Pero sales a pasear al perro y no vuelves a casa, porque mientras caminabas y tomabas el fresco, te topas con un marroquí de 18 años que te degüella con una botella de cristal rota y que te arrastra campo de maíz adentro para abandonarte moribunda. Se llamaba Dolors Agustí, por si les interesa», soltó en la sesión de control.
Luego se quejó de que «a ella no la nombrará» el presidente de esta cámara al inicio de la sesión, como sí hace con los inmigrantes ilegales que mueren en el mar por culpa del efecto llamada de la extrema izquierda». Ni le «dedicarán ningún minuto de silencio», sino que «procurarán que su nombre quede en el olvido, y si alguien hace preguntas, tratarán de quitarle importancia: cosa de los hechos aislados o brotes psicóticos».
«Recalcarán que han rebajado –eso sí– el cinco por ciento de los hurtos», continuó. Finalmente, lamentó que «TV3 no le dedicará ningún reportaje. Los periodistas que ustedes cribaban y colocaban están demasiado atareados haciendo documentales para blanquear a los MENA y presentarlos como víctimas ante la sociedad».
Illa respondió al órdago con la frase habitual de «el que la hace, la paga», la acusó de hacer «discursos de odio» -otra imputación frecuente-, aseguró que «no tiene futuro» en el mapa político catalán e incluso sacó a relucir la Selección española porque juegan «hijos de inmigrantes». La cosa, como se pueden imaginar, acabó con un agrio intercambio de reproches. Orriols le espetó que tendría que «caérsele la cara de vergüenza» por su respuesta.
Por si no fuera poco, el presidente del grupo socialista, Ferran Pedret, que intervenía a continuación, volvió a comparar veladamente a Orriols con el nazismo. «Este tipo de política se ha practicado otras veces en la historia de nuestro continente y todos sabemos cómo acaba», empezó en alusión al Tercer Reich. No es, por otra parte, la primera vez que lo hace. En otra ocasión también se refirió a que Sílvia Orriols le recordaba «el repicar de botas encima de los adoquines en la Baviera del 33». Más claro, agua.
Después, sesudos analistas se preguntan por qué sube Aliança Catalana. No tienen que hacer nada. Sólo sentarse a esperar. Illa les está haciendo la campaña. ¡Y gratis! En el último barómetro del CEO, el CIS catalán, la formación alcanzaba una estimación de voto de entorno al 15%: tercera fuerza política en el Parlament con 23 o 25 escaños. Ahora sólo tienen dos.
Mientras que, en las municipales, lo mismo. En el sondeo del Ayuntamiento de Barcelona adelantaban a la CUP, a Vox, al PP y hasta a Junts. De hecho, la encuesta más reciente -de este miércoles- les augura cinco concejales. Tampoco tienen de momento ninguno.
Además, este tipo de comparaciones se extienden. La ministra Diana Morant, nada menos que la de Ciencia y Tecnología, ha comparado también al líder de la oposición, Alberto Nuñez Feijóo, con el Führer. En su opinión, «está dibujando una coalición que se parece cada vez más a esos gobiernos criminales como el de Hitler».
El problema es que la inseguridad provocada por la inmigración –o una parte de la inmigración, al menos– rompe el relato del PSOE de que todo el mundo es bueno. Cuanto más tiempo tarden en asumirlo, peor para ellos. Hasta los obreros se están haciendo de derechas.