Opinión

Hacer el ridículo en política

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

¿Cómo ha acabado el proceso? Bueno, pues ya lo ven. Con Miriam Nogueras pillando al Papa por el brazo en el Congreso. Para que no se escapara. Y pudiera darle la turra con el catalán. Lo mejor fue la cara de la portavoz de Bildu, Mertxe Aizpurua, que estaba al lado. Y, desde luego, la de Rufián, mirando de soslayo. El líder de ERC en Madrid le dio un ataque de cuernos. Definió la escena como «un acto absolutamente anodino y vacío de contenido» que iba a llenar durante días las tertulias del oasis mediático catalán. «Nacionalismo banal pero efectivo. Luego a votar con PP y Vox. Puro secuestro mental convergente», insistió. Por una vez estoy de acuerdo con él. Pero mira quién habla. Acostumbrado a montar numeritos en el Congreso, por una vez le robaron el protagonismo. Todavía recuerdo el de impresora o el de las esposas.

Luego el Papa utilizó el catalán varias veces -en la catedral, en el estadio olímpico, en Montserrat- y se desinfló la polémica artificial. Me extrañó que no salieran los de Juns sacando pecho. En plan: gracias a nosotros. Pero León XIV aprovechó también para lanzar indirectas. Como cuando pidió a los catalanes ser «constructores de unidad».

En las redes hubo recochineo. Nogueras le dijo que «como Gaudí, soy catalana. Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de amor y respeto. Espero que disfrute su visita a Catalunya, mi nación». Por la misma regla de tres, en Madrid debería emplear el castellano. No en vano, la traducción, aprobada por Francina Armengol en el 2023, nos cuesta 900.000 euros anuales.

Después, al día siguiente, en la misa en Montjuïc, los colegas de Crónica Global pillaron a Pilar Rahola y Pilarín Bayés intentando chupar cámara. La primera fue la musa del proceso. La figura de las Loterías de la Generalitat hasta se parece a ella.

En los momentos álgidos de lo que Mas bautizó pomposamente como transición nacional —no se sabe hacia dónde— estuvo sentando cátedra desde su púlpito en La Vanguardia, Rac-1, 8TV y TV3. En la cadena autonómica llegó a salir hasta cuatro horas por mes. Con frecuencia, soltando con monólogos en solitario.

Ahora es una estrella en declive. Los del Grupo Godó se la sacaron de encima. Y ha tenido que buscarse la vida en Argentina, donde por sus posiciones a favor de Israel es más bien acogida.

Por su parte, la dibujante Pilarín Bayés, a sus 85 años, ha sido algo así como la abuela del procés. Categoría en la que competía, salvando las diferencias de edad y de sexo, con Lluís Llach. De hecho, fue candidata en la lista Junts pel Sí en las elecciones del 2017. Aquella tenía que proclamar la República catalana.
La última vez que publicó una foto suya fue con una escopeta entre los brazos. Para apoyar las protestas contra la cumbre hispano-francesa en Barcelona. Uno de los últimos intentos del independentismo de movilizar a los suyos y, de paso, darse ánimos. Del revuelo que se armó, tuvo que aclarar que era una «de juguete». Pero se entendió todo.

Ya ven cómo ha acabado, pues, la cosa. Pidiendo al Papa un poco de catalán, los mismos que aseguraron en julio del 2015 que Cataluña iba a ser una república independiente en 18 meses.

A medida que se retrasaba, todavía proclamaban «marxem», «hem passat pantalla», «ni un pas enrere», «nos vamos», «hemos pasado pantalla», «ni un paso atrás». Ahora la mayoría siguen en el Congreso, como Rufián, o colocados en empresas públicas del Reino de España.

Hubo un último intento de montar un numerito final en la Sagrada Familia con esteladas y Els Segadors. En recuerdo, probablemente, de cuando se entonó el Cant de la Senyera en el Palau de la Música en pleno franquismo. Como si fuera la misma cosa. Pero hasta en eso los pillaron. El independentismo ya no es lo que era.

Cuando Tarradellas fue nombrado presidente en el exilio –de una Generalitat fantasma, todo hay que decirlo–, el ministro francés de Exteriores le preguntó: «¿Qué piensa hacer desde aquí?». Y éste le dio una contestación que se ha hecho célebre con el tiempo: «Todo menos el ridículo». No aprenden. El independentismo, incluso el catalanismo, perdió hace tiempo el sentido del ridículo.