Opinión

Españoles para siempre

  • Xavier Rius
  • Director de Rius TV en YouTube. Trabajó antes en La Vanguardia y en El Mundo. Director de e-notícies durante 23 años.

El pasado viernes coincidí en una farmacia con un padre de la antigua escuela de mis hijos. Conocido mío, pero nunca hemos tenido una relación estrecha. Nos saludamos protocolariamente.

Entonces me soltó: «Este libro me hace daño». Al principio no caí. Pero, por si acaso, le repliqué rápidamente: «Tienes un problema si un libro te hace daño».

Estuve a punto de añadir que estaba en el lugar ideal para curar males, aunque no sé si este tipo de dolencias.

Luego me di cuenta: acababa de comprar España. Historia de todos nosotros: desde el Neolítico hasta el coronavirus de Gonzalo Pontón y lo llevaba bajo el brazo. Había visto la palabra «España» en letras bien grandes y debió darle un sarpullido.

El autor (Barcelona, 1944), además de historiador, es editor. Fue fundador de Crítica (1976) y luego de Pasado & Presente (2011). A lo largo de cincuenta años, ha publicado unos 2.500 títulos, más de un millar de historia.

«No tantos como hubiera querido -aclara en el prólogo-, porque he tenido que renunciar a muchos por diversas razones, siempre con un punto de angustia y consciente de que mi decisión de publicar, o no, un libro tenía consecuencias para el conocimiento, pero he aceptado la carga de esa responsabilidad», se lee.

Al salir, estuve a punto de decirle al padre en cuestión que el proceso lo ha convertido definitivamente en español, incluso a los indepes que no quieren serlo. Quizá dentro de 100 o 200 años haya otra oportunidad. Pero lo dudo. Y más con la regularización de Pedro Sánchez. La Cataluña de entonces, como el resto de España, no tendrá nada que ver con la actual.

Es curioso porque los catalanes —o una parte— siempre que hemos hecho un órdago al Estado lo hemos perdido. No aprendemos.

En la Edad Media, con la Guerra Civil de 1462-1472: la Generalitat contra el Rey. Les sonará seguro. La historia se repite. La primera como tragedia. La segunda, como farsa. En este caso acabó en tablas: el monarca nos perdonó.

Luego la Guerra de los Segadores (1640-1652). Tras declarar una república catalana que duró una semana, se encomendaron al rey de Francia, Luis XIII. Fuimos franceses durante una temporada: solo para descubrir que las tropas galas eran mucho peores que las del conde-duque de Olivares. La consecuencia final es que el Principado perdió el 10% del territorio, incluido Perpiñán, la segunda ciudad catalana en esa época.

Sobre la Guerra de Sucesión (1701-1714) —que algunos se empeñan en convertir en una guerra de secesión— ya se ha escrito mucho. En mi opinión, el procés hunde sus raíces en este conflicto porque, en el fondo, lo que se dirimía era la hegemonía: si mandaba Castilla o mandaba Cataluña.

Ya saben que el bando de Rafael Casanova, el último conseller en jefe, hacía un llamamiento a los catalanes a «derramar gloriosamente su sangre por su rey, su honor, por la patria y por la libertad de toda España».

La historiografía oficial suele omitir, por otra parte, dos detalles: que Carlos II había elegido a Felipe V como heredero, no al archiduque Carlos de Austria. Y que las Cortes Catalanas de 1701-1702 le juraron fidelidad. Por eso, cuando el nieto de Luis XIV vence, hace tabla rasa: El Decreto de Nueva Planta.

Tenemos, ya en el siglo XX, el 6 de octubre de Lluís Companys (1934). No les abrumo más con batallitas, pero el que fuera director de La Vanguardia, Agustí Calvet (Gaziel), dejó escritas sus impresiones de esas horas en una crónica memorable y que se encuentra en internet.

«Es algo formidable. Mientras escucho, me parece como si estuviera soñando. Eso es, ni más ni menos, una declaración de guerra», explica. No solo eso, sino que fue un levantamiento contra un gobierno de la República legítimamente constituido. Por muy de derechas que fuera.

Lo mejor es cuando describe las proclamas desesperadas del entonces consejero de Gobernación, Josep Dencàs, el mismo que huyó después por las cloacas, apelando a comunistas y anarquistas para que le echen una mano.

Finalmente, el referéndum de Puigdemont (2017) que, me temo, querrán conmemorar el año que viene por todo lo alto. Yo siempre pienso en los venerables jueces del Supremo mientras escuchaban los monólogos de Junqueras o de Jordi Cuixart. Llegaron a la acertada conclusión de que todo ello era una «ensoñación».

Tuvieron suerte porque si lo de declarar una independencia unilateral, proclamar la república, derogar la Constitución y el Estatut o pasarse por el forro las notificaciones del TC estuviera recogido en el Código Penal, en vez de 100 años a todos los procesados, les cae 100 a cada uno. Pero algunos, tras el daño causado, se preocupan del título de un libro.