Opinión

La economía como falsa coartada de la inmigración masiva

  • Carlos Esteban
  • Columnista de Internacional. Quince años en el diario líder de información económica Expansión, entonces del Grupo Recoletos, luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico Alba, escribió opinión en Época, en La Gaceta y ahora como freelance en OKDIARIO.

Nos han mentido durante décadas. «Vienen a pagarnos las pensiones» y «los inmigrantes son imprescindibles para asegurar el crecimiento» son cuentos al nivel de Caperucita Roja.

Y no es que fuera a convencerme de la conveniencia de inundar mi país con poblaciones difícilmente compatibles con la mía, con sus propias lealtades y visiones del mundo. El hombre no es una vaca. Su felicidad no consiste únicamente en disponer de más pasto. Para una comunidad nacional, la identidad compartida, la confianza entre sus miembros, la continuidad cultural o la cohesión nacional no son bienes secundarios. Aunque la inmigración masiva nos hiciera objetivamente más ricos —y ya adelanto que no está nada claro que lo haga—, una nación tiene derecho a preguntarse cuánto está dispuesta a sacrificar para dejar de ser ella misma. La prosperidad es un bien, pero no el único.

Pero es que ni siquiera esa excusa, repetida durante años con apariencia de verdad científica, resiste ya el contraste con los datos.

Algo está cambiando cuando hasta el Financial Times, probablemente el periódico económico más influyente del mundo, empieza a publicar artículos cuestionando uno de los pilares del dogma multicultural: que la inmigración masiva es poco menos que una necesidad para mantener el crecimiento, pagar las pensiones y sostener el Estado del bienestar. Durante años, quien discutía esa tesis era presentado como un ignorante, un populista o, sencillamente, un xenófobo. Hoy son economistas perfectamente respetables quienes empiezan a preguntarse si no habremos confundido una economía más grande con una sociedad más próspera.

Si un país incorpora un millón de habitantes, es normal que produzca más bienes y servicios. Hay más trabajadores, más consumidores, más alquileres, más compras y más actividad. El PIB aumenta. Pero eso no significa que aumente el PIB por habitante, ni la productividad, ni los salarios reales, ni el nivel de vida de quienes ya vivían allí. Crecer porque hay más gente no es lo mismo que crecer porque cada trabajador produce más riqueza.

Miremos el caso español. Nuestra economía sigue encabezando el crecimiento dentro de la Unión Europea y Sánchez no pierde ocasión de regodearse en el dato. Sin embargo, buena parte de ese crecimiento coincide con la mayor oleada inmigratoria de nuestra historia reciente. Hoy viven en España cerca de siete millones de extranjeros y casi uno de cada cinco residentes ha nacido fuera de nuestro país, un cambio demográfico sin precedentes en tan poco tiempo dentro de Europa occidental.

Pero nuestros problemas económicos son estructurales, y la llegada incesante de las pateras no los ha resuelto, precisamente. El Banco de España continúa señalando la baja productividad como uno de los grandes lastres de nuestra economía. Seguimos dependiendo de sectores intensivos en mano de obra, con salarios relativamente bajos y escaso valor añadido. La vivienda atraviesa la peor crisis de acceso en décadas. Los jóvenes retrasan su emancipación porque simplemente no pueden pagar un alquiler. Las empresas siguen denunciando dificultades para encontrar trabajadores mientras los salarios apenas crecen en términos reales en numerosos sectores.

Durante años se nos dijo que Europa necesitaba inmigrantes porque faltaban trabajadores. Pero una economía dispone de varias maneras de responder a esa escasez. Puede invertir en tecnología. Puede automatizar procesos. Puede formar mejor a su mano de obra. Puede ofrecer salarios más altos para atraer trabajadores. O puede importar trabajadores.

La última opción suele ser la más rápida y la más barata, y a los empresarios puede venirles estupendamente a corto plazo. Precisamente por eso retrasa todas las demás.

Lo que muchas veces se presenta como una solución económica es una forma de mantener artificialmente modelos productivos que, de otro modo, tendrían que transformarse. Cuando la mano de obra barata está siempre disponible, la presión para innovar disminuye. También la presión para subir salarios.

No es una teoría extravagante. Numerosos estudios revelan que lo que algunos economistas describen como una solución a la escasez de mano de obra puede significar, visto desde el trabajador, una congelación salarial.

Y algo parecido se puede decir de las pensiones. Un inmigrante joven empieza cotizando y mejora temporalmente la relación entre trabajadores y jubilados, pero no es una solución sostenible. Porque esos trabajadores también envejecen, también adquieren derechos y también acabarán jubilándose. Si la única respuesta consiste en traer una nueva generación de inmigrantes para financiar a la anterior, el sistema no se corrige: simplemente la bola de nieve sigue creciendo.

Y es obvio que no todos los inmigrantes son iguales desde el punto de vista del cálculo económico. No es lo mismo un neurocirujano que un peón. Y precisamente los más de un millón de inmigrantes que Sánchez quiere regularizar de golpe (y que traerán a sus familias) son, en una alta proporción, trabajadores de baja cualificación laboral. España ha renunciado prácticamente a cualquier política selectiva mientras otros países compiten por atraer perfiles de alta productividad.

Además, cada nuevo residente necesita vivienda, infraestructuras, transporte, sanidad, educación y servicios públicos. Cuando la oferta de vivienda apenas aumenta y la población sí lo hace, el resultado es bastante previsible: suben los precios. El PIB puede crecer al mismo tiempo que disminuye la renta disponible de las familias porque una parte creciente de sus ingresos termina absorbida por el alquiler o la hipoteca.

Y llega el momento de preguntarse si la inmigración masiva no está sirviendo para dar una nueva patada a la lata y posponer las reformas necesarias para resolver nuestros problemas. Durante demasiado tiempo se ha pretendido zanjar este debate apelando a una supuesta unanimidad científica que, sencillamente, nunca existió.

Una nación tiene derecho a defender su identidad, y es legítimo discutir cuánta inmigración puede integrar sin perder cohesión. Lo que empieza a resultar mucho más difícil de sostener es que la inmigración masiva sea, por sí misma, una receta infalible para hacernos más prósperos. Al final, una economía existe para servir a una sociedad, y no al revés.