Un discurso del Rey Felipe pronunciado con el corazón
Feijóo promete a las asociaciones de víctimas de ETA derogar la Ley de «Memoria» de Sánchez y Bildu
Sánchez desaira al Rey y se pliega a su socio Bildu en Ermua: «Euskadi y España son países libres»
Las palabras pronunciadas por el Rey en el acto conmemorativo del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco hace 25 años quedarán para siempre grabadas en la memoria de todos los que vivimos aquella salvajada llevada a cabo por la banda terrorista ETA. Un hecho que permanecerá en la memoria de los millones de personas horrorizadas por la muerte de una persona inocente, que reaccionaron de forma ejemplar, que no se resignaron a aceptar la amenaza de los terroristas y a esperar en casa que la sentencia decretada por ETA se cumpliera. Todos ellos se convirtieron en una multitud unida que pintó sus manos de blanco y portó en sus pechos los lazos azules y de forma pacífica esperaron a que los verdugos no cumplieran su amenaza.
El discurso del actual Jefe del Estado se convirtió este fin de semana en un relato del Rey que reflejó fielmente como vivimos todos los demócratas aquellos días de miedo, horror y tristeza infinita por las esperanzas incumplidas por parte de los asesinos. Sus palabras se llenaron de la misma emoción, consternación y desolación que nos dejó a todos una huella imborrable: a él también. Como recordó en su intervención, don Felipe tenía entonces 29 años, los mismos que Miguel Ángel Blanco cuando lo asesinaron. Revivimos lo que vivimos aquellos cuatro días, los sentimientos de unidad que hicieron que millones de gentes de todos los rincones de España no volvieran a sus casas y permanecieran expectantes en las calles a la espera de que algún sentimiento de piedad, de humanidad hiciera que los terroristas cambiaran sus planes y liberaran al joven concejal del Ayuntamiento de Ermua, cuyo pecado era pertenecer a un partido conservador.
El dolor y la pena se hicieron colectivos y las velas que alumbraron las espontáneas vigilias en prácticamente todos los pueblos de España se extendieron en busca de dar una luz que impidiera que la oscuridad se hiciera dueña de la situación, una esperanza que desgraciadamente no se cumplió. Los verdugos cumplieron con su trabajo habitual y asesinaron a Miguel Ángel. Pero de aquellos terribles hechos surgió un nuevo espíritu que don Felipe describió de forma nítida en su discurso: el espíritu de Ermua, un sentimiento que significó la victoria de la conciencia colectiva de todo el pueblo español, la victoria de la dignidad y la moral frente al miedo y el terror, ejemplo de nuestra fortaleza.
Y al final, cómo no, una recomendación imprescindible del Rey: no se puede permitir que haya generaciones que ignoren lo que pasó en esos dolorosos días de la historia de nuestro país, que desconozcan algo que contribuyó a asentar nuestra convivencia o el masivo movimiento que hubo en España tras un asesinato que marcó tanto nuestra vida democrática. Ojalá que los deseos del Rey Felipe se hagan cumplir por los políticos que a veces olvidan que están al servicio de la ciudadanía.
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