El día que España inventó otro fútbol

El día que España inventó otro fútbol
Diego Buenosvinos

La perfección existe. Es excepcional, esquiva y caprichosa, pero existe. A veces aparece en un verso de Machado, en una pincelada de Velázquez o en una fuga de Bach. Y, de vez en cuando, decide vestirse de rojo, ponerse unas botas de fútbol y salir a jugar una final de un Mundial. Eso hizo España frente a Argentina. No ganó únicamente la segunda estrella. Ganó el derecho a ser recordada como el equipo que ha llevado este deporte a un lugar donde nadie había llegado antes.

Durante demasiados años, el fútbol fue una discusión interminable entre la fuerza y el talento, entre el músculo europeo y la inspiración sudamericana. España ha terminado con ese debate. Ha inventado un fútbol distinto. Un fútbol que no se limita a tener el balón, sino que gobierna el tiempo, el espacio y el ánimo del rival. La pelota ya no circula para dormir el partido, sino para asfixiar al adversario, para convencerle de que toda rebeldía es inútil. Argentina, campeona del mundo y heredera de una tradición legendaria, acabó reducida a perseguir sombras. España la obligó a jugar el partido que quería España. Y en una final de un Mundial no existe un ejercicio de superioridad mayor.

No fue un accidente. Tampoco un golpe de fortuna. España dominó desde el primer minuto, sometió a la selección de Scaloni con una presión asfixiante, vio cómo le anulaban un gol a Nico Williams que muchos todavía discutirán y terminó encontrando el premio en la prórroga, cuando Ferran Torres apareció para rematar un centro de Pedro Porro prolongado por Nico Williams. Era el minuto 106. Dieciséis años después de Johannesburgo, otro futbolista español escribía su nombre en el mismo mármol donde ya estaba grabado el de Andrés Iniesta. No porque el gol fuera igual, sino porque ambos significan exactamente lo mismo: un Mundial para España.

Hay goles que cambian un marcador y goles que cambian una biografía. El de Ferran pertenece a la segunda categoría. Durante demasiado tiempo soportó bromas, críticas y una injusta etiqueta de futbolista irregular. Ayer respondió como responden los elegidos: hablando el único idioma que entienden los grandes delanteros. El del gol. Después dijo que era «el gol de 47 millones de españoles». No hacía falta añadir nada más.

Pero reducir esta victoria a Ferran sería una injusticia. Rodri volvió a demostrar que hoy no existe un centrocampista más inteligente sobre la faz de la tierra. No necesita correr porque siempre llega antes. Parece conocer el destino de cada jugada unos segundos antes de que ocurra. Junto a él, Zubimendi confirmó que España posee el lujo de tener dos cerebros para un mismo equipo. Pedri convirtió cada recepción en una invitación a jugar, mientras Lamine Yamal volvió a recordar que el talento no entiende de edades. Cada vez que tocaba el balón daba la impresión de que el fútbol iba un segundo por detrás de él.

Nico Williams fue el vendaval permanente desde que pisó el campo. Le anularon un gol, asistió en el tanto decisivo y volvió loca a la defensa argentina durante la noche. Cubarsí jugó como si llevara quince años disputando finales mundialistas. Con apenas diecinueve años transmite una serenidad impropia de su edad, anticipando, corrigiendo y sacando el balón con una naturalidad insultante. Cucurella cerró su banda con una autoridad que hace tiempo dejó de sorprender, mientras Unai Simón confirmó por qué ha sido considerado el mejor portero del mundo. En un torneo donde abundan las estrellas ofensivas, él convirtió la seguridad en una forma de arte.

Y sobre todos ellos aparece la figura de Luis de la Fuente. Resulta curioso comprobar cómo algunos dudaban del entrenador que hoy ha construido probablemente la mejor selección de la historia del fútbol español. Su currículo ya no admite discusión. Nations League, Eurocopa y ahora un Mundial. Lo verdaderamente admirable, sin embargo, no son los títulos, sino el estilo. Ha conseguido que España recupere la esencia de aquella generación de Xavi, Iniesta, Casillas, Villa o Puyol y, al mismo tiempo, la ha modernizado. Su equipo no vive de la posesión. Vive del ritmo, de la presión, de la verticalidad y de una versatilidad táctica que desconcierta a cualquiera. Ha convertido un grupo de excelentes futbolistas en una obra colectiva. Eso distingue a los buenos entrenadores de los verdaderamente históricos.

Es inevitable volver la vista hacia Johannesburgo. Aquella primera estrella parecía irrepetible. España llevaba toda una vida soñando con conquistar el mundo y necesitó generaciones enteras de frustraciones para llegar hasta el gol de Iniesta frente a Holanda. Casillas levantó entonces una Copa que parecía destinada a permanecer como un milagro irrepetible. Dieciséis años después comprendemos que aquello no fue un milagro. Fue el comienzo de una escuela. La diferencia entre las grandes selecciones y las naciones eternas consiste precisamente en eso: unas producen una generación extraordinaria; las otras convierten la excelencia en costumbre.

España pertenece ya a ese reducido grupo. Es campeona del mundo masculina y femenina, que no debemos olvidar. Ha dominado Europa. Continúa siendo referencia en el tenis, ha dado campeones del mundo en motociclismo, baloncesto y automovilismo, y sigue exportando talento deportivo con una naturalidad admirable. Hay países que presumen de recursos naturales. España puede presumir de algo más valioso: una inagotable fábrica de talento. Somos la armada invencible. 

Por eso resulta inevitable sonreír cuando la política intenta apropiarse de victorias que pertenecen exclusivamente al esfuerzo de los deportistas. Pedro Sánchez terminó viajando a Estados Unidos para asistir a la final junto a los Reyes, después de que durante días se especulara con su agenda, de poner verde –lamentablemente– a un expresidente español, por decir lo que todos pensamos sobre la selección gala.

La imagen verdaderamente importante no era la del palco, ni la de los protocolos, ni la de las autoridades. Era la de unos futbolistas abrazados bajo una segunda estrella que ya nadie podrá borrar del escudo. Los políticos pasarán. Cambiarán los gobiernos, las mayorías parlamentarias y las consignas. Pero dentro de cincuenta años seguirá hablándose del gol de España, de la autoridad de Rodri, de las carreras de nuestros jugadores, del talento insolente de España y de la obra maestra que Luis de la Fuente levantó para mayor gloria del fútbol español.

Porque hay noches en las que un país deja de discutir consigo mismo y simplemente celebra con banderas de España: porque nuestros jóvenes de hoy salvarán a nuestro país. Anoche fue una de ellas. Mientras los hombres vestidos de rojo levantaban la Copa del Mundo, España recordó que las grandes naciones no se construyen únicamente en los parlamentos. También se construyen en un campo de fútbol, cuando el talento, el trabajo y el orgullo consiguen que la perfección deje de ser una utopía para convertirse, durante ciento veinte minutos inolvidables, en una espléndida realidad.

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