Constitución: 46 años después, el muro
Casi medio siglo después se celebra estos días el nacimiento de la Constitución por mor de la decisión del pueblo español, que en 1978 lo que anhelaba fundamentalmente era mirar hacia adelante y construirse su propio futuro.
En esencia, la Carta Magna pretendía apuntalar tres cosas: la democracia (convivencia), el Estado democrático y la unidad de España. 46 años después, pese a que esos valores se pregonan mantenerse en el discurso oficial, es un hecho cierto que algunos de los valores han dejado de existir. La democracia liberal que consagra la Constitución funcionó hasta que al frente del PSOE llegó un tipo con ínfulas de estadista (Zapatero) que aceptó el Pacto del Tinell, es decir, impedir que la mitad de los españoles no pudieran decidir quién ostenta el poder en un compulsión entre la izquierda, la extrema izquierda, el nacionalismo radical y los independentistas.
Sánchez habló recientemente en sede parlamentaria de levantar un muro. ¿Qué significa lo cual? Que el centro derecha y la derecha no tengan posibilidad de sustituir a la izquierda y extrema izquierda gobernante. Para ello, nada mejor que entregar al secesionismo (el enemigo ancestral de la permanencia de España) lo que demanden para poner coto a la alternancia política democrática. Esta es la verdad. Y la verdad es siempre la verdad.
Con esto en el frontispicio del nuevo orden del que presumía Zapatero y del que se aprovecha Sánchez, el resto de los valores constitucionales caen por su propio peso. Si se institucionaliza la desigualdad (indultos, amnistía para los golpistas) y se sacraliza por la vía de los hechos que existen unos territorios superiores a otros, con ventajas fiscales y soberanía de facto, no hace falta anunciar que la Constitución, de hecho, ha muerto.
Si la Constitución no garantiza la democracia (alternacia normal y libre por decisión del pueblo contribuyente) porque el obsesivo interés de una sola persona por disfrutar del poder se impone a lo anterior habrá fenecido poco a poco con nocturnidad, alevosía y a la chita callando.
En esas estamos, mis queridos amigos.
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