Opinión

Confirmado: sociópata detectado

Es habitual percibir en la progre mugre que nos gobierna y en sus apoyos culturales, sociológicos y mediáticos, una aversión manifiesta al lenguaje español y a los componentes semánticos de las palabras. Su alergia a consultar la RAE es consustancial a su impronta sectaria cuando se trata de colocar etiquetas, finiquitar el debate e imponer una suerte de discurso tan caduco como fracasado. No importa. Se niegan a llamar invasión a lo que supone una irrupción por la fuerza y a una ocupación irregular de un lugar, porque saben del poder que tiene un circunloquio en su votante medio analfabeto y en su parroquia adocenada. Gritan crisis migratoria por los pasillos televisivos y ahí que va la sincronizada fifty-fifty, presta para acatar la orden argumental y esputar el eufemismo entre guasaps de camaradas, que viene a ser un Tinder del odio donde se reúne la purria más trilera de este oficio. También ellos merecen el ostracismo profesional cuando las aguas democráticas vuelvan a su cauce.

El socialismo moral —una enfermedad del alma en creación mileísta— no nació para ejercer de redentor de la humanidad, ni tampoco posee esa condición salvífica que muchos apóstoles del progresismo atribuyen a sus postulados. Su papel es el de aglutinar un ejército de mantenidos directos y abducidos indirectos que permiten la supervivencia del negocio. Un modelo que ha resultado ser una fosa séptica donde se arrojan libertades, progreso económico y derechos humanos no debería tener la publicidad y el apoyo social que tiene. Y, sin embargo, lo tiene. En la calle y en los medios. Su final es consustancial al linimento que lo mantiene con respiración: no son nadie sin el dinero ajeno. Cortada la vía de la subvención y el patrocinio institucional, se acabó la rabia y su orgullo.

La sesión de porno duro que vivimos esta semana en el Congreso, con Sánchez sonriendo a la tragedia de Ceuta como sólo haría un sociópata en sus cabales, demuestra que, amén de detestar el lenguaje, el zurdo moderno también abomina de la empatía hacia el sufrimiento ajeno. Más de una hora de mentiras aplaudidas y encadenadas a un eslabón principal: que la calle siga dividida a uno y a otro lado del muro que el propio sociópata cum fraude levantó nada más pisar la Moncloa, cuando la historia todavía no le reconocía entre el panel de caudillos vivos. Por tres veces ha abandonado Sánchez a los ceutíes a su suerte en un mes: la primera, cuando supo de la invasión que se estaba preparando y no hizo nada, la permitió, la toleró y ordenó que nadie informara de ella. La segunda, cuando se fue de vacaciones con Ceuta invadida de salvajes delincuentes y combatía la pena con listas musicales entre sus ovinos seguidores. Y la tercera, cuando anunció en tribuna, henchido de mentira enfermiza, que Ceuta sería ayudada con una partida presupuestaria millonaria, seguramente la misma que llevan esperando canarios, valencianos y cordobeses con las tragedias sufridas y que el Gobierno, por acción u omisión, no se ha ocupado aún de subsanar.

Lo que se constató en ese Parlamento despreciado por el tiranuelo mandibular, es que ya nadie cree en la palabra de este juguete inservible que no emite el más mínimo sentimiento, huérfano de emociones positivas, y que, en su mentalidad Bretón, faculta un comportamiento que, ahora sí, empieza a dar miedo incluso a los suyos. No son pocos los que empiezan a rebelarse ante el sujeto que les dejará sin partido y cuya única misión es construir un Generalato iliberal con él como presidente de la III República. No queda mucho para que llegue ese momento que tanto ansía. De ahí que las apelaciones de Feijóo y Abascal de acudir a lo penal para frenar la deriva suicida y destructiva a la que conduce a la nación sean la solución que impida el éxito del personaje más abyecto, totalitario, trolero, siniestro y sociópata de cuantos han ocupado el poder en España. Porque sólo con las urnas ya no vale. Hay que impedir que vuelva. Y para eso, hay que enviarlo al PP. Primero, al Paro, después, a Prisión.