De cómo Pedro Sánchez aprendió a amar al misil y dejar de preocuparse

Sánchez, Pedro Sánchez, Irán
  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

No sabemos, y quizá nunca sepamos del todo, hasta qué punto las imágenes son un montaje perfecto o una auténtica operación de propaganda de la Guardia Revolucionaria. Lo que está claro es que ha corrido como la pólvora la de este supuesto misil balístico iraní con un adhesivo en el que aparece el rostro sonriente de Pedro Sánchez y una frase suya convertida en agradecido eslogan: «Por supuesto, esta guerra no es solo ilegal, sino también inhumana. Gracias, primer ministro». La agencia Tasnim y Mehr, cercanas al régimen de los ayatolás, las difundió. Israel no tardó ni un suspiro en responder con sorna a través de su Ministerio de Exteriores y medios afines: «¿Qué se siente al saber que tu rostro y tus palabras van en los misiles de los mulás de Irán?». Un artículo en este periódico donde escribo lo resumió con precisión quirúrgica y crueldad periodística: Sánchez, convertido en mascota propagandística de quienes lanzan proyectiles contra la población civil israelí.

Y aquí surge la primera incomodidad. Ni siquiera un presidente tan narciso y oportunista como el nuestro —acostumbrado a convertir cada crisis en selfie electoral— puede sentirse halagado por este tipo de «reconocimiento». Porque no se trata de un Premio Nobel de la Paz ni de un aplauso en la ONU. Se trata de que tu cara viaje pegada a un misil que, en teoría, busca matar, si se dirige a Israel, a ciudadanos inocentes. La escena recuerda inevitablemente la secuencia más icónica de Dr. Strangelove o Cómo aprendí a dejar de preocuparme y a amar la bomba, la obra maestra de Stanley Kubrick de 1964. El mayor T.J. «King Kong», interpretado por Slim Pickens, repara una bomba atómica averiada dentro del B-52. Cuando la compuerta se abre, Kong monta la bomba como si fuera un caballo de rodeo, sombrero vaquero en mano, y cae gritando Yee-haw! hacia el apocalipsis nuclear.

Es ridículo, es absurdo, es terrorífico. La imagen se ha convertido en símbolo universal de la hybris humana: el hombre que cabalga hacia la destrucción creyendo que es un triunfo. Pues bien, en esta versión del 2026 del film, Pedro Sánchez no cae personalmente sobre el suelo de Israel. Cae en efigie. Su rostro, sus palabras, su «no a la guerra» se precipitan estampados en el costado de un misil iraní. Es como si Kubrick hubiera vuelto a rodar la escena, pero con un político español de protagonista involuntario. El piloto ya no es un cowboy texano; es un presidente que, desde la Moncloa, critica la «ilegalidad» e «inhumanidad» de la respuesta occidental a la agresión iraní mientras niega a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón. Y los ayatolás, agradecidos, le devuelven el favor con una pegatina.

Y aquí está la lección kubrickiana de Sánchez, un hombre que ha convertido la supervivencia política en arte. Si parece sobrevivir a las alianzas con independentistas, a los escándalos con prostitutas de sus ministros y a la corrupción de sus más cercanos, quizá también logre convertir esta pegatina en la «prueba» de que España es una «voz respetada» en Oriente Medio. El problema es que, como en la película, el final no depende de él. La bomba ya está cayendo. Y esta vez lleva su cara. Al final, el subtítulo de Kubrick resulta profético: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb. Sánchez podría escribir sus memorias con ese título. Porque, en el fondo, lo que más ama no es la paz. Es el protagonismo. Aunque sea montado en un misil.

Lo último en Opinión

Últimas noticias