8M: dedicado a mis queridas escritoras
Los hombres tenemos la costumbre de explicar a las mujeres qué es la lucha feminista, y no somos nadie para hacerlo. Yo no tengo nada que enseñar a las mujeres, de las que he aprendido casi todo lo que sé de la vida. Por eso voy a poner el foco en lo que me han enseñado ellas a mí, no todas, porque entonces no acabaría nunca; les hablaré de las escritoras españolas. Obviamente, no haré referencia a Rosalía de Castro o Carmen Laforet, si no a las de ahora, que están vivas y escriben como verdaderas diosas, que tan buenos ratos me hacen pasar y a las que les debo gran parte de las emociones que experimento cuando me acerco a un libro.
La columna que nos ocupa sería fallida si yo desperdiciara este espacio en alabar las carreras de escritoras ya de sobra conocidas y consagradas; sí, esas en las que estáis pensando y a las que no nombraré ahora. Lo que viene a continuación es un homenaje al talento femenino, concentrado de manera extraordinaria en las escritoras de mi generación, gente como Ana Matallana, Arantxa Rochet o Isabel González, que están haciendo de la narrativa española actual un espacio más amplio e interesante. Soy un lector atento y no dejo de aprender cada día de vosotras, por eso admiro la valentía intelectual de Marina Garcés o Remedios Zafra. De Aixa de la Cruz y Edurne Portela he aprendido que se puede hacer literatura de calidad con el conflicto vasco sin caer en el cliché; hay vida más allá del dogma que instauró la novela de Aramburu.
No puedo dejar de lado a tantas otras maestras: Clara Obligado, que me aconsejó acortar la primera frase de mi novela y convertirla así en un cuchillo. Al talento y el buen hacer de Elena Belmonte —novelista y dramaturga— le debo el gusanillo del teatro, que otras escritoras como Angélica Liddell y Lucía Carballal han continuado alimentando. Mis instantes de soledad serían más pobres sin los relatos gélidos de Almudena Sánchez o sin la poesía de Nuria Barrios y Luna Miguel. Admiro el rigor de Sonsoles Ónega y el afilado compromiso de Belén Gopegui, que jamás desfallece. Me siento afortunado por tener ahora en las manos textos de Alicia Kopf, Sabina Urraca y María Cabrera. Es un placer estar rodeado de tanta belleza.
En este país —tan desgraciado para otros asuntos— tenemos la suerte de haber acogido a grandes escritoras que llegaron desde América, como Mariana Torres, Inés Mendoza o Valeria Correa, o del Norte de África, caso de Najat El Hachmi y su lenguaje de leche y miel. No me querría olvidar de Sara Mesa y ni de mi querida Marta Sanz, de la que puedo decir que su talento solo es comparable a su infinita amabilidad y memoria sin límites. A todas: gracias por ser maestras, amigas, compañeras. Sois la pluma inteligente, el puño en alto, y hacéis de la literatura un arte más extenso, complejo e interesante. Gracias, queridas escritoras.
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